Filosofía de tres a cuatro menos cuarto

Historia de un buen brahmín

(Cuento. Texto completo.)

Voltaire

En el curso de mis viajes tropecé con un viejo brahmín, hombre de muy buen juicio, lleno de ingenio y muy sabio; además, era rico, y por lo tanto su juicio era aún mejor; pues, al no carecer de nada, no tenía necesidad de engañar a nadie. Su familia estaba muy bien gobernada por tres hermosas mujeres que se esforzaban por complacerlo; y cuando no se distraía con mujeres, se ocupaba de filosofar.

Cerca de su casa, que era bella, bien adornada y rodeada de jardines encantadores, vivía una vieja india beata, imbécil y bastante pobre.

Cierto día el brahmín me dijo:

-Quisiera no haber nacido.

Le pregunté por qué. Me respondió:

-Hace cuarenta años que estudio, y son cuarenta años perdidos; enseño a los demás y yo lo ignoro todo: esta situación hace que mi alma se sienta tan humillada y asqueada que la vida me resulta insoportable. He nacido, vivo en el tiempo y no sé lo que es el tiempo; me encuentro en un punto entre dos eternidades, como dicen nuestros sabios, y no tengo ni la menor idea de la eternidad. Estoy compuesto de materia; pienso, y jamás he podido llegar a saber lo que produce el pensamiento; ignoro si mi entendimiento es en mí una simple facultad, como la de andar o la de digerir, y si pienso con mi cabeza como cojo las cosas con mis manos. No solamente me es desconocido el principio de mi pensamiento, sino que incluso el principio de mis movimientos me es igualmente ignorado: no sé por qué existo. Sin embargo, todos los días me hacen preguntas acerca de todos esos mundos; y hay que responderlas; no tengo nada interesante que decir; hablo mucho, y después de haber hablado me quedo confuso y avergonzado de mí mismo.

"Lo peor es cuando me preguntan si Brahma fue producido por Visnú o si los dos son eternos. Dios es testigo de que no sé ni una palabra de todo eso, y bien que se ve por mis respuestas. '¡Ah, reverendo padre! (me dicen), explícanos cómo el mal inunda toda la tierra.' Mi ignorancia es igual a la de los que me formulan esta pregunta; a veces les digo que en el mundo todo va del mejor modo posible; pero los que se han arruinado o han sido mutilados en la guerra no me creen, y yo tampoco me lo creo; me retiro a mi casa abrumado por mi curiosidad y mi ignorancia. Leo nuestros antiguos libros y ellos espesan todavía más mis tinieblas. Hablo con mis compañeros: los unos me responden que hay que gozar de la vida y burlarse de los hombres; los otros creen saber algo y se pierden en ideas extravagantes; todo aumenta el sentimiento doloroso que experimento. A veces estoy a punto de caer en la desesperación cuando pienso que, después de tanto estudiar, no sé ni de dónde vengo, ni lo que soy, ni adónde iré, ni lo que será de mí."

El estado de este buen hombre me causó verdadera pena: nadie era más razonable ni más sincero que él. Comprendí que cuantos más conocimientos tenía en su cabeza y más sensibilidad en su corazón, más desgraciado era.

Aquel mismo día vi a la vieja que vivía cerca de su casa; le pregunté si alguna vez se había sentido afligida por no saber cómo estaba hecha su alma. Ella ni siquiera comprendió mi pregunta: en toda su vida nunca había reflexionado ni un momento acerca de una sola de las cuestiones que torturaban al brahmín; creía con toda su alma en las metamorfosis de Visnú, y con tal de poder tener de vez en cuando agua del Ganges para lavarse, se consideraba la más feliz de las mujeres.

Impresionado por la dicha de aquella pobre mujer, volví a visitar a mi filósofo y le dije:

-¿No le avergüenza ser desgraciado cuando a su puerta hay una vieja autómata que no piensa en nada y que vive contenta.

-Tiene usted razón -me respondió-; cien veces me tengo dicho que yo sería feliz si fuese tan necio como mi vecina; sin embargo, no quisiera semejante felicidad.

Esta respuesta de mi brahmín me produjo mayor impresión que todo lo demás; me examiné a mí mismo y vi que, en efecto, no quisiera ser feliz a condición de ser imbécil.

Propuse el dilema a unos filósofos, que fueron de mi misma opinión.

Y no obstante -decía yo-, hay una escandalosa contradicción en esta manera de pensar; porque, al fin y al cabo, ¿de qué se trata? De ser feliz. ¿Qué importa tener talento o ser necio? Todavía hay más: los que están satisfechos de cómo son, están muy seguros de estar satisfechos; los que razonan, no están tan seguros de razonar bien. Está, pues, bien claro -decía yo- que habría que aspirar a no tener sentido común, por poco que este sentido común contribuya a nuestra infelicidad. Todo el mundo fue de mi parecer, y sin embargo no encontré a nadie que quisiera aceptar el trato de convertirse en imbécil para vivir contento. De lo cual deduje que, aunque apreciamos mucho la felicidad, aún apreciamos más la razón.

Pero, después de haber reflexionado sobre el asunto, me parece que preferir la razón a la felicidad es ser muy insensato. ¿Cómo, pues, puede explicarse esta contradicción? Como todas las demás. Hay aquí materia para hablar muchísimo.

FIN


Filosofía Esotérica

En el amplio terreno de la Filosofía es imposible dejar de lado una de sus parcelas más interesantes y atractivas. Nos referimos a la llamada Filosofía Esotérica, a la cual nos hemos dedicado muchas veces en este blog y en otros varios artículos de MOVIMIENTO ESOTÉRICO.

Es que, desgraciadamente, la atracción y el interés de lo esotérico se ven mermados por el uso y el abuso de la palabra, que repercute en un innegable desgaste del término.


Como con tantos otros conceptos vaciados de contenido, lo esotérico refleja ideas distorsionadas y muchas veces contrarias a su propio significado. Hoy se interpreta más bien como secreto en el peor sentido de la expresión: algo que se oculta con oscuras intenciones; lo esotérico es, también, lo prohibido por demasiado apetecible o simplemente por maligno.


Así se pasa imperceptiblemente de lo misterioso por desconocido a lo escondido por nefasto.


Por si eso fuera poco, y en relación con el esoterismo, son muchos, tal vez demasiados, los que se ocupan de vender, ofrecer, comerciar, intercambiar y descubrir las claves de interpretación de todos los misterios a menor o mayor precio.


Y cuando los magos y sabios abundan, se nos ocurre que ya no lo son tanto. Y cuando son tantos los que poseen las “claves” verdaderas y las cifras de la iniciación, lo esotérico deja de serlo.


Pero no es así. Las falsas imágenes no aclaran el esoterismo sino que, en todo caso, oscurecen las ideas aún más de lo que hace la vulgar ignorancia.


Lo esotérico bien puede compararse con una puerta. Toda puerta tiene dos funciones: sirve para cerrar o para abrir.


Se puede permanecer siempre cerrada o siempre abierta, puede alternar una y otra posición; todo depende del uso al que haya sido destinada o de la habilidad de las personas para manejarla, pues no todas las cerraduras son iguales en todas las puertas.


Hay puertas que se dejan cerradas porque no interesa descubrir lo que hay detrás de ellas, o porque creemos que lo que hay no nos pertenece, o porque nos da miedo abrirlas, o porque no sabemos como hacerlas funcionar; entonces las dejamos como están, en la penumbra de lo esotérico.


Hay otras puertas que, en cambio, que abrimos llevados por nuestra curiosidad o por nuestro verdadero deseo de investigar, de saber más, de conocer lo que aún no conocemos.


La dificultad para abrir una puerta sólo se valora cuando se intenta abrir la puerta; antes de ello, todos son conjeturas. Una prueba tradicional en Oriente consistía en colocar al discípulo ante una puerta de tamaño y formato imponentes, exigiéndole que pasase a través de ella; sólo los valientes llegaban a descubrir que la puerta era de papel y que podía atravesarse sin dificultad.
 
Así, pues, se requiere valor para hacer retroceder las sombras de la ignorancia. Lo esotérico está para ser descubierto, como la puerta para ser abierta. Todo depende de nuestra capacidad de descubrimiento y de nuestro coraje para conquistar nuevos conocimientos.


Claro está que siempre seguirán existiendo puertas cerradas y secretos sin desvelar. Por eso mismo –y de allí la Filosofía Esotérica- seguirá habiendo buscadores de la Verdad para quienes la Filosofía es amor a la sabiduría, y Esoterismo es el velo natural con que la sabiduría protege sus leyes.


Al hombre le queda, entonces, respetar las leyes de la Naturaleza, acercarse a ellas hasta hacerlas suyas y convertir el conocimiento en una fórmula de vida eficaz y armónica.


En realidad, toda Filosofía es esotérica, por cuanto constituye un Amor a la Sabiduría que todavía no poseemos, por aquello que todavía está escondido a nuestra visión. Y eso es lo esotérico: lo oculto, lo escondido, no por la maldad premeditada de nadie, sino por nuestra propia ignorancia. Lo esotérico comienza allí donde acaba nuestro conocimiento de las cosas.




 

Gente Luminosa
 

En ese continuo movimiento que es nuestra vida nos vamos encontrando con una enorme variedad de seres humanos. Ni aun el más solitario o misántropo puede evitarlo, tal es evidencia.

Unos se quedan a nuestro lado mucho tiempo, casi todo, otros se esfuman tras pasar con nosotros temporadas, a veces muy intensas y no volvemos a saber más de ellos, ni siquiera nos los encontramos por la calle, con lo fácil que es en una ciudad de tamaño todavía abordable como la nuestra.
 

A veces los encuentros, aunque fugaces, dejan una profunda huella en nuestra memoria, sin que podamos explicar racionalmente por qué. Quizá los más especiales son esos seres que aparecen en los momentos gozne de nuestra trayectoria vital y nos hacen descubrir nuevas perspectivas sobre nosotros mismos o sobre el mundo, ensanchando magnánimos nuestros horizontes, enseñándonos valiosos secretos a menudo sin palabras, con sólo el ejemplo.

Todos guardamos en algún rincón de nuestros recuerdos un lugar privilegiado para esa gente luminosa que apareció de manera benéfica en nuestras vidas y de vez en cuando resulta saludable dedicarles unos instantes de reconocimiento.


Podría parecer que los relaciono con situaciones extraordinarias, o al menos de esas que se dan pocas veces y no es así ni mucho menos. Si somos capaces de observar a nuestro alrededor veremos que son muchos más si aprendemos a reconocerlos y disfrutar de su presencia.


Me refiero a ese amigo generoso, siempre dispuesto a dejar a un lado su beneficio personal para hacer sitio al de los demás, o a esa compañera de trabajo que aun en medio de las tensiones cotidianas nunca pierde la sonrisa ni la amabilidad, o a ese otro colega que escucha con atención lo que quieras decirle y te responde con sencillez, sin recurrir a la vanidad o al orgullo.


Esa gente que sabe ver el lado iluminado de la realidad, porque habita en él, siempre positiva y animosa aun en medio de las dificultades.
Pero podemos apreciar en su inmenso valor lo que significa la gente luminosa porque, por contraste, también nos encontramos con gente sombría, opaca, oscura.


La que parece alegrarse con el mal ajeno, o entristecerse cuando las cosas les salen bien a los demás. Esos tan duchos en el arte de la maledicencia, tan dispuestos a elevarse pisoteando a sus víctimas, o simplemente dejándolas caerse sin hacer nada por evitarlo.


Los que no comprenden la generosidad y la llaman debilidad o la valentía y la tachan de prepotencia. Los que prefieren que nadie haga nada para que no se note su torpe incompetencia.

Los egoístas, que lo quieren todo para sí mismos y se hacen ciegos y sordos para los demás. Tenemos que conocer a los oscuros para apreciar mejor a los brillantes. Es el eterno juego de los opuestos, tan elaborado por los sabios antiguos




Todavía nos preguntamos ¿quién soy?, ¿de dónde vengo? y ¿a donde voy?

Cuando en numerosas oportunidades destacamos la importancia de la Filosofía para dilucidar la eterna pregunta del “Quién soy”, no hacemos más que señalar una realidad que fue válida hace cientos de siglos y sigue hoy en plena vigencia.

El hombre –genéricamente hablando- necesita reconocer su propia identidad, y no sólo eso, sino también su papel en el mundo, en la corriente de la vida, el sentido de su existencia.

Una vez más, los problemas, discusiones y elucubraciones de moda, hacen saltar a un primer plano esta necesidad. Ya no se alcanza – mejor dicho, no se llega- a decidir sobre la universalidad del concepto “hombre”, sino que la incertidumbre ataca a la dualidad fundamental en la que se expresa el ser humano: ¿qué es lo femenino?, ¿qué es lo masculino?.

Desde el punto de vista patriarcal, exagerado y deformado, que se viene aplicando en los últimos quinientos años como mínimo, lo masculino es lo genéricamente universal, y la situación de la mujer queda reducida a la de “hueso supernumario”.

Pero he aquí que estallan múltiples movimientos feministas que abogan denodadamente por otorgar a la mujer un sentido universal, con sus propias características, naturalmente, pero en nada alejado de la racionalidad, la inteligencia y la filosofía que eran atributos exclusivos del hombre. Ya no se acepta aquella duda expuesta en el siglo VI, en el Concilio de Macon, sobre si la mujer puede ser considerada “homo” en el pleno sentido de la palabra.

Y, por contrapartida, el hombre reclama su propia identidad, no sólo universal –que ésa siempre la tuvo- sino como algo aparte de lo genéricamente humano, tratando de descubrir las características y funciones que lo distinguen.


Esta es la muestra más evidente del desconcierto. Hombres y mujeres no saben quienes son como tales y, o bien tienden a una exageración de sus particularidades para hacerse notar, o bien desdibujan sus rasgos y los hunden en los del sexo opuesto para ganar terreno de otra manera.

El desconcierto se ceba en al dualidad, al tiempo que desconoce su sentido; desconoce la síntesis primera que engloba y justifica la dualidad. Desconoce el significado profundo del ser humano, más allá de su expresión como hombre o mujer.

La Filosofía tradicional y clásica nos aporta su respuesta centrando en el espíritu – sin sexo, ni edad, ni diferenciación alguna- el concepto de lo humano y, por tanto, de lo masculino y lo femenino. Es la Filosofía la que, como fundamento de una educación acorde, puede colaborar en este proceso de identidad, indispensable para otorgar sentido a la vida.

Es, como siempre lo ha sido, la clave del “Quién soy”, base lógica del “De dónde vengo y hacia dónde voy”.




La Mision de cada uno

Cada uno de nosotros tiene un trabajo único que cumplir en este mundo.

Todos tenemos un alma y una Luz particular que estamos destinados a revelar. Nadie más en el mundo -pasado, presente o futuro- tiene o tendrá la habilidad de hacer lo que el Creador nos ha encomendado hacer.

Si todos los gigantes espirituales fueran a descender y trabajar por un millón de años, ni siquiera ellos podrían hacer nunca lo que nosotros podemos -y debemos- hacer.

Hay una historia acerca de la construcción del Templo Sagrado (un importante centro espiritual del mundo) en Jerusalén. De acuerdo con antiguos textos, las piedras más hermosas fueron recolectadas para su edificación.


Durante la construcción, los trabajadores encontraron una piedra tan fea que la separaron y pusieron en un montón de desechos.


Cuando el Templo estaba por terminarse, encontraron que faltaba una piedra en una esquina diminuta de la parte más importante del edificio, lo que los kabbalistas llaman el “Santo Santuario” (la cámara sagrada más interna) No sabían qué hacer porque ya no tenían piedras.

Finalmente, un hombre recordó la piedra fea que habían desechado antes, y la recuperó de la basura. No sólo sirvió, sino que encajó a la perfección! El Rey David, incluso, escribe un verso describiendo la escena, “la piedra que los constructores despreciaron se convirtió en la piedra angular”.

Una de las tretas más grandes que nuestro lado negativo usa es convencernos de que no somos merecedores. Pensamos que otros están más informados y son más aptos para hacer cosas grandiosas mientras que nosotros estamos de alguna manera limitados en cuanto a las cosas que podemos lograr.

Pero como nos enseña esta historia, lo más bajo puede convertirse en lo más alto, porque cada uno de nosotros tiene un don único y sólo nosotros podemos compartirlo con el mundo. Hay cosas que nadie más hace en el mundo y que sólo tú puedes hacer por los demás, por tus cualidades únicas.

No necesitas las habilidades de nadie más para alcanzar el propósito importante de tu vida”.

Este es un punto esencial. Muchos de nosotros pensamos, “Si tan sólo tuviera este talento, o educación, o dinero, y esto y aquello, entonces podría hacer grandes cosas”.

Los kabbalistas nos advierten acerca de este pensamiento tan erróneo. Somos exactamente como debemos ser, y nadie puede hacer lo que podemos -y necesitamos- hacer.

La Luz nos dio todo lo que necesitamos.Cada uno de nosotros tiene todas las cualidades para hacer lo que debemos hacer. No necesitamos ser alguien más. Somos exactamente quienes somos por una razón, y tenemos un alma y misión únicas que sólo tú o yo podemos lograr.

El énfasis que se haga sobre este punto nunca será suficiente. Hay mucha gente cuyos dones únicos permanecen escondidos. Y si dejan este mundo sin mostrar sus dones, el mundo tendrá para siempre esa carencia, sin importar cuantos gigantes espirituales lleguen a existir.

Es importante que te des cuenta, que hay gente cuyas vidas pueden ser influidas, mejoradas y transformadas sólo por ti. Mira hacia adentro y pregúntate, “¿Cuál es mi don singular para dar a este mundo?”.

Una vez que sabes qué estás buscando, lo encontrarás. Y cuando lo hagas, abrázalo porque nadie más puede revelar la Luz única que tú debes revelar.

M. Berg





Historia de la Magia

Si tuviésemos que extendernos sobre la Historia de la Magia y referirnos a ella desde sus comienzos -o por lo menos desde aquellos comienzos que podemos alcanzar- hasta hoy, esto nos llevaría muchísimo más tiempo del que disponemos.

Intentare, pues, hacer una síntesis para explicar qué es lo que todos los pueblos, a lo largo de todos los tiempos, han comprendido y han aplicado como Magia.

La Magia se podría explicar con sólo dos palabras: «Magna Ciencia».

Cuáles eran los componentes de esta Magna Ciencia para los antiguos?

El primero es un factor de tiempo, difícil de comprender. No se "hace" un mago, ni un sabio -y permitidme que los use como sinónimos- en quince días, ni en un mes, ni en un año. El llegar a ser sabio, el llegar a ser mago, requería en la Antigüedad mucho tiempo; una larga elaboración, una transformación que se realizaba a medida que el individuo iba creciendo, evolucionando.

Otro factor era el trabajo. No surge un sabio por una "inspiración divina" que, de pronto, lo hace conocedor de todas las verdades. Se requiere trabajo, esfuerzo, dedicación, constancia, perseverancia, y cuantas virtudes impliquen trabajo. De ahí que tiempo y trabajo, unidos, podían conformar un mago. Un mago que tiene que comenzar por sortear, a lo largo del camino, múltiples pruebas, vías de probación de su real capacidad. Una de ellas es aquella tan simple que dice: «Conócete a ti mismo».





La Magia antigua. El sendero del mago

Para la magia antigua no había conocimiento posible de la Naturaleza, sin un previo conocimiento de sí mismo del que pretende lanzarse hacia la Naturaleza. El «conócete a ti mismo» no es tan sólo saber quién soy, cómo soy, qué hago, qué me gusta o qué no me gusta; es un proceso de purificación, en el que no se trata de conocer tan sólo la parte superficial y externa del hombre, sino de conocer lo mejor del hombre. Y para conocer lo mejor hace falta purificación.

Otro paso en el camino del mago, era -aunque parezca paradójico- el silencio, la reflexión. Porque cuando la mente calla y las preguntas se apaciguan, se abre una forma de sentido interior, que permite ahora sí, captar de una manera más sensata, más tranquila, más profunda.

Y por último, había otro factor esencial en la magia: la dación, la generosidad. No se concebía un estudiante de magia, un aspirante a la sabiduría, que no compartiese con todo su corazón aquello que iba aprendiendo; no se concebía el egoísmo de encerrar el conocimiento dentro de uno mismo y no poder vertirlo hacia afuera, no poder entregarlo sanamente.

El ocultismo con que se ha rodeado la magia en toda la Antigüedad, responde a un propósito: que los conocimientos no dañen al ser entregados, sino que beneficien. Todo ha de ser gradual, pausado; y todo ha de ser entregado en el momento en que el hombre lo necesita, y, sobre todo, pueda comprenderlo.

Para la magia, el sentido de la vida es evolución, crecimiento; es superación constante, es lograr que cada hombre, en su medida, dentro de sus particularidades, encuentre el lugar exacto donde pueda desenvolverse lo mejor posible y rendir lo mejor de sí mismo. Si se logra ese proceso individual, mágicamente este ser humano se ha incorporado en ese gran complejo que llamamos Universo.





El alma de la mujer


Ser mujer no es ninguna maldición; es más, creo que la Historia nos ha beneficiado ampliamente con un número extraordinario de grandes personajes femeninos y de una gran cantidad de heroínas anónimas en todos los sentidos que viven cada día su pequeña batalla con una enorme altura interior.

Otro consejo es no perder la identidad múltiple de la mujer: la mujer no es solamente madre, ni es solamente esposa. Es también amante, y sacerdotisa, y diosa, y heroína, y artista… Todo eso está dentro de la mujer; su identidad es múltiple y no tenemos por qué renunciar a ella simplemente por intentar conseguir un puesto destacado dentro de los parámetros de lo que hoy la sociedad considera destacado. Desgraciadamente, lo más válido de la identidad femenina se pierde.

Si uno no ha encontrado su identidad, el primer paso es buscarla. Algunos sociólogos dicen que para poder encontrarse a uno mismo hace falta realizar un viaje interior. Hay que aceptarse como mujer, no necesariamente en competición con el hombre; no depender del hombre. Ir a lo profundo, aunque esto a veces sea doloroso, porque significa encontrar muchas cosas que no gustan de una misma; pero solo cuando se encuentran, se pueden corregir. Ir a lo profundo significa encontrar muchos valores, y encontrándolos se pueden engrandecer y multiplicar.

¿Qué es el alma de la mujer? ¿En qué consiste ese alma, que debe conquistar para recuperar su verdadero papel, no solamente en la sociedad sino en la Historia? Casi todas las antiguas civilizaciones, las que más interés pusieron en el papel femenino, han descrito el alma de la mujer según cuatro características perfectamente válidas para el momento presente.

Se puede hablar del alma de la mujer como vida, como energía, como amor y como sabiduría. Con estas cuatro características, que son sus verdaderas armas, la mujer es la heroína ideal para salir a librar su propia batalla.


El alma de la mujer es vida en todos los sentidos, no solo porque la mujer puede dar a luz, sino porque está capacitada para ayudar a vivir, y es la gran educadora. Ella puede criar, impulsar, inspirar… En sus manos está el dar la vida y el mantenerla.





El héroe de los cuentos mágicos.

El héroe nunca inicia su camino por razones meramente personales. Siempre está al servicio de algo que le traspasa. Lucha por el bienestar de la dama en peligro, del reino, o aún por los astros, la Luna y el Sol, como en el cuento húngaro Mezoszárnyasi.

En el larguísimo y simbólico cuento chino Viaje al Oeste, donde seguimos el viaje de un sacerdote a través de 81 pruebas llenas de riesgos y peligros hacia los libros sagrados, vemos lo mismo: el sacerdote es escogido para el viaje por el emperador mismo, gracias a su pureza.

El objetivo de su viaje es la necesidad de su pueblo y no la suya. La recompensa suya son las pruebas mismas con que se encuentra, ya que cada una sirve para afianzar y demostrar sus capacidades y virtudes.

No es raro que el héroe obtenga un nombre nuevo, lo que también indica los cambios esenciales que pasan en él. En realidad podemos decir que su camino es iniciático e interior: tiene Maestros, enemigos, un gran objetivo que le permite despreciar a la misma muerte.

Su camino es siempre cíclico pero ascendente como en una espiral, que vuelve a su inicio después de todas las transformaciones internas. Con esta vuelta al punto de partida se encuentran mágicamente el pasado y el futuro, o sea, entramos en un mundo ideal fuera del tiempo, donde reinan la bondad y la justicia.

Los cuentos mágicos más hermosos no explican mucho. Simplemente relatan los hechos y si somos ya adultos nos ponen ante la prueba de captar el mensaje esencial escondido con análisis racional y un poco de intuición.

Quizás el camino más seguro es hacernos preguntas sobre cómo o por qué las cosas ocurren como ocurren y detrás de estas preguntas podemos encontrar el mensaje metafísico de un cuento. En cuanto a los personajes mismos no se caracterizan por sus palabras sino por sus hechos. Por ejemplo, no es necesario decir que el héroe era humilde o valeroso si todos sus hechos lo prueban.

Con los niños los cuentos realizan una magia especial; les preparan para las pruebas de la vida; les enseñan que el bien siempre vence al mal y que ningún fracaso es final; que deben proteger y ayudar a los que son más débiles que ellos; que el bienestar de la comunidad humana depende de cada uno de nosotros ya que cada persona puede ser el héroe del cuento de su vida.





Fortaleza

Hace algún tiempo, en una de mis primeras clases de Filosofía práctica, la Prof. Beatriz Diez Canseco, hoy Directora de Nueva Acrópolis en el mundo, nos hablaba de la importancia de esta virtud, diciendo:

“Todos los pueblos antiguos construyeron fortalezas para resguardarse de los enemigos y proteger sus valores, su cultura y sus ciudades. Para levantar los gigantescos muros buscaron las piedras más sólidas y colocaron la argamasa más firme, pero el valor de las fortalezas no estaba solamente en sus muros físicos sino principalmente en la fortaleza interior de sus hombres. Las páginas de la historia nos dejan un inspirador ejemplo de fortaleza moral en los espartanos. Cuenta Plutarco que cuando se les preguntaba por qué su ciudad no tenía murallas que la protegieran, ellos respondían: Nosotros somos las murallas de Esparta”.

De hecho, la fortaleza en el ser humano depende de dos cosas: de sus ideales y de su decisión por realizarlos. No todos los ideales se hacen realidad; pero todas las grandes realidades han comenzado en un ideal juvenil.

Cuando se tienen ideales grandes, surge la fortaleza como motor que impulsa a llevarlos a cabo. Un hombre sin ideales es como una hoja al viento sin voluntad propia, ni un destino claro, vive como anestesiado.

“(…) Sólo los hombres fuertes pueden implantar un Ideal en su tiempo, porque son capaces de mantenerse firmes ante el temor y el dolor y no se doblegan ante las circunstancias desfavorables. Tienen el poder de transformar la adversidad en una oportunidad para plasmar aquello que sueñan.

La fortaleza interior se desarrolla a través de las acciones guiadas por las enseñanzas de los grandes Maestros. El estudio, la reflexión, la comprensión y la aplicación de las enseñanzas nos dan claridad para actuar con inteligencia y vencer las dudas que nos asaltan.

La fragilidad se esconde tras la máscara de la agresividad y de la rigidez.

Hay quienes confunden fortaleza con obstinación; otros, se justifican y culpan de sus errores a las circunstancias y a sus compañeros. Los hombres fuertes no se refugian en la justificación ni en la autocompasión.

Cuando somos fuertes nos hacemos responsables de nuestros compromisos y anteponemos los deberes por encima de cualquier debilidad o comodidad…"

Fortaleza, en resumen, es "resistir", no ceder ante las influencias nocivas, soportar las molestias, entregarse con valentía a "vencer" las dificultades y "acometer" empresas grandes.

Recordemos estas tres palabras: Resistir – Vencer - Acometer.

Tenemos que resistir a las influencias internas de nuestras propias tendencias (ira, lujuria, gula,) como a las influencias externas (modas, consumismo, ideologías). Contra todo esto tenemos que resistir. Hay que negarse a ser un títere, manipulado por manos ajenas o por los propios instintos.

Debemos vencer enérgicamente las tendencias o impulsos inferiores. Por lo menos, luchar por vencer sin desalentarse ante las derrotas. La fortaleza es, con frecuencia, volver a empezar.

Y lo más importante, acometer en hacer bien las cosas pequeñas de cada día, que nos permitirá estar entrenados para realizar luego cosas mayores. La búsqueda de ser mejores ya es meta suficiente por la que vale la pena luchar.

Para ir adquiriendo fortaleza te invito a:

* No quejarte del trabajo, de cualquier pequeño dolor, de los contratiempos. Callar en estos casos es un buen ejercicio de fortaleza.

* No cargar los deberes que son tuyos a otros. Hazlos tú.

* No huyas del esfuerzo. Afróntalo y acéptalo.

* Pon horario a tus deberes diarios, y sométete a él.

* Lucha contra tus malas inclinaciones, sin desanimarte.

* Proponte metas a conseguir que perfeccionen tu vida.

El sabio Platón nos enseñó que la fortaleza, unida a la templanza y la prudencia son los escalones fundamentales para alcanzar la virtud más alta de todas: La Justicia.



Es bueno empezar el año pensando en Dios
 

Es bueno empezar el año pensando en Dios… y es bueno también que sea la sinceridad la que guíe nuestros pensamientos, antes que la necesidad impuesta por las modas y conveniencias que también afectan - por lo visto – a las ideas.
 

Pensar en Dios, para mí equivale a expandir la mente cuanto sea posible, en un intento de abarcar la profundidad insondable del Universo y detenerme con respeto allí donde advierto que mi mente es pobre instrumento para tanta grandiosidad que, sin embargo, presiento. 


Equivale a expandir el corazón ante lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, y ante la belleza armónica que se desprende de lo uno y de lo otro. Significa comprender aunque no se entienda todo, y significa amar la vida aunque a veces rechinen los dientes por aguantar el dolor que no podemos evitar.

Nunca me han preocupado los nombres que se le ponen, se le pusieron y seguramente se le seguirán poniendo a Dios. Sí me preocupa llegar a Su Esencia que, estoy segura, no tiene ningún nombre ni apellido parecido a los que solemos usar los humanos. 



Sí me preocupa que a lo largo de los tiempos, más que esforzarse por penetrar en Su Misterio, los humanos se hayan esforzado en imponer por la fuerza uno de sus nombres como mejor y más auténtica que otra; una de sus doctrinas atribuidas como la única en contraposición a todas las otras que también se consideran únicas…
 

 Nunca me ha preocupado que se le rindiera culto de una manera u otra. Pienso, más bien, que todas las maneras son buenas cuando surgen del corazón bienintencionado, de una disciplina religiosa conscientemente aceptada, de un respeto ancestral que busca expresiones por unas u otras vías. 


Si pudiera, le pondría un templo en cada átomo, sin que ello quite la magnificencia de los miles de templos que los hombres han construido en miles de años.Todos hablan de un Dios Unico, siempre y cuando que esa unicidad se pliegue a una determinada religión… y sin embargo todos parecen referirse a la misma Fuente Universal…Sí, es bueno empezar el año pensando en Dios, en la necesidad que tenemos de un elemento unificador, un elemento capaz de poner cordura y sentimiento en cada uno de nosotros, que nos haga vivir la maravilla de Sus Leyes que, efectivamente, son las mismas para todo y para todos. 


Es bueno empezar el año estirando una vez más los músculos del alma para ver si alcanzamos esa soñada perfección a la que presumiblemente estamos destinados y, mientras tanto, aceptar con alegría todas las pruebas que nos depare el Destino para demostrar así nuestra fortaleza y nuestra capacidad de evolucionar hacia aquello que nos llama con todas las voces, con todos los nombres, con todas sus formas, con todos sus misterios.


                                                     
Anécdotas de Diógenes de Sinope

Diógenes fue uno de los más destacados filósofos de la escuela cínica. Los cínicos tomaron como modelos a la naturaleza y los animales, los adoptaron como ejemplos de autosuficiencia y basándose en ello propusieron un modelo de comportamiento ético que consideraban fundamental para alcanzar la felicidad, aunque esto solo era posible mediante una rigurosa disciplina física y mental.

El cinismo es una forma de vivir, pero también de pensar y de expresarse, y como no se han conservado las obras de los primeros cínicos, hoy son conocidos en gran parte por dichos y anécdotas, que fueron transmitidos en forma de colecciones, la más usada es la de Diógenes Laercio, referencia fundamental para el estudio no sólo de los cínicos, sino de gran parte de la filosofía anterior a su autor. Utilizaron recursos literarios diversos donde no faltan la parodia, la sátira, la anécdota o la burla, pero siempre de forma escandalosa y provocado

Cuando Diógenes llegó a Atenas, quiso ser discípulo de Antístenes, pero fue rechazado, ya que éste no admitía discípulos. Ante su insistencia, Antístenes le amenazó con su bastón, pero Diógenes le dijo: “no hay un bastón lo bastante duro para que me aparte de ti, mientras piense que tengas algo que decir”.

Cuando fue puesto a la venta como esclavo, le preguntaron qué era lo que sabía hacer, contestó: “mandar, comprueba si alguien quiere comprar un amo”.

Cuando le invitaron a la lujosa mansión le advirtieron de no escupir en el suelo, acto seguido le escupió al dueño, diciendo que no había encontrado otro sitio más sucio.

Se decía que Diógenes iba por la calle en pleno día, con la lámpara encendida, diciendo "Busco un hombre". Y así se refaría a que en realidad ninguno nos comportamos enteramente como seres humanos.

En otra ocasión le preguntaron por qué la gente daba limosna a los pobres y no a los filósofos, a lo que respondió: porque piensan que pueden llegar a ser pobres, pero nunca a ser filósofos.

Diógenes, el filósofo griego se encontró con Alejandro Magno cuando este se dirigía a la India. Era una mañana de invierno, soplaba el viento y Diógenes descansaba a la orilla del río, sobre la arena, tomando el sol desnudo... Era un hombre hermoso. Alejandro no podría creer la belleza y gracia del hombre que veía. Estaba maravillado y dijo:

“Señor...” - jamás había llamado “señor” a nadie en su vida- “...señor, me ha impresionado inmensamente. Me gustaría hacer algo por usted. ¿Hay algo que pueda hacer?”

Diógenes dijo: “Muévete un poco hacia un lado porque me estás tapando el sol, esto es todo. No necesito nada más.”

Alejandro dijo: “Si tengo una nueva oportunidad de regresar a la tierra, le pediré a Dios que no me convierta en Alejandro de nuevo, sino que me convierta en Diógenes”.

Diógenes rió y dijo: “¿Quién te impide serlo ahora? ¿Adónde vas? Durante meses he visto pasar ejércitos ¿Adónde van, para qué?”.

Dijo Alejandro: “Voy a la India a conquistar el mundo entero”.

“¿Y después qué vas a hacer?”, preguntó Diógenes.

Alejandro dijo: “Después voy a descansar”.

Diógenes se rió de nuevo y dijo: “Estás loco. Yo estoy descansando ahora. No he conquistado el mundo y no veo que necesidad hay de hacerlo. Si al final quieres descansar y relajarte ¿Por qué no lo haces ahora? Y te digo: Si no descansas ahora, nunca lo harás. Morirás. Todo el mundo se muere en medio del camino, en medio del viaje”.

Alejandro se lo agradeció y le dijo que lo recordaría, pero que ahora no podía detenerse. Alejandro cumplió su destino de conquistador, pero no le dio tiempo a descansar antes de morir.





La más difícil de las elecciones


Es habitual encontrarse con personas para quienes tener que elegir entre una y otra opción constituye no solo una dificultad, sino casi un tormento. Las escasas oportunidades que ofrece la vida de elegir libremente, aun en los acontecimientos más sencillos y cotidianos, van mermando esa capacidad tan humana y tan poco utilizada por muchos humanos.


Aunque, en apariencia, las sociedades civilizadas han trazado unos carriles de comportamientos que intentan cubrir todas las posibilidades, la existencia es muy rica en variedades y sorpresas, y obliga a detenerse, a recapacitar, a escoger.


La duda al elegir entre una y otra cosa se plantea desde la marca o calidad de la comida que llevaremos a casa, el color de un traje, la cantidad de dinero que gastaremos en aquello que nos gusta… Hay que inclinarse por unos estudios u otros. Hay que decidirse sobre la forma de ocupar el tiempo. No es fácil escoger la pareja ideal por muy enamoradas que se sientan las personas. Y además, ¿dónde vivir?, ¿en qué trabajar, si es que conseguimos trabajo?, ¿a dónde ir en las vacaciones, si es que tenemos vacaciones? Y así, una lista que se haría interminable si cada cual le agregara sus propios interrogantes.


¿Por qué es tan difícil elegir?


Son varias las razones que podemos aportar, algunas de carácter personal e interno, y otras externas, pero que también inciden en la desenvoltura psicológica y mental del que debe elegir.


La capacidad de elección


Es el resultado de la experiencia, del saber pensar y saber hacer. No es una cuestión meramente intelectual. El razonamiento nos puede llevar a plantear docenas de argumentos a favor o en contra de los elementos en puja, pero no es la razón la que decide. Hay algo más allá, algo más fuerte y más seguro que nos mueve a la acción: la voluntad. Y una voluntad no ejercitada es como un músculo atrofiado; no se mueve en ninguna dirección porque sencillamente no se mueve.
La falta de experiencias vitales sólidas, bien asumidas y asimiladas, hace muy difícil poder elegir. Siempre queda un rastro de inseguridad, de duda, de no haberse decantado por lo que realmente correspondía.


Las elecciones que no nos pertenecen


Una gran cantidad de actitudes de la vida ya vienen pre-elegidas. De ello se encargan los valores sociales imperantes, las normativas morales –si es que se toman en cuenta–, las modas, las conveniencias, el prestigio, la aceptación por parte de los demás o, al revés, el miedo al rechazo de los grupos constituidos.
Así pues, en lugar de elegir, hay que aprender qué es lo que hacen y dicen los demás, tratando de adaptarse a ese estilo aceptado por las mayorías.
Ir contra corriente es nefasto. A veces, no es más que el fruto de un impulso de rebeldía sin inteligencia; a veces, es un grito de libertad que se ahoga en la soledad de la incomprensión. Equivale a destacarse y ser señalado, pero no como un valor humano o como un genio, sino como un bicho raro e indeseable, como un elemento de discordia.
Casi todos los adolescentes y jóvenes pasan por esta etapa de rebeldía en que les cuesta aceptar tanta normativa pre-hecha frente a la corriente vital que los desborda; ellos quieren probar sus propias fuerzas.
Pero tampoco están capacitados para elegir con total acierto porque su experiencia es poca y porque, a pesar de su pujante energía, no saben calibrar las opciones en toda su dimensión. Pueden planear, como en el ajedrez, una jugada, dos, tres o cinco, pero no llegan muy lejos en su análisis ni en las consecuencias de sus decisiones.


La publicidad


Es otra forma de presión, más o menos fuerte según los casos, pero pesa siempre. No hace falta que provenga de los medios de comunicación, plagados como están de sugerencias o exigencias que nos llevan y nos traen de aquí para allá. Hay otra publicidad, mejor dicho, otra propaganda más sutil que se disemina en forma de opiniones: unas elevan y otras bajan el prestigio de una elección como si se tratara de una bolsa de valores.
Sin darnos cuenta, empezamos a llamar bueno, malo, práctico, elegante, detestable, interesante, terrible o apetecible a las cosas, siguiendo lo que nos han dictado mientras la conciencia duerme y las ideas penetran subliminalmente sin nuestra intervención.


¿Qué es elegir?


Es una función de la inteligencia y no de la razón.
Trataremos de explicarnos. La razón es un instrumento del que dispone nuestra mente, y la usa según se le ha enseñado a hacerlo (es decir, bastante poco y mal). De modo que no siempre somos nosotros mismos los que razonamos, sino el conjunto de imposiciones y conveniencias que citábamos antes.
La inteligencia es discernimiento; es conocer bien una y otras opciones y poder escoger la más aceptable según la propia experiencia y el propio criterio. Es tener clara conciencia de la decisión, es responsabilidad personal ante el éxito y el fracaso. Es, precisamente por eso, inteligencia.
A nuestro entender, tal como decíamos al principio, son muy escasas las oportunidades de desarrollar y aplicar este discernimiento que sabe elegir y aprender en cada elección.
Para empezar, necesitamos distinguir verdaderamente todas las opciones que ofrece la vida en todos los sentidos. Y eso es casi imposible, considerando los sistemas de educación que nos rigen. Se conocen algunas opciones, las previamente aceptadas por esos otros que las determinan, y las demás están previamente vetadas. Así no se puede elegir; en todo caso, se puede acceder o no, lo cual es una tibia forma de acción, ya que la segunda posibilidad es solo una abstención.


Además, necesitamos activar el sentido de la propia responsabilidad, poder afirmar: soy yo quien se decide por una naranja o una manzana, por estudiar química o literatura, por vivir o dejarse llevar por la vida. Soy yo quien asume los resultados de la decisión; por cada éxito o fracaso hay una nueva experiencia, siempre positiva, que me permite acrecentar los aciertos y reducir los errores. No sirve de nada echar la culpa a los demás, a las circunstancias, al destino o al mismísimo Dios cuando no nos atrevemos a ejercer nuestra voluntad y a rectificar con entereza cuando nos hemos equivocado.
Las equivocaciones se pueden corregir en la mayoría de los casos; la invalidez de la mente y la voluntad suelen ser irreversibles.


¿Qué hacer cuando no hay nada que elegir?


Ésta es la más difícil de las elecciones y a la que, desgraciadamente, nos enfrentamos en los últimos tiempos.
Individual y colectivamente, cada cual en su sitio, cada pueblo en su país, se ve coartado por una doble imposibilidad de elegir: la una por falta de discernimiento, y la otra, por falta de opciones válidas.
Hoy no se trata de decidirse entre lo peor y lo mejor, ni siquiera entre lo malo y lo menos bueno, sino que debemos escoger lo que hay, aunque no se ajuste a nuestras necesidades, sueños o ideas.
Es tristísimo pero real el caso de aquellos que no pueden elegir lo que van a comer y vestir; tan solo pueden tener lo que hay, sea bueno o malo y generalmente poco, igual para todos en el mejor de los casos, porque otras veces no hay nada de nada.
¿Qué estudiar cuando sólo se puede acceder a las plazas que quedan libres en algunas Facultades? ¿O qué hacer cuando cada escuela tiene sus modalidades ideológicas prefijadas? ¿O cuando no hay dinero ni para esas escasas posibilidades?
¿Qué película ver en el cine o qué programa en la televisión, cuando todo son errores y morbo, o espectáculos vulgares e insulsos que constituyen una afrenta al público? Hay excepciones, claro, pero son tan pocas… ¿Qué leer cuando casi no hay títulos para elegir? ¿Con quién conversar cuando lo habitual es perder el tiempo en comentarios insidiosos, críticas y repulsas?
¿A quién votar en unas elecciones cuando unos y otros se han encargado de desprestigiarse y vituperarse sacando a relucir los escándalos más escalofriantes que jalonan sus carreras políticas y humanas?


¿En qué Dios creer cuando todas las religiones prometen un cielo que no llega nunca, a cambio de unos sufrimientos que no podemos detener? ¿Cómo confiar y en qué Dios hacerlo si cada religión se dice la única depositaria de la verdad y condena a los otros, que viven en el horror y en pecado? Ante esta lucha de poderes, ¿dónde queda el pobre espíritu del hombre?
¿A qué seguir con más ejemplos cuando todos soportamos esta situación, aunque no siempre haya una conciencia lúcida de esta plaga?
La sequía no solo reduce el cauce de los ríos o nos deja sin agua en los hogares. También afecta a otros aspectos de la vida, convirtiéndola en un desierto donde se toma lo que se encuentra o se muere de sed.


¿Qué hacer, entonces?


Como siempre, elegir, aprender a usar la inteligencia y discernir, poner cada cosa en su sitio y escoger con buen criterio.
Reconocer que tenemos pocas opciones, no porque no hay otras, sino porque de alguna manera, la fuerza ha reducido las oportunidades. ¿Quién ejerce esa fuerza? Esa es otra cuestión que no trataremos ahora. Lo que importa, de momento, es saber que tenemos pocas salidas y el laberinto tiende a atraparnos. Saberlo es una buena manera de empezar a pensar en la forma de salir, de elegir escapatorias, soluciones.


Que la carencia de posibilidades no sea una venda más para los ojos ni una nueva trampa para la inteligencia y la voluntad.
Cada ser humano es una posibilidad, una nueva vía. Y cada pueblo crece en la medida en que sus hombres son sabios, firmes en sus ideas y decididos en sus acciones.
La más difícil de las elecciones es, aunque no lo parezca, decidirse a crear nuevos cauces para volver a elegir, a experimentar, a vivir. 


Adolf Hitler: Templario negro

En cualquier caso, lo escalofriante es que millones y millones de alemanes si creyeron que el Führer era una suerte de enviado. Y era una creencia que se extendía no-solo entre el pueblo, sino igualmente entre los intelectuales y científicos, entre los ministros y correligionarios del partido: lo creyeron incluso, hasta muchos de sus adversarios políticos. 

En Berlín, una prestigiosa galería de arte exponía un enorme retrato de Hitler totalmente rodeado, como por un halo, de copias de una pintura de Cristo.

En la prensa se podían leer comentarios como el siguiente "Mientras hablaba (Hitler) se oía crujir el manto de Dios por el salón". Y a principios del otoño de 1936, se pudieron ver en Munich cuadros en los que se retrataba a Hitler vestido con la armadura de los caballeros del Santo Grial.

Lo cierto es que Hitler no se creía Dios, pero sí un predestinado suyo. Se veía como depositario de los secretos del Temple, llegados a sus manos por intercesión divina al haber sido elegido - tal era su firme convencimiento- para llevar a cabo una misión destinada a cambiar definitivamente el rumbo de la Humanidad.

E independientemente del rotundo y negativo veredicto que predomina en la Historia actual, la figura de Hitler ha sido objeto de una propaganda tan torpe, al menos, como la que el mismo difundió contra los judíos. 

Y es que al limitarnos a ridiculizar al personaje, se nos ha escapado lo esencial de su personalidad y muchas cosas han quedado inexplicadas. Porque, ¿como un tipo aparentemente insignificante y sin estudios superiores fue capaz, en pocos años, de introducirse en los más altos niveles políticos, burlar a los líderes experimentados de las grandes potencias, convertir a millones de personas altamente civilizadas en enfervorizados seguidores y levantar el más poderoso aparato bélico del mundo consiguiendo ser obedecido hasta el final? 

Parece lógico pensar que además de creerse un avatar, todo esto solo se explica si Hitler fue un conocedor de los resortes secretos que son capaces de modificar la realidad hasta convertirla en el delirio adecuado a sus más íntimos y poderosos deseos.
Tras la fachada de los hechos históricos se esconden los hilos de una trama oculta que pocos de sus contemporáneos conocen. Y es preciso que el paso del tiempo y las sucesivas revelaciones ofrezcan unas perspectivas desde cuya altura pueda verse con nitidez lo que ocultaba esa fachada.

Hoy, sin embargo, estamos en disposición de conocer todo aquello que de haber sabido el ingenuo pueblo alemán lo hubiera sumido en el mas gélido de los estupores: Hitler no era un semidiós, sino un personaje de tebeo que se había creído su propia historieta. Lo que sucede es que su creencia era tan inconmovible que la epopeya dibujada en las viñetas pudo llegar a hacerse realidad, sin duda mediante un acto de magia genuina. Y así fue como el mundo, fue llevado hacia la más espantosa de las tragedias. Mickey Mouse fabricando descontroladamente millones de escobas en la película Fantasía. Con la diferencia de que en la película del III Reich, no hubo un mago verdadero con suficiente poder como para detener a tiempo a la descontrolada mancia del aprendiz de brujo, y de la secuela de millones de muertos que dejó a su paso.
Consejo contra la Esvástica

El único contemporáneo de Hitler que advirtió en toda su monstruosidad la magia negra como fuente de los asombrosos poderes de Hitler fue otro mago, injustamente vilipendiado, llamado Aleister Crowley, miembro de la sociedad secreta Alba Dorada (Golden Dawn), quien cuando fue juzgado por un tribunal inglés de justicia llegó a ser declarado por el juez "el hombre más perverso de Inglaterra". 

Pero la verdad es que Aleister Crowley conocía de sobra el paño que se cortaba. Y así se lo hizo saber en 1940 al entonces inseguro y confuso Winston Churchill, en un momento en que la posible invasión nazi de Inglaterra gravitaba como una espada de Damocles sobre la cabeza de todos los británicos. Y Churchill le creyó, hasta punto tal que llego a aceptar y poner en marcha una sugerencia de Crowley: aquella según la cual era necesario adoptar, frente al poder místico de la esvástica, la famosa "uve" de la victoria, lo cual no era otra cosa que un antiguo signo satánico (los cuernos del demonio).

Con un emblema de tal magnitud - pensaba Crowley- se podría derrotar a Hitler. Y Churchill lo aceptó. El pragmatismo inglés del líder conservador británico le llevó a estar dispuesto a aliarse con el mismo diablo con tal de vencer al temible enemigo...

Monstruos de la razón

Es otra historia engarzada en la misma Historia: la de las oscuras influencias de que fue beneficiaria - y a la vez víctima - Occidente desde principios de siglo y, en especial, desde 1918. 

Finalizada la Primera Guerra Mundial, Europa despertaba de una pesadilla poblada por los monstruos de la razón, y abría las esclusas, indiscriminadamente, al misterioso río del inconsciente freudiano y a todas las corrientes irracionalistas, desde le refrescante surrealismo a los otros "ismos" del brazo en alto, mucho menos saludables. Una tormenta mítica que se enreda con los últimos coletazos del romanticismo nacionalista del siglo XIX y que afecta por ello especialmente a los últimos países donde arraiga el sentimiento nacional: Rusia, Italia, y en particular Alemania.

El "retorno" de los brujos, no es cosa de hoy, mas bien de las primeras décadas del presente siglo. Y fue así como el destino quiso que Hitler fuera el catalizador de sus manifestaciones tenebrosas. Lo quiso hasta el punto de hacerlo nacer - un 20 de Abril de 1889 - en el pueblo austríaco de Braunauam-Inn, cercano a la frontera bávara, tradicionalmente considerado un centro de médiums y videntes. Poca gente sabe que dos famosos médiums, los hermanos Schneider, nacieron en el mismo pueblo, y que uno de ellos tuvo la misma ama de cría que Hitler.

Los que creen como Jung, que ciertas "casualidades" tienen sentido, no dejan de subrayar esta coincidencia, ni tampoco el hecho de que un niño de diez años llamado Adolf Hitler formara parte del alumnado de una peculiar abadía benedictina, la de Lanbach, cuya particularidad consistía particularmente en estar plagada de cruces gamadas.

El nacionalismo alemán se solidificaría, manu militari, bajo la férula del canciller Bismark, pero necesitaba recurrir al mito para aglutinarse en la conciencia del pueblo. Las precoces cruces gamadas de la Abadía de Lanbach fueron fruto de esa afanosa búsqueda del mito que había emprendido, como algunos otros iluminados, el abad Théodorich Hagen. El catolicismo de éste no le impediría ser un profundo conocedor de la astrología y las ciencias ocultas, ni interpretar el Apocalipsis de San Juan en un sentido mesiánico y milenarista. 

De hecho, formaría parte de un número creciente, el de los que empezaron a reconocer la llegada de un "Mesías" que salvaría al pueblo alemán - depositario genuino del legado ario -, tanto de sus enemigos interiores como exteriores.
Las cruces gamadas de la abadía de Lanbach, donde el niño Adolf Hitler le nace la fervorosa vocación del sacerdocio, son consecuencia de un viaje "iniciático" que al parecer emprendió el abad Hagen en 1856 al Próximo Oriente. 

En su itinerario se incluiría una visita a Jerusalén, antigua ciudad-estado de los caballeros templarios, y a ciertas zonas del Cáucaso, presumible cuna de la raza aria y donde la esvástica, al igual que en la India, estaba considerada el estandarte solar de un pueblo emprendedor de conquistas por naturaleza.

La abadía de Lanbach fue, asimismo, un poderoso foco de atracción para los iniciados en los secretos del templarismo, esa mística del "mitad monje, mitad soldado", cuyas reminiscencias, siquiera formales, tanto eco tuvieron en la España franquista. No era extraño, por tanto, que otro peculiar monje, cisterciense en este caso, visitara allí a sus hermanos benedictinos. Hablamos de Adolf Joseph Lang, a quien el pequeño Adolf Hitler tendría ocasión de ver transitar muchas tardes paseando por el claustro de la abadía con un libro en las manos.
Lang, rubio y de ojos azules, era un ario frenético que había encontrado en la Orden del Cister - reformada en la Edad Media por Bernardo de Claraval, el autor de la regla templaria- un impensable abrigo para sus delirios racistas. 

En 1900, poco después de su paso por Lanbach, se trasladaría a Viena, donde fundaría la Orden del Nuevo Temple, de la que se proclamaría Gran Maestre, asegurando que había recibido la iniciación nada menos que de un sucesor clandestino de Jacques de Molay. Como se sabe, el último Gran Maestre del Temple murió en 1314 en una hoguera levantada en París por Felipe el Hermoso. En todo caso, hay evidencias de que no por ello desapareció la mística templaria, lo que explicaría por ejemplo, que al rodar en el cadalso la cabeza de Luis XVI, una voz anónima gritase entre la multitud revolucionaria: "¡Has sido vengado, Jacques de Molay!".
Desde Viena, el ocultismo se desplaza

La misma mística, si bien deformada por un racismo delirante, aparecería cinco años después en Ostara, una revista esotérica quincenal que adoptó como enseña la cruz gamada, publicación que tendría en el ya adolescente Hitler a uno de sus más apasionados lectores desde su llegada a Viena, trocada ya su vocación sacerdotal por la pictórica. La revista la publicaría precisamente un tal Georg Lanz Von Liebenfels, a quien ya conocemos como Adolf Joseph Lang.

El sedicente templario derramaría en la revista sus enfebrecidas elucubraciones: los no arios son seres no-humanos y pueden situarse en la escala evolutiva apenas por encima del mono; la historia no es otra cosa que la eterna lucha del Bien, encarnado en la raza aria, contra el Mal, que representan semitas y jafeítas. 

Los arios son la "obra maestra" de los dioses, y están dotados de fantásticos poderes paranormales, emanados de "centros de energía" y ciertos "órganos eléctricos". Estos "poderes" aseguran la supremacía absoluta de la "raza superior" sobre cualquier otra. Los templarios han sido depositarios de secretos guardados durante milenios en centros iniciáticos del Himalaya, técnicas ocultas que permiten el "despertar de los dioses" en el corazón del hombre ario, dormidos a causa de la negligente tendencia a mezclarse con otras razas "inferiores"...

La Viena de principios de siglo ardería en esa peculiar calentura ocultista que se propagaría por todos los países germánicos durante la Primera Guerra Mundial, y que conocería su apogeo en el difícil e inestimable clima de la República de Weimar. Astrólogos, videntes y profetas pulularon en la decadente capital de un imperio que se derrumbaba, cumpliéndose así, una vez mas, el postulado de Goethe: "En el ocaso de las civilizaciones aparecen los fantasmas".

También las sociedades secretas de carácter esotérico proliferaban como hongos. El barón Rudolf von Sebottendorf crearía en 1912 la Sociedad de Thule, obsesionada por los mitos del Sambala y el Reino de los Hiperbóreos, de la que algunos destacados nazis, entre ellos Rudolf Hess, formaron parte. En 1918, en plena derrota alemana, Karl Haushofer, propagador de la llamada Sociedad de Vril y poco más tarde recaudador de contribuciones del Partido Nacional Socialista, haría apogeo de la kundalini al servicio de la raza aria mientras se encontraba en Munich, cuna del movimiento hitleriano, justo en el momento en que esta ciudad desplazaba a Viena como capital centroeuropea del esoterismo.

Hitler aspiró ese ambiente viciado directamente y a pleno pulmón, alimentando en el su poderosa imaginación, cualidad indispensable de todo mago, ya sea blanco o negro. La leche que nutrió a uno de los hermanos Schneider, por otra parte, tal vez le confiriera ciertas facultades mediúmnicas. Según contó el mismo, durante la guerra mundial de 1914-1918, y mientras estaba cenando en una trinchera con varios camaradas, "repentinamente -explico- pareció que una voz me decía: "levántate y ve allí". La voz era tan clara e insistente que automáticamente obedecí, como si se tratase de una orden militar. 

De inmediato me puse de pie y caminé unos veinte metros por la trinchera. Después me senté para seguir comiendo, con la mente otra vez tranquila. Apenas lo había cuando desde el lugar que acababa de abandonar, llegó un destello y un estampido ensordecedor. Acababa de estallar un obús perdido en medio del grupo donde había estado sentado; todos su miembros murieron" (de una entrevista periodística con Janet Flanner).
Una voz interior le guía

En cualquier caso, la estructura de su pensamiento era mágica por antonomasia. Aunque Hitler había leído mucho sobre una amplia variedad de temas, de ningún modo atribuyó su infalibilidad y aparente omnisciencia a ningún esfuerzo intelectual por su parte. Por el contrario, desaprobaba esas fuentes cuando se trataba de guiar el destino de las naciones. Su opinión del intelecto era, de hecho, relativamente negativa. En varias ocasiones declaró, por ejemplo, que "la formación de la capacidad mental es de importancia secundaria... Gente educada en exceso, abarrotada de conocimientos e intelecto, pero desprovista de todo instinto sano..."

Y era eso, el "instinto", lo que - como a todo mago- le guiaba. Su mano de pintor se mostraría mediocre, pero su alma de artista era genuina; y como para todo artista, - el arte y la magia son dos ramas del mismo tronco- tenía su daimon inspirador, su mediador con los dioses, que le dictaba en cada momento lo que tenía que hacer. En el momento de la reocupación de Renania, en 1936, Hitler emplearía una extraordinaria figura retórica para describir su propia conducta: "sigo el camino que me marca la Providencia con la precisión y seguridad de un sonámbulo".

Por eso, en medio de una tormenta o crisis política o cuando sus decisiones inmediatas parecían mas necesarias, por ejemplo, ante una batalla incierta que se estuviera librando en esos momentos, Hitler abandonaba todo y se iba a su Nido del Águila del Kwhlstein, una especie de búnker de difícil acceso, donde se permitía el privilegio de quedarse solo, entre los picos cubiertos de hielo de un paisaje impresionante; y sencillamente esperaba hasta escuchar "su voz interior".

Poco importaba que esa voz se demorara poco, mucho o demasiado. En una entrevista declararía: "Yo no juego a la guerra. No permito que los generales me den órdenes. La guerra la conduzco yo. El momento preciso del ataque será decidido por mi. Solo existirá un momento, que estará realmente auspiciado, y esperaré ese momento con inflexible determinación. Y no lo dejaré pasar... A menos que sienta la incorruptible convicción de que esa es la solución, no hago nada; ni siquiera si todo el partido intentara obligarme a proceder. No actuaré: esperaré, ocurra lo que ocurra. Pero si la voz habla, sé que habrá llegado el momento de actuar".
Sin embargo, el verdadero poder de este templario negro estaba en su fe. Y la fe, como sabe cualquiera que esté mínimamente iniciado en las ciencias ocultas, es el verdadero motor de la magia. "Soy uno de los hombres mas duros que ha tenido Alemania durante décadas - le diría a un periodista -, quizá durante siglos, dotado de la más grande autoridad que haya tenido cualquier otro líder alemán... Pero sobre todo creo en mi éxito. Creo en el incondicionalmente".

Quien puso bajo el retrato de Hitler la leyenda "En el principio era el Verbo" le hizo, sin saberlo, la mejor definición. Hitler creía incondicionalmente en sí mismo, porque tenía una fe ciega en su varita mágica; y la varita mágica de aquel artista no era el pincel, sino la palabra. Hitler ha sido, sin duda alguna, el mas fascinante y fascinador orador de Occidente desde los tiempos de Temístocles.

La Palabra: una varita mágica
Pero la suya no era una oratoria al uso, ya que tenía mucho más que ver con el conjuro que con la dialéctica. Parece ser que a principios de los años veinte Hitler tomó regularmente lecciones de oratoria y psicología de un individuo llamado Hanussen, que también era astrólogo y adivino; y es más que posible que Hanussen hubiera tenido algún contacto con los grupos de adivinos videntes y profetas de Munich, tan activos en esa época.

En cualquier caso, se lo hubiera revelado Hanussen o lo hubiera aprendido por si mismo, Hitler sabía que para un conjuro sea eficaz debe estar alimentado por el fuego de la emoción más genuina. Por eso en sus discursos se inyecta con la morfina de su propia verborrea y crece; el diminuto Hitler se transforma en el gran Führer, lo que fascina al publico, y esa fascinación repercute, como una llamarada de fuego, en la autoestima del orador ("lo semejante atrae a lo semejante"). 

Cuanto más capaz era de convencer a la masa de la elevada antorcha de que era portaestandarte, más se convencía a si mismo, basándose en la teoría de que ochenta millones de alemanes no pueden estar equivocados.

En ese anillo mágico que encerraba al pueblo alemán alrededor de su jefe se encuentra la grandeza y tragedia del III Reich. El poder y la fascinación del verbo de Hitler descansaron casi por entero en su capacidad de sentir lo que un público dado quería oír, y en manipular el tema de manera que excitara las emociones de la multitud. 

De esa magia tan particular y tan efectiva escribió Strasser: "Hitler responde a las vibraciones del corazón humano con la delicadeza de un sismógrafo... lo que permite, con una certeza que ningún don consciente podría otorgarle, actuar como un altavoz que proclama los deseos más secretos, los sentimientos y rebeliones mas personales de toda una nación."

Sus discursos, sin embargo, eran recurrentes y pobres de ideas. Antes de llegar al poder casi todas sus intervenciones se centraban en la defensa de la unidad e identidad de Alemania y en quebrar el imperio de los marxistas. Pero el pueblo estaba entusiasmado. 

Lo que atraía a su audiencia no era tanto lo que decía Sión como lo decía, de acuerdo con un esquema, repetido hasta la saciedad, cuyas simples y efectivas reglas eran las siguientes: jamás admitir un fallo o un error, no reconocer que puede haber algo bueno en el enemigo, no dejar lugar a alternativas, nunca aceptar culpas, concentrarse en un enemigo de cada vez y culparlo de que todo anda mal; y, finalmente, no amilanarse ante el grosor de las falsedades o infundios que se levanten contra uno. 

"El pueblo - afirmaba Hitler- creerá con más facilidad una gran mentira que una pequeña; si uno se la repite con bastante frecuencia, tarde o temprano el pueblo la creerá".
El comienzo de sus discursos era lento, a la espera de "sentir" al público. Pero en cuanto descubría la naturaleza de ese sentimiento, el ritmo y el volumen aumentaban uniformemente hasta que, en el climax, gritaba. 

La voz de Hitler se transformaba, para quien lo escuchaba, en la voz de Alemania. Todo eso estaba de acuerdo con la propia concepción de Hitler sobre la naturaleza secreta de las masas, tal y como puede leerse en su libro "Mi lucha" (Mein Kampf): "La Psiquis de las masas - escribió Hitler- no responde a nada que sea débil o mediocre. Es igual que la de una mujer, cuya sensibilidad espiritual está menos determinada por razones abstractas que por un ansia emocional indefinible de satisfacción de poder, y que por tal razón prefiere someterse al fuerte más que al débil... 

También la masa prefiere al dominante antes que al suplicante".
Era tal el poder de fascinación de la oratoria hitleriana que muchos autores han comentado su capacidad para hipnotizar al público. Según Stanley High, "cuando en el punto culminante se balancea de un lado a otro, sus oyentes se balancean con el; cuando se inclina hacia adelante ellos también lo hacen; y cuando concluye, están reverentes y silenciosos, o de pie, en un delirio, según quiera Hitler".

Las palabras, conforme enseña la tradición ocultista universal, desempeñan una función mágica, no por su significado, sino por la naturaleza de sus vibraciones sonoras. Eso Hitler lo sabía de sobra. 

Como también sabía - aseguró haberlo aprendido de la Iglesia Católica- que la repetición machacona de determinadas consignas tiene el poder de penetrar en los niveles más profundos de la psiquis. 

A propósito de ello, dijo en una ocasión: "Sólo hay una determinada cantidad de lugar en el cerebro, una determinada cantidad de paredes, por así decirlo, y si uno lo llena con sus consignas, la oposición no tiene lugar donde poner después ningún cuadro o fotografía, porque el apartamento del cerebro ya está abarrotado con el mobiliario de uno..." 

Basta con estar atento a las actuales campañas preelectorales o, simplemente a los anuncios de televisión, para darse cuenta de que estas tácticas hitlerianas han sido bien aprendidas por sus enemigos.

Pero lo que el poderoso mago Hitler no sabía, o no quiso tener en cuenta, es que una acción mágica puede ser muy eficaz, pero jamas puede ser muy duradera si obra a contrapelo de la naturaleza; y nada hay más alejado de la naturaleza - y del sentido común- que la idea de una "raza superior" dominando al resto de la humanidad durante los "mil años" que iba durar el III Reich. ¿No quiso tenerlo en cuenta, o simplemente, no pudo? ¿Cómo podía compaginarse el agua mansa del templario y el cátaro con el aceite hirviendo del racista?
La mente de Hitler

Durante la Segunda Guerra Mundial, en 1941, la Oficina de Servicios Estratégicas de los Estados Unidos encargó al psiquiatra freudiano Walter Langer un inusual y novedoso experimento: psicoanalizar a Adolf Hitler de acuerdo con la información que sobre su persona podía obtenerse entonces en su entorno, gracias al espionaje. 

Aunque a distancia, era la primera vez que se aplicaban los descubrimientos psicológicos modernos no a una figura histórica distante, sino a una viva. Las conclusiones de su informe constituyen uno de los libros más apasionantes que todavía hoy pueden leerse; su título, La mente de Hitler.
Al examinar las pautas de conducta del Führer, tal y como las observan sus colaboradores inmediatos, Langer llega a la conclusión de que no se trataba de una sola personalidad, sino de dos, y que se alternaban. La imagen mística que ofrecía a la propaganda fue la del más humilde discípulo de si mismo, el más severo de todos los disciplinarios; la de un monje moderno, en suma, con los tres nudos reglamentarios de la pobreza, la castidad y la obediencia. No comía carne, no bebía vino; y en repetidas ocasiones declaró que su verdadero amor era Alemania. No recibió salario del partido y vivía de los ingresos de sus libro "Mi Lucha".

El templario Adolf era un individuo muy suave, sentimental e indeciso, que contaba con muy poca energía y que nada deseaba tanto como mostrarse agradable y ser entretenido y cuidado. Por el contrario, el soldado Hitler era una persona dura, cruel y decidida, con una considerable energía, que parecía saber lo que quería y estaba dispuesto a buscarlo y obtenerlo sin detenerse ante nada... Adolf lloró a raudales por la muerte de su canario y adoraba a los perros; pero era el mismo Hitler que gritó en pleno tribunal: "¡Rodarán cabezas!".

¿Era un psicópata? Posiblemente. Pero la gran desgracia para Alemania fue que también era un mago que se las ingenió para convencer a millones de personas de que la imagen ficticia de su personalidad era la verdadera.

Lo dice, con otras palabras certeras, su contemporáneo, Aleister Crowley, cuando, sin nombrar expresamente a Hitler, nos hace un inigualable retrato del personaje: "La magia blanca opera discretamente. No necesita atraer la atención ni provocar miedo o aprensión entre la gente, puesto que no pretende dominar el mundo. 

Por el contrario la magia negra adora simultáneamente el secreto y el espectáculo, algo así como las estrellas de Hollywood. El verdadero mago negro busca dominar a los otros y encerrarlos en sus alas de cuero. Utiliza la angustia, siembra el terror y procura la ruina del mundo. Cuando encuentras a un mago negro, estudia bien sus ojos. 

Son los de un fanático, los de quien pretende con avidez dominar y manipular. Su máxima aspiración es la de convertirse en un marionetista para mover los hilos de todos".


El maravilloso arte de ser uno mismo

 "Si vas por un camino construido cada día con tus propias manos, llegarás al lugar donde debes estar" 
(antigua máxima egipcia).

En la constante ansiedad de sabiduría que llena la vida de los que no temen llamarse filósofos, ocupa un lugar destacado la búsqueda y encuentro del propio ser interior. Esta actitud, que muchas veces puede llevar a un egoísmo incontrolado si no está regida por una sana vocación moral, es el reflejo de la búsqueda y descubrimiento de las grandes leyes del universo. Después de todo, aquel aforismo hermético que nos señala que “Así es arriba como es abajo” no deja de tener validez a pesar de los siglos transcurridos.

Queda a la filosofía, pues, la búsqueda y el encuentro de esas verdades que ayudan a armar el complejo cuadro de la existencia. Y, gracias a ese espíritu de investigación, suelen aparecer ante nosotros pequeñas o grandes inspiraciones de la mano de una máxima olvidada, de un consejo de los viejos sabios que se enterró junto a las tumbas de los que vivieron a la luz de esos sabios. Pero nada importa cuando la luz de nuestro presente vuelve a revivir profundas enseñanzas. Ese es el caso del epígrafe que encabeza este escrito. Breve, conciso y contundente, tanto como para obligarnos a detener la marcha alocada de la mente y hurgar, palabra a palabra, el contenido de esas claves sencillas que pertenecen al maravilloso arte de ser uno mismo.
Ser uno mismo ha quedado reducido a unas meras formalidades que afectan a la buena vida y conservación del cuerpo, y naturalmente, a la satisfacción de una psiquis desordenada en conjugación con unas ideas no menos confusas. Ser uno mismo es apenas dejarse llevar, dejarse empujar por la existencia, no obedecer a nada ni a nadie, ni siquiera a uno mismo, porque ese “uno mismo” todavía no ha hecho verdadero acto de presencia en la conciencia.
Pero es imposible evadir el encuentro con el yo. Algunos pierden sus horas atrapados por el miedo a la muerte, a lo desconocido, a los poco creídos castigos del más allá y, sin embargo, tan temidos en los recovecos más ocultos del hombre. El verdadero peligro está, aunque no se vea así, en el desconocimiento de uno mismo, en la falta de realidad de uno mismo, en la carencia de apoyo en algo que no depende del mundo exterior, en la falla de ese eje que está en cada ser humano, si bien con poca consistencia todavía como para mantenerse erguido y elevar la conciencia sobre el pedestal de la seguridad, de la confianza que proporciona la sabiduría.

CONSTRUIR CAMINOS
Es una etapa fundamental en este arte del que hablamos. No se puede llegar a ninguna parte, ni siquiera a sí mismo, sin construir caminos. Pero ¿los construimos verdaderamente?
La mayoría de las veces ni siquiera miramos por dónde caminamos. Seguimos una corriente humana, masas que se desplazan por senderos trillados, por movimientos cambiantes de opinión que determinan giros bruscos e incomprensibles en la dirección de nuestros pasos. Pero allí van todos y allí vamos nosotros también. Arrastramos los pies por sendas repletas de desperdicios: el basural de lo que cada uno aporta a medida que camina o en la medida en que se detiene sin atreverse a avanzar. Tropezamos, no con dificultades, sino con los escollos que vamos formando nosotros mismos.
Es difícil construir. Pero, a veces, construir es sencillamente limpiar viejos caminos que han quedado olvidados, rutas que sirvieron durante siglos para llegar a la meta, hoy cubiertas de malezas y piedras, pero sin duda mucho más limpias que las otras donde se amontonan los que no saben hacia dónde van. El hombre humilde que limpia, que quita altos pastos y recoloca las piedras en los bordes, abre caminos, construye caminos, porque los devuelve a la vida.
Y si los hay más valientes, a estos les corresponde el abrir nuevos rumbos. Los valientes deben ser además hábiles conocedores porque es imposible construir un camino si no se tiene muy claro el punto de partida, el punto de llegada y las desviaciones o excavaciones en la roca que habrá que practicar para no perder la meta.
Curiosamente, los que saben construir, los que saben desde dónde vienen y hacia dónde van, no son siempre los más escuchados ni los más seguidos. Sus caminos son calificados de utopías en el mejor de los casos; lo más corriente es considerarlos equivocados, tanto como sus propios constructores. No se deja ni siquiera el consuelo de la buena voluntad para la obra del constructor: los borregos que marchan sin ver ni oír necesitan pensar que las demás opciones son equivocadas y malignamente diseñadas para confundir a la humanidad. ¡Cómo no ha de ser así si quienes juzgan son los más confundidos, cuando no los artífices del elogio a la confusión!

DÍA A DÍA
La construcción no es obra de un día. El tiempo, en este como en otros casos, se convierte en la gran prueba. Hay que tener suficiente paciencia como para saber mantener el entusiasmo día a día sin perder de vista en ningún momento lo que se pretende alcanzar, por lejos que quede. Lo que importa no es tanto el tiempo como el objetivo. Y misteriosamente, cuando la mente enfoca el objetivo con claridad, el tiempo se acorta…
La efectividad del construir está dada por la continuidad. Continuar no es convertirse en autómata ni en esclavo de las propias obras. Al contrario, lo que hace falta es una continuidad consciente, donde se suman los logros como si fueran piedras milagrosas que terminan por forjar el palacio más maravilloso que pueda concebirse. Hace falta entusiasmo en la continuidad y para ello hay que volcarse íntegramente en la tarea que nos ocupa; trabaja el cuerpo unido a un sentimiento de satisfacción y a la idea del progreso. Entonces, el camino crece, se abre paso día a día, crece por fuera y crece por dentro, abre terreno en el mundo y abre espacios desconocidos en el alma.
El difícil arte de ser uno mismo exige la renovación constante de las energías puestas en juego. Todos tenemos un cupo de energía que, si lo agotamos en los primeros intentos, se desvanece y nos deja la sensación de vacío y desconcierto. La energía, como todas las fuerzas del universo, se gasta y se renueva dentro de su mismo ciclo. La energía que se pone en acción conscientemente genera de manera automática nuevas fuentes energéticas que nos servirán para conti­nuar mañana, y mañana, como si fuéramos cada vez más poderosos.
Vivir día a día equivale a vivir una vida plena, a aprovechar incluso cada hora de cada día, alargando las posibilidades de experiencias y de acciones, de acertar, de equivocarse y de corregir. Tal es el sino del constructor.

LAS PROPIAS MANOS
El falso criterio de comodidad que han ido ganando los esquemas mentales actuales ha desvalorizado al máximo el trabajo personal, el trabajo que se efectúa con las propias manos. La inteligencia se ha vuelto apenas habilidad para valerse de los demás; hacer que se muevan otras manos y que a nosotros nos quede el disfrute de lo que otros han trabajado. El que tal consigue es el más listo, pero el más infeliz. Si alguna vez desaparecieran las manos ajenas, se vería imposibilitado de seguir adelante. La falta de práctica y de confianza en sí mismo lo volverían inútil tanto para construir como para seguir los caminos trillados, pues se sentiría mutilado hasta para mover sus pies.
Las propias manos son apenas un símbolo que surge de la más noble de nuestras herramientas. El que sabe usar sus manos para algún trabajo útil sabe también canalizar sus emociones y dirigir su mente; sabe usar su voluntad y sabe abrirse paso en medio de dificultades que a otros les parecerían insalvables.
Lo que se hace con las manos y con la conciencia tiene “ángel”, tiene alma. Las manos solas, solo mueven materia y el camino del que hablamos no es exclusivamente material.
Es imprescindible devolver el valor al trabajo personal. No imaginarlo como una acción estrictamente creativa. Lo personal es también repetir con exactitud aquello que nos han enseñado.
Los grandes maestros enseñan, muestran caminos, ofrecen perspectivas, pero no pueden hacer el trabajo por nosotros. Es decir, sí pueden, pero no lo hacen, porque en ese caso el éxito sería de ellos, de quienes de todas maneras ya han avanzado varios peldaños por delante de nosotros. ¿Y qué sería de nosotros, siempre supeditados a que los demás cumplan lo que nos corresponde a nosotros? ¿Qué clase de constructores seríamos si no nos atreviéramos a levantar una simple piedra?

LLEGAR AL LUGAR EN QUE DEBEMOS ESTAR
Repetimos una vez más: no es un lugar materialmente señalado en el mundo, no es un puesto ni un cargo de prestigio, no es la situación que aplaude el vulgo. Hay otros lugares que están dentro de nosotros mismos, de acceso muchas veces ignorado, pero lugares que, una vez conquistados, dan la posibilidad de llegar a todas las cimas, a todos los confines.
¿Dónde debemos estar? Esta pregunta está íntimamente relacionada con el camino que se abre paso en el interior del hombre, con el arte de ser uno mismo. No siempre coincide el lugar donde debemos estar con aquel otro en que nos gustaría estar. Nuestros gustos están sometidos a muchas presiones psicológicas y raramente tomamos en cuenta si ese gusto es nuestro o es una orden manipulada que viene desde afuera.
Debemos estar allí donde podamos encontramos a nosotros mismos. Allí donde nuestra suma de causas y efectos ha señalado un punto claro y justo, tanto como para tomar conciencia de nues­tra realidad, como para poder continuar avanzando en el camino.
Olvidemos la idea de “estar” como un gesto estático. Solo se quedan en el “estar” los que dan cabida a la inercia y la apatía, los que son fáciles presas de la desesperación, los que siguen el juego de las corrupciones de moda, los que caen en la irritación y en la violencia, los que sin darse cuenta se van destruyendo a sí mismos por falta de discernimiento. Estos “están”; no se mueven o lo hacen al paso lento de la abigarrada multitud que sigue a sus escondidos amos.
La otra forma de “estar” que proponemos es activa porque se trata de vivir plenamente y a conciencia, de estar cada minuto presente y estarlo en cada acción que realizamos. Así, en la medida en que se está, se adelanta en la construcción y en el recorrido del camino. No faltan enseñanzas para hacer de esta propuesta una realidad. Cuando aprendemos a encender la luz de nuestro ser interior, empezamos a convertimos en maestros de ese arte de llegar a ser.
Más aún: aprendemos que ese “llegar” también se vuelve relativo porque resulta imposible hablar de estados definitivos en el hombre, en cuanto el hombre vive en un constante espíritu de perfeccionamiento. Llegar es un alto en el camino, es un punto que nos hemos señalado para reconocer los pasos que hemos dado y para calibrar aquellos que nos quedan por delante. Llegar es un respiro para volver a empezar.
En verdad, el camino que nos toca construir es eterno y nos pide una acción constante, pues la meta se aleja y se eleva, en la medida en que la vamos alcanzando.
¿Dónde estar, entonces? En el camino, activos y despiertos. Ese es nuestro sitio, es el punto donde por fin nos encontramos a nosotros mismos y desde el cual podemos continuar con cuantas empresas nos depara el destino. Lo importante es haber encontra­do el sendero, y haberlo encontrado en base al propio esfuerzo, con las propias manos, día a día. Lo demás es lo propio del sendero, lo propio del hombre, lo propio de la meta, que ya era y existía mucho antes de que nosotros nos la hubiésemos propuesto.

Sencillamente, Paciencia


¿Has jugado alguna vez al juego de esperar? A veces las personas lo practican en sus relaciones. Algunos equipos a veces lo hacen durante el "partido". ¿Alguna vez has decidido concientemente no poner prisas a algo sabiendo que, de manera muy profunda, va a suceder lo que tiene que suceder en el momento adecuado? Los más viejos y maduros entre nosotros tienden a hacerlo. ¿Decidiste alguna vez no correr hacia algún sitio, al darte cuenta que no podías ir más rápido que el medio de transporte que utilizabas y que no podías controlar lo que aparecía en el camino? 


Los conductores de autobuses aprenden a hacerlo. Incluso en medio de un Grand Prix, los pilotos de carreras deben aprenderlo.

La paciencia es una de esas virtudes que pueden transformar un momento de máxima ansiedad en un momento de relajo y calma; un momento de gran agitación mental en un suave fluir del río de la vida. Frente a una persona paciente estamos rodeados de un aura de calma al ser atraídos por la tranquila luminosidad de la lentitud. 

Aún estando ocupados, la cualidad de su "estar ocupados" irradia paciencia. Tal vez han escuchado el consejo de Emerson de, “Sigan el paso de la naturaleza: su secreto es la paciencia”. La Naturaleza casi siempre está pacientemente ocupada, de forma visible o invisible.

En una encuesta reciente realizada por un periódico nacional (Gran Bretaña), se proponía descubrir por qué el nivel de ira en el mundo iba en aumento. Descubrieron que la causa principal de la ira era no tener las expectativas y deseos cumplidos... ¡con la suficiente rapidez! En otras palabras, impaciencia frente a los sucesos y eventos, con los gobiernos, con las demás personas y con los servicios de entrega. 

Son las nuevas variantes de la "enfermedad de la prisa". Esto no es sorprendente si consideramos la velocidad de la vida moderna. El adicto a los emails siempre está pendiente de la siguiente oportunidad de acceder a su correo de entrada.

Mientras que la mayoría de las personas reconoce falta de paciencia en alguna área de su vida, muchos desconocen cómo liberarse de la ansiedad de la prisa. Muchos, casi todos, probablemente preferirían ser más pacientes ¡desde ya! Obviamente devolver la paciencia a la vida requiere de... ¡paciencia!

Entonces, ¿cómo ser más pacientes? ¿Podemos hacernos personas pacientes? ¿Puede convertirse la paciencia en un hilo que teje toda nuestra personalidad? ¿Cómo creamos la paciencia?

Visualización Ser paciente es un proceso creativo. Implica reunir una serie de ingredientes en un proceso inicial de visualización. El primer paso es reconocer y aceptar que los rasgos de impaciencia en mi, son mi propia creación. 

No es el tren que viene tarde o el envío retrasado, tú eres el impaciente. Has creado y dado sustento a este "rasgo", así es que también puedes crear y dar sustento a la paciencia. Y como todas las creaciones, el proceso empieza en la pantalla de la mente. 

Aquí es donde se concibe, se consigue y se logra creer en ella, donde "se ensaya", antes de subir al escenario. Aquí creamos ambos, la imagen y el sentimiento de ser paciente. Para hacer esto, debemos recurrir a algunos recursos internos.

Paz 

El primer recurso es el sentimiento de paz interior. Esta es la paz del corazón, la paz que nada ni nadie puede arrebatar, pero de la que se puede perder conciencia. La paz es la energía fundacional de la paciencia. Si no podemos recurrir a nuestra paz interior, la paciencia será casi imposible. La meditación es el viaje sin distancia de un segundo hacia el corazón espiritual (el corazón de la conciencia) fuente inagotable de paz pura.

Aceptación 

Tu paz interna sólo puede viajar de tu corazón a tu mente cuando ya no quieres cambiar lo que hay. Desde el momento en que aceptas todo y a todos tal como los encuentras, sin resistencia, estamos en el momento del poder del amor, tu amor, eres capaz de abrazar la vida en su totalidad, tal como es. Para muchos conseguir esto es en sí un importante desafío, por cuanto muchos tenemos el hábito de gastar mucho tiempo y energía en nuestra mente. Es aquí donde juzgamos a los demás y "arreglamos" los problemas del mundo bajo la ilusión que es nuestro cometido y que ¡podemos hacerlo!

Contentamiento 

Tu paz y aceptación son como dos colores primarios que cuando se mezclan crean contentamiento. No puedes ser paciente si no estás contento: con tu ser y con el mundo en este momento. Para lo cual se necesita la conciencia del ahora. Sólo así terminan los intentos de escaparse hacia el futuro u ocultarse en el pasado.

Fe 

Sólo en el estado de silencio y quietud, aunque en un estado vital de contentamiento, que no es pasivo o condescendiente sino alerta y disponible, se puede escuchar y sentir la sabiduría que proviene de la verdad y que está guardada profundamente en el corazón. Intuitivamente ya sabemos que todo va bien y que todo irá bien. 

La fe se manifiesta en la vida como un saber intuitivo, que en las palabras del conocido texto llamado Desiderata, "todo se desenvuelve como debería".

Libertad 

Sólo si estás en paz, con capacidad de aceptar, contento y con fe en la vida, sin oposición, se puede ver y me puedo dar cuenta que ya no necesito nada fuera de mi. 

Este es el inicio del término de los deseos, de la ansiedad y es la restauración de la libertad espiritual verdadera. No hay que buscar nada, porque está presente dentro del ser. 

En ese momento cualquier impaciencia la percibo como es, una falta de fe temporal en el universo, en la vida y en el ser. La impaciencia es la ausencia de fe, de la confianza que la vida traerá exactamente lo que se necesita cuándo se necesita, simplemente para vivir.

Intención 

Darse cuenta de esto, la libertad mas profunda, señala el fin de la esclavitud de "querer" y se produce la transformación de la intención. Ahora sabemos que todo lo que deseábamos ya está dentro nuestro y la vida deja de ser la impaciente espera de ver cumplidos unos deseos y expectativas para enfocarla alrededor de lo que tengo y puedo dar. 

Cada momento se percibe como una oportunidad para convertirnos en "donadores" de la energía de nuestras vidas. Y no como un sacrificio o una obligación, sino como un regalo. El tiempo, la atención, el calor, la aceptación, la guía y muchas otras formas se convierten en regalos verdaderos, que no exigen gasto ni envoltorio.

La impaciencia nos convierte en "pacientes" de la vida. Significa que alguno de los ingredientes arriba mencionados falta temporalmente. Cada ingrediente está siempre dentro del ser pero están temporalmente perdidos en mí conciencia. 

Hasta que la paciencia se haya restaurado, la vida en sí, es la cura. 

Cada momento que intento forzar un desenlace, cada momento de espera angustiosa o de deseos expectantes, está agrandando una herida que eventualmente necesitará del bálsamo de la paz y de la aceptación que surge del amor.

Tal vez la aplicación mas valiosa de la virtud de la paciencia es su habilidad de devolver la sabiduría a la vida. En la mayoría de las culturas occidentales cuando las cosas no marchan bien, se tiende a gritar "¡no te quedes ahí sentado y has algo!" En cambio, en el antiguo oriente, la tendencia era de susurrar, "¡no sólo hagas algo, siéntate!" 

En tales momentos estamos reconociendo la necesidad de permitir que nuestra sabiduría mas profunda nos informe nuestras respuestas, e impedir que "las pataletas" gobiernen nuestra mente y corazón.

La sabiduría, sin embargo, no se presenta en el auditorio de nuestra conciencia a sola petición. Debemos enviar una invitación a nuestro corazón y esperar pacientemente la respuesta. 

Es por esto, tal vez, que los sabios y los pacientes, saben que la paciencia y la sabiduría son los mejores amigos y compañeros inseparables. 

Tal vez es por esto que la sabiduría del granjero es la paciencia y la paciencia del jardinero es la sabiduría.

Luz y Oscuridad

La vida parece complicada, pero no lo es. Nosotros complicamos nuestras propias vidas. Creamos caos a partir del orden. Enredamos las cosas empeorándolas continuamente simplemente porque no entendemos de qué se trata la vida o cómo funciona.

Lo primero que debemos entender es que la vida es tan simple como la Luz y la oscuridad. Y cuando digo Luz no estoy hablando metafóricamente. Tampoco utilizo la palabra oscuridad de forma alegórica. Sólo existen dos cosas en este mundo: la Luz y la oscuridad. La vida parece complicada porque la oscuridad tiene una variedad casi infinita de tonalidades y la Luz se presenta en incontables colores.

Sin embargo,en el corazón de todo lo que existe encuentras oscuridad o Luz.
Desde el momento en que nacemos, la oscuridad y la Luz son todo lo que existe. Nuestro crecimiento y el aumento de nuestro poder son manifestaciones de la Luz. A medida que empezamos a envejecer, nuestra debilidad crece gradualmente como una expresión de la oscuridad. De forma similar, cuando estamos satisfechos, llenos de pasión, radiantes de optimismo y tenemos una actitud que dice "puedo conseguir cualquier cosa", esto es la Luz expresándose en nuestra conciencia.

Estas emociones positivas son sólo el efecto de la Luz, que en sí misma es la causa de toda nuestra felicidad.
Por el contrario, cuando estamos pesimistas, deprimidos, letárgicos y cínicos, estas son manifestaciones de la existencia de una oscuridad creciente en nuestra conciencia.

De nuevo, todas estas emociones negativas son el efecto; la oscuridad es la causa.

Por consiguiente, si una situación externa es la causa de nuestro dolor, como por ejemplo un divorcio o una ruina financiera repentina, esto es también una expresión de un aumento de la oscuridad en nuestra vida; sin embargo, esta vez, la oscuridad está
afectando al mundo que nos rodea.

El divorcio es el efecto; la oscuridad que de alguna manera se ha colado en nuestra vida es la causa. De forma similar, cuando aparece el negocio adecuado, cuando conocemos a la chica de nuestros sueños o a Don Perfecto, esto significa que la Luz ha llegado a nuestra vida.

Nuestras emociones, nuestro estado mental, nuestro estado de conciencia y cada uno de los sucesos que ocurren a nuestro alrededor es una mera expresión de la oscuridad o de la Luz que hemos invitado a entrar a nuestras vidas.

No hay nada más.

El problema con la humanidad es que no se nos ha enseñado a pensar o a vivir según este sencillo paradigma. Vivimos nuestras vidas mediante el sistema de prueba y error, sin saber que, en realidad, todo es tan sencillo como oscuridad y Luz.

Estas consideraciones nos llevan hacia una cuestión que quizá haya surgido en tu mente en este momento: ¿cómo podemos aumentar la cantidad de Luz en nuestras vidas? Y, lo que es más importante, ¿dónde está esta Luz?

Cada vez que renunciamos a un deseo egoísta y elegimos un comportamiento desinteresado, cada vez que elegimos nuestra respuesta en lugar de reaccionar, hacemos un cambio en nuestra vida. Y con cada cambio, recibimos un poco más de Luz. Además, nuestros esfuerzos también benefician a nuestras familias, pues les otorgan una fuerza adicional para identificar y transformar su propio egoísmo. Y a medida que una familia experimenta el poder de la transformación espiritual y se conecta al mundo de Luz, estos beneficios se extienden a sus amigos, vecinos y comunidad.

Durante esta semana, ¡espolvorea más Luz en tu vida! A medida que la gente de todo el mundo logra apartarse de los dictados del ego y acercarse al desinterés propio, el planeta entero se transformará en un paraíso.

Éste es el propósito de la vida, y las herramientas que ofrece la Kabbalah pueden ayudarnos a lograr este objetivo.

Todo lo mejor

Yehuda Berg

Las cuatro edades del hombre

La tradición de las Cuatro Edades en su versión más conocida, la del poeta griego Hesíodo. 

Según él, en la Edad de Oro, el hombre vivía en un estado ideal de perfección y justicia. Reinaba una eterna primavera, no existían el calor y el frío extremos. Los campos, siempre verdes y floridos, brindaban en forma espontánea dorados cereales todo el año, y de los árboles, perennemente lozanos, colgaban frutos deliciosos y maduros, por lo que los hombres desconocían el trabajo esforzado. 

No había maldad ni injusticia, no se conocían la envidia y la codicia, los crímenes y los vicios, la guerra y el odio. La vida era una perenne fiesta, y los hombres eran perfectamente felices al amparo de sus dioses, quienes, a cambio de sus bendiciones, recibían veneración y obediencia. 

Pero el mal logra infiltrarse en este paraíso, y los hombres vuelven las espaldas a los dioses. Desoyen sus preceptos, cesan la alabanza y el sacrificio: la Edad de Oro llega a su fin.

La Edad de Plata, que sigue a la de Oro, refleja, en opinión de algunos autores, la sociedad matriarcal de tiempos remotos en que las mujeres constituían el centro de la sociedad y los hombres laboraban los campos al lado de ellas; señalaría, en cualquier caso, la época en que la humanidad comenzaba a dedicarse especialmente a la agricultura. 

En el mito griego, es en esta edad cuando comienzan a diferenciarse las estaciones: a la primavera, antes eterna y ahora limitada a breves meses, sucede un sol ardiente que seca y marchita todo a su paso. Luego el calor se disipa, el pasto se torna amarillo y muere, los árboles se deshojan. Cae, finalmente, la nieve y cubre de desolación a la Tierra, mientras vientos helados gimen incesantes sobre los yermos. Ahora los campos no brindan el alimento gratuito. Para sobrevivir, los hombres aprenden el trabajo penoso y para cobijarse de las inclemencias del tiempo deben construir sus propias casas, ya que las grutas, en las que moraban durante la Edad de Oro, se han vuelto inhabitables para ellos. 

La juventud, antes eterna, termina; la felicidad es de muy pocos, la muerte llega sin anunciarse. Y como la humanidad ha seguido degradándose, Zeus, desde el Olimpo, decide exterminarla. La Tierra se queda silenciosa y vacía.

Pasemos a la siguiente, la Edad de Bronce. Esta correspondería, para los estudiosos, a la de los primeros conquistadores egeos, cuyos últimos representantes fueron los reyes guerreros de Micenas, y marcaría, por tanto, el inicio de las primeras grandes civilizaciones de Grecia, incluidas la cretense y la micénica. 

En el relato griego, cuando los dioses se aburren por la falta de plegarias o insultos por parte de los hombres, deciden crear una raza nueva, valerosa y fuerte, una raza de bronce, que pueble el mundo y los reverencie. 

Tendrá por oficio la guerra, por dios principal a Ares (Marte), por mayor aspiración el combate. Son tiempos de guerra, de incesante entrechocar de espadas, de ferocidad en la lucha. Sin embargo, los esperados homenajes de los hombres no se materializan, y los dioses deciden borrar también a esta raza de la memoria del mundo.

Finalmente, la Edad de Hierro correspondería a la época de supremacía de los dorios, la sociedad griega que comienza hacia el siglo XII a.C., quienes ya conocían el hierro y destruyeron la civilización de Micenas. 

Según Hesíodo, los hombres de esta época fueron los peores que habitaron la Tierra. Imperan ahora la fuerza, la ambición y la violencia desmedidas. 

Aparece un metal más resistente que todos los demás, el hierro, con el que se forjan las armas y se abre la Tierra para sacar los tesoros escondidos en ella por los dioses: el oro y la plata, más peligrosos aún que el hierro, y origen de toda discordia. 

La ambición de riquezas y de poder no respeta nada. No existen más el honor, la honestidad, la lealtad: la mentira, la violencia y la astucia son los únicos medios de que se valen los hombres para alcanzar sus fines. 

La Tierra es dividida y marcada, cada quien quiere su parte, y todos agreden a todos para aumentar sus posesiones. Cruentas guerras cobran millares de vidas, el mundo entero se cubre de sangre. El temor se extiende, ya no hay seguridad para nadie; la angustia impide dormir. La división impera: marido y mujer se traicionan, la mano del hombre se alza contra su hermano, el hijo llega a matar al padre... Desde el Olimpo, Zeus, lleno de ira, decide borrar el sufrimiento eliminando todo cuanto vive y alienta sobre el mundo. Y el diluvio viene a lavar a la Tierra de tanta infamia...

No somos tontos 

En honor a la tolerancia, que debe ser el factor sobresaliente de la filosofía, me duele tener que escribir así acerca del mundo que nos ha tocado vivir. 

No soy de las que piensan que este mundo es negativo, y que todo tiempo pasado fue mejor; ni tampoco de aquellas que postergan la felicidad para un futuro que no podemos precisar. 

Me preocupa la cantidad de incongruencias, incoherencias, por no llamarlas definitivamente mentiras, que estamos obligados a soportar. Ni siquiera se disimulan las falsedades, sino que, al contrario, se presentan exactamente como si fueran lo contrario, convencidos de que somos tontos, y basta con que una información provenga de los medios de comunicación para que la consideremos verdadera. 

Qué nos venden 

1. Nos venden un mundo en progreso indefinido en el que todas las cosas van hacia lo mejor. 
2. Nos venden un mundo democrático, aunque este concepto se ha convertido en el “comodín” de cualquier movimiento político, religioso, educacional, empresarial, de lo que venga a cuento. Decir democrático es decir libre. 
3. Nos venden un mundo tolerante, en el que, al contrario de siglos anteriores, hemos aprendido a convivir unos pueblos con otros, en que todos respetan las diferencias, las creencias religiosas y las formas de pensar. 
4. Nos venden un mundo comunicado e informado por los medios más variados. Nada de esto es cierto. NADA. Y lo peor es que, por cansancio o ignorancia, terminamos por creer y por aceptar lo que nos venden. 

Todo ese material se ha introducido subrepticiamente en nuestras mentes, y terminamos usando los mismos conceptos sin saber lo que estamos diciendo. Veamos. 

1. Ante el progreso indefinido, nos encontramos con una bancarrota económica que en este momento afecta aun a los países considerados más ricos del mundo. Y unos países arrastran a otros, porque todas las finanzas crean lazos invisibles de efecto dominó. Eso, por no mencionar las hambrunas que asolan tantos países pobres, y las guerras y guerrillas que impiden el paso de alimentos y artículos de primera necesidad para aliviar tanto dolor. 

2. No somos libres. Cuando acudimos a las urnas, lo hacemos tras unas campañas electorales que más bien parecen desfiles de modelos, plagadas de discursos vacíos, y sobre todo de descalificaciones hacia los partidos "contrarios". ¿Por qué han de ser "contrarios"? ¿Es que la democracia no admite la multiplicidad? A veces no somos libres ni para circular de un país a otro, a pesar de las estrechas alianzas económicas que los unen. No somos libres para afrontar las migraciones de gente desesperada por la miseria, sencillamente porque no podemos hacer lugar a tantas personas, cuando hasta los propios habitantes de cada país también están al borde de la indigencia. 

1. Me gustaría saber dónde está la tolerancia. Bajo unos nombres u otros, la agresión es la noticia cotidiana. Nunca se han visto tantos enfrentamientos étnicos, sociales, religiosos, por no mencionar los sexuales o asexuales. 

2. La mayor parte de la comunicación es peor que el opio. Nos adormece y nos engaña sin piedad. Nos obliga a entrar en tramas de las que luego no podemos desprendernos, nos introduce en trampas de las que no podemos deshacernos. Somos esclavos de las computadoras, grandes, pequeñas y de bolsillo; de los teléfonos, de los mensajes abreviados que degradan los lenguajes; de las redes sociales que destruyen nuestra intimidad… Quién nos lo vende Esta es una cuestión delicada que, por falta de conocimiento concreto y, sobre todo, de pruebas, me cuesta abordar. 

Viene en mi ayuda el "mito de la caverna" que describe el filósofo Platón en su libro La República. No hace falta extenderse en el contenido del mito porque es muy conocido. Se trata de una caverna (el mundo) donde todos estamos encerrados, aunque encantados de estarlo, porque dentro de la caverna se nos ofrecen todo tipo de imágenes falsas con visos de realidad, tan convincentes como para que nadie quiera salir de allí. 

Nadie conoce a los "amos de la caverna", pero es evidente que alguien, o algunos, han montado esta prisión disfrazada de un mundo feliz. Esto permanece así hasta que un atrevido decide romper sus cadenas y salir a ver lo que pasa en el exterior. Y aquí comienza el drama: el que sale comprueba el engaño, intenta contarlo a los demás y se encuentra con una absoluta incomprensión, porque al parecer todos gozan de sus cadenas… 

Sinceramente, creo que nuestro mundo, al completo, en todos los continentes y en todos los países, está regido por los "amos de la caverna". No los conocemos, no son los que dan la cara y ocupan las páginas y las pantallas de los medios de difusión, no; los visibles son sus títeres y ellos permanecen en el anonimato para seguir trabajando a gusto. 

¿Por qué nos venden tantas mentiras? 

Porque no hay nada mejor que un pueblo engañado, debilitado, idiotizado, para poder manipularlo mejor. Los que viven intoxicados y casi inconscientes, creen cualquier cosa, y son capaces de hacer cualquier cosa. 

Algunos títulos sugerentes Mientras vivimos al margen de la realidad, se propagan hechos como los que siguen, que he tomado al azar de un periódico de unas semanas atrás. Aunque en pocos días estas noticias pueden variar, no cambia la dirección de las cosas. No necesito inventar nada. 

"Los atentados terroristas disparan la violencia entre Israel y Gaza" "Un comando talibán asalta el centro cultural británico en Kabul" "Un atentado en una mezquita de Pakistán causa 48 muertos"
"La presión de Occidente no logra frenar las matanzas del régimen sirio"
"Turquía desentierra el hacha de guerra para aplastar a la guerrilla kurda"
"Los combates entre rebeldes y gadafistas atenazan Trípoli" "Centroamérica y el Caribe debaten un frente común contra el crimen"
"El Papa alerta a los docentes sobre los abusos de una ciencia sin límites"

Y sin títulos específicos: revueltas estudiantiles, huelgas, manifestaciones callejeras, enfrentamientos de grupos a favor o en contra de cualquier acontecimiento con muertos y heridos, robos y atracos, crímenes, y para qué seguir… 

No somos tontos. No nos podemos permitir serlo. Bastaría con ejercitar la facultad de comparar lo que se vende con lo que hay. Informarse está bien. Pero los medios de comunicación no tienen la verdad absoluta: ¿hemos probado alguna vez leer la misma noticia en dos periódicos de diferente filiación política? Hay que aprender a ver lo que tenemos alrededor, a escuchar lo que cuentan las personas de sus propias vidas. 

Las calles hablan, la gente también; tienen su lenguaje particular relativamente fácil de captar. 

No somos tontos. Pero tampoco somos inteligentes, porque por ahora no podemos encontrar soluciones que no caigan en el radicalismo y la violencia. 

¿Hay soluciones? 

Claro que las hay. Seguramente cada grupo vendedor de fantasías presentará sus aportes. Nosotros proponemos el conocimiento. Nos consta que, entre los filósofos más conocidos, Platón y Confucio ya lo hicieron. 

No una filosofía teórica, porque con eso no movemos ni una mota de polvo. Proponemos una filosofía activa que nos enseñe a pensar, a usar la razón y no a distorsionarla. Una filosofía de valores morales que dignifique nuestros sentimientos. Una filosofía que nos ayude a resolver las situaciones cotidianas de nuestras propias vidas. Una filosofía que nos sitúe en la realidad y nos haga felices al mismo tiempo. Así, tal vez, haciendo de cada uno de nosotros un ejemplo individual de transformación, podamos resolver los males que nos destruyen y construir un mundo diferente, esencialmente mejor. 

Es tarea para el futuro, pero mucho más cercano de lo que parece si nos atrevemos a empezar por nosotros mismos. 


Amar, mamar, mamá

Lo estas mal acostumbrando a los brazos.... Me afirmó una amiga… 


Díselo a la naturaleza, que lo ubicó 9 meses cerca de mi corazón, 9 meses al compás de mi respiración, 9 meses en compañía de mi voz. 


Ella lo mal acostumbró primero, que sabiamente llenó mis pechos lecheros, para seguir siendo, uno los dos. 


Que te explique la naturaleza, por qué me sonríe cuando estoy fea y me estira los brazos loco de amor. 


¿Que lo estoy mal criando en brazos cuándo no me pide zapatos, ni un auto de lujo, tan solo que lo tome, por besos babosos a cambio? ¡No me niego a sus brazos! ¿Por qué negarme? Sería reprimir el amor más puro e incondicional. 


Me pide brazos porque después de pasar casi un año tan unidos como jamás lo volveremos a estar, nuestro único consuelo es abrazarnos, para no extrañarnos tanto y amarnos más y más. 


Después de todo, más temprano que tarde aprenderá a caminar y todo esto será un hermoso recuerdo, de cuando una vez él fue bebé y mis brazos eran todo para él. 


Así que, sin duda la naturaleza es más sabia que ambos, lo que para algunos es “mal acostumbrarlo a los brazos” él lo llama AMAR, MAMAR, MAMÁ. Ni los árboles sueltan sus frutos pequeños… los cargan hasta que estén listos, es lo natural... EMOCIONANTE!!!




Los filósofos del Führer

Existen pocos países en el mundo donde la filosofía tenga el arraigo y el prestigio que la misma cuenta en Alemania. Se trata de una nación inherentemente culta que ha sabido tratar a sus filósofos como auténticas celebridades, venerados como ejemplos de cultura y saber. Adolf Hitler supo utilizar ese sentimiento y moldearlo hasta crear un corpus filosófico que legitimara el régimen nazi.

La revolución nacionalsocialista que terminaría convirtiendo Alemania, y con ella a media Europa, en un páramo humeante, consiguió atraer para sí a algunas de las figuras más importantes de la filosofía alemana, a la vez que tomó elementos del pensamiento de las mentes más privilegiadas de su cultura. Hitler, como un siniestro malabarista, tomó lo que quiso de los filósofos más importantes de su patria, dando como resultado un cóctel explosivo, destinado a darle la justificación moral y teórica en la que sustentar su régimen.
Una de las bases del pensamiento de Hitler era la violencia. La fuerza como motor del mundo, el miedo como arma de dominación. Hitler otorgó a la violencia un carácter moral: la gente desea el miedo. Desea un líder fuerte que personalice ese miedo, que les guíe y les inspire la emoción que desean, respeto. Sus ideas se basaban en ese supuesto: la existencia de un guía para seres inferiores que dictara el destino de una nación y la filosofía se convirtió en la puerta de entrada para la nazificación de la sociedad.
Hitler no era estúpido. Su interés por la filosofía era meramente contextual. Se trataba de una herramienta con la que educar a las masas en la ideología nacionalsocialista. Se vio a sí mismo como el filósofo líder, una mezcla de teórico, organizador y ejecutor que llevaría, por fin, a Alemania al puesto que le había designado la historia. La filosofía sería el bastón que le ayudaría a llevar a la práctica el sueño retratado en Mein Kampf: El dominio del mundo por parte de la raza aria.

Las influencias

Hitler no fue un hombre excesivamente cultivado. Sus lecturas eran parciales y tenía tendencia a abandonar libros y autores si no los comprendía o no se adecuaban a sus ideas. Por ello, no puede juzgarse a los siguientes pensadores como ‘protonazis’ a pesar de su papel.
Durante su ‘nazificación’ personal, uno de los filósofos que más influyeron a Hitler fue Immanuel Kant (1724-1804). El de Königsberg se alzaba como el filósofo más importante de la historia de Alemania, el más grande moralista de la ilustración. Kant, el príncipe de la razón, era un hombre de la modernidad que renegaba del dogmatismo y las ideas preestablecidas del pasado, que consideraba supersticioso y lleno de prejuicios. Asociaba eso con el irracionalismo, lo cual iba intensamente relacionado con las nociones caducas de la religión, especialmente la más antigua de todas: el judaísmo. Como dijo en La religión dentro de los límites de la razón: “El judaísmo no es propiamente una religión, sino una simple unión de una masa de hombres de una determinada tribu”. Si el más grande filósofo de Alemania cargaba contra los judíos, Hitler tenía una legitimación para hacer lo mismo. Así, del filósofo tomó el líder nazi sentencias aisladas que influirían profundamente en su pensamiento.
No fue el único pensador que mostró reticencias hacia los judíos. Paul Lagarde (1827-1891), el erudito bíblico alemán, retrató a los judíos como un grupo social similar a una vulgar fulana: una panda de oportunistas que solo eran alemanes cuando les venía bien, siendo extranjeros si podían sacar algo de ello. Consideraba su mera existencia incómoda y abogaba por que no se les permitiera vivir con los alemanes. Teorías que también casaban con otro grande del pensamiento alemán, Johann Gottlieb Fichte (1762-1814), que no veía otra manera de otorgar derechos cívicos a los judíos que “cortarles a todos la cabeza y reemplazarlas por otras nuevas, de manera que no quedara una sola idea judía”. También aportó otros principios, como sus fuertes valores militares y la idea de que los alemanes eran un pueblo excepcional, digno de ser preservado sobre los demás.
Su continuador, G. W. F. Hegel (1770-1831), aportó otro granito de arena: “El templo de la razón es más sublime que el templo de Salomón. Ha sido edificado racionalmente, en absoluto a la manera de los judíos”. Relegó a los hebreos fuera de la civilización. Una raza inferior con un dios inferior. Por si fuera poco, también ofreció otra idea que casaba a las mil maravillas con los sueños del joven de Braunau am Inn: el progreso humano nace del conflicto, y es necesario un estado fuerte que sea capaz de afrontarlo.

El triunvirato nazi

Pero los tres pilares que sustentarían al nacionalsocialismo eran, sin duda, Arthur Schopenhauer, Friedrich Nietzsche y Charles Darwin. De ellos se valdría el caudillo nazi más que de ningún otro.
Schopenhauer fue uno de los primeros filósofos que abogó por la voluntad como elemento superior a la razón humana, una idea que compartió con Nietzsche y que era tremendamente atractiva para Hitler. Más aún, antisemita declarado, escribiría: “Ahasverus, el judío errante, es la personificación de la raza judía (...) en ningún lugar en casa y en ningún lugar extraño (...) afirmando su nacionalidad judía tenazmente, viviendo parasitariamente en otras naciones. La mejor manera de poner fin a esta tragicomedia consiste en matrimoniar al judío con el gentil de manera que en poco más de un siglo no sepa dónde está su morada”.
La gran influencia filosófica de Hitler fue, sin embargo, Nietzsche, al que leyó profusamente durante su estancia en la prisión de Landsberg, tras el Putsch (Golpe) de 1923, en el que los nazis trataron de tomar el poder por la fuerza. Ambos tenían muchas cosas en común: disfrutaban de la soledad y sentían que eran diferentes, especiales; a los dos les había marcado a fuego la experiencia de la guerra (de un modo positivo) y compartían adoración por la filosofía de Schopenhauer y el romanticismo de Wagner. No es de extrañar que, antes de tomar el poder, Hitler visitara con asiduidad el museo de Nietzsche en Weimar, donde la hermana del filósofo, Elizabet, daba con gusto acceso a los archivos allí guardados al futuro líder de Alemania.
Pero la unión explosiva vino de sus concepciones filosóficas. Contra la frialdad de la razón, Nietzsche proponía el poder de las emociones y la imaginación, un elemento creativo hecho de fuerza. Además, Hitler tradujo el amor del filósofo por la cultura antigua, que él adaptó a la raza aria y los mitos paganos nórdicos. Como Nietzsche, odiaba el cristianismo por ser una religión de débiles, promoviendo una filosofía basada en la fortaleza y el dominio. El ubermensch, el “caballero blindado con la mirada fija”, sería el ideal que trataría de emular Hitler, un caudillo que acabara con la democracia y pusiera en marcha el ideal nietzscheano: un mundo de perfección, alejado del igualitarismo, donde los más fuertes aplastan a los más débiles. Hitler reinterpretó el superhombre con la raza aria. Una tergiversación que resultaría fatal para la historia.
Y si Nietzsche y compañía dieron las alas teóricas que necesitaba Hitler para formar su discurso, las enseñanzas prácticas y científicas que le permitirían defenderlo se las dio Charles Darwin. El naturalista inglés y su idea de la selección natural fue todo lo que necesitaban los nazis para sustentar moralmente sus actos, claro que antes habría que darles el punto de vista adecuado. De esto se encargaría Ernst Haeckel (1834-1919), quien interpretó las tesis de Darwin para la nación alemana. En su obra Los enigmas del universo, defendía que todas las ventajas evolutivas habían sido consecuencia del conflicto, la lucha y la supremacía de los más aptos, que identificaba, obviamente, con la raza germana. Ahí se forjó su obsesión por la pureza de esta y su defensa de la eugenesia, la muerte de los más débiles o imperfectos, para preservarla. No es de extrañar la admiración de Haeckel por la antigua Esparta, que eliminaba a aquellos recién nacidos que no fueran 100% sanos. Otro alemán que adaptó las tesis evolucionistas de Darwin al nacionalismo alemán fue Friedrich Karl Gunther (1891-1968), autor de El caballero, la muerte y el diablo. La idea heroica, obra en la que refunda el romanticismo pagano alemán, dándole la forma del ‘nacionalismo biólogo’ que tanta influencia tendría en organizaciones nazis como las SS de Heinrich Himmler.
La lista de filósofos de los que tomó ideas Hitler incluye a otros, como Ludwig Feuerbach (1804-1872), quien consideraba a los judíos como irracionales y primitivos, o Julius Langbhen (1851-1907), que los consideraba directamente veneno, y como tal defendía tratarlos. No obstante, Hitler no podía basarse solo en frases y posturas de filósofos antiguos. Necesitaba otra cosa: su propio equipo de filósofos actuales, que vendieran su idea y la convirtieran en realidad.

Los colaboradores

El número de filósofos que se adhirieron a la causa nacionalsocialista es amplio, cerca de unos cincuenta intelectuales, por lo que nos ocuparemos aquí solo de la crème de la crème.
Hitler tenía un objetivo claro: encontrar una filosofía que conceptualmente arrasara la democracia y creara un nuevo estado identificado con el ideal nazi. Su mentalidad tóxica y violenta debía ser transformada en una idea filosófica, y encontró un personaje inestimable para ello, Alfred Rosenberg, un intelectual y fanático nacionalsocialista en la misma línea de Hitler con una ventaja añadida: un carácter frío pero débil, perfecto para ser dominado por el Fürher. Al igual que Hitler, Rosenberg había dedicado sus estudios a filósofos antisemitas y que defendieran una idea de Alemania como nación superior, especialmente influenciado por el pensador inglés nacionalizado alemán, Houston Stewart Chamberlain, y cuando se le dio el control del Völkischer Beobachter, el periódico oficial del NSDAP, asumió su papel como filósofo-jefe de la Alemania nazi.
Rosenberg se encargó de elaborar una lista de filósofos protonazis que incluían desde las lecturas tempranas de Hitler hasta Platón y Homero, así como el darwinista social Wilhelm Marr, autor de La victoria del judaísmo sobre el teutonismo. Rosenberg se lanzó con pasión a la creación de una religión de ‘sangre aria’, sosteniendo que Jesucristo era miembro de un enclave nórdico en Galilea que había luchado contra los judíos. Así, dio a luz El mito del siglo XXI, código ideológico del nazismo junto a Mein Kampf. Elaboró teorías como la ‘escala racial humana’, que situaba a negros y judíos en lo más bajo y a la ‘raza suprema’, los arios alemanes, en lo más alto, seguidos de arios nórdicos y británicos.
Sin embargo, Rosenberg no estaba solo. Contó con la ayuda inestimable de Ernst Krieck, pedagogo que escribió El primer nazi: manual oficial para la educación de la juventud hitleriana, en el que la raza es el aspecto definidor del ser humano, y la contaminación de esta, especialmente judía, la mayor amenaza.
Los nazis sabían que había que pulir aún más su filosofía. Un conjunto filosófico-científico podía ser enseñado, pero necesitaba de unas leyes que lo sustentaran, y esta responsabilidad llegó a las manos de Carl Schmitt, un filósofo del derecho de gran prestigio internacional que, si bien se mostró muy crítico con el NSDAP antes de su llegada al poder, sufrió una abrupta conversión en 1933, quizá viendo una oportunidad de escalar socialmente.
El nazismo había dado a su ideología todo lo que necesitaba: un cuerpo legal, teórico, científico y práctico con el que moldear la mente de la sociedad alemana, pero ciertamente todos los referentes del nazismo eran alemanes y, salvo excepciones, totalmente desconocidos en el extranjero. Hitler no podía permitirlo. Encontraría un auténtico Übermensch de la cultura que fuera un referente mundial, que hiciera brillar el nacionalsocialismo de Alemania al mundo.

El supermán del nazismo

Martin Heidegger era la gran promesa de la filosofía alemana, y ahí radicaba su utilidad. Un hombre diferente, con una filosofía diferente. Había sido el abanderado de Edmund Husserl, el filósofo más importante de los últimos años en Europa y catedrático de la Universidad de Friburgo, con una fama de sabio y un poder de seducción sobre los estudiantes como no se había conocido antes. El “mago de Messkirch” llenaba aulas y su obra Ser y tiempo (1927) le había aupado a lo más alto de la filosofía internacional. Un hombre misterioso de mirada profunda y penetrante cuya filosofía era romántica, nueva y refrescante. Esa combinación era exactamente lo que Hitler buscaba.
Heidegger se afilió al NSDAP el 1 de mayo de 1933, en una ceremonia desmesurada en la que se comprometió a “la construcción de un nuevo mundo intelectual y espiritual para la nación alemana” y considerando la nazificación de las universidades como “la tarea nacional de más alto rango”. Tres semanas después, el autoproclamado “Führer de la vida académica” era nombrado Rector de la Universidad de Friburgo y se puso alegremente a la tarea, poniendo en marcha los Decretos de Baden, que expulsaban a todos los elementos no arios de las instituciones alemanas. Eso incluía a su antiguo amigo, Husserl, que perdió su condición de emérito. Heidegger rompería todo contacto con él.
La relación de Heidegger con el nazismo es curiosa. Glorificaba a Hitler, con el que compartía su nacionalismo, su pasión por la naturaleza, sus críticas a la modernidad, etc. Pero en otros aspectos era la antítesis de un nazi. Mantuvo una relación prolongada con una judía, Hannah Arendt, y hasta la llegada del nazismo mantuvo colaboraciones y amistades con famosos judíos. Ciertamente no era una actitud que sostendría un nazi convencido. ¿Era un simple oportunista o realmente compartía aspectos de la visión hitleriana del mundo? Lo cierto es que, si bien abandonó el rectorado un año después al sentir que había sido ‘usado’ en cierta manera, continuó siendo miembro del partido y su fe en Hitler se mantuvo intacta.

El peso filosófico
En la destrucción de los viejos valores y la nazificación de la sociedad alemana, los cambios en los planes de estudios y la creación de nuevas instituciones, la expulsión sociocultural de los judíos y la deificación de la guerra y el conflicto, los filósofos jugaron un papel fundamental. Ofrecieron la explicación académica, los principios teóricos y el apoyo docente que los nazis necesitaban para llevar a cabo su política. No solo apoyaron el proyecto y el ascenso de Hitler, sino que le dieron su base intelectual hasta llevarlo al mismo extremo. Y ese es un hedor que tardará en desaparecer de la cultura alemana. 

Jaime Fdez-Blanco Inclán

Sacado de la revista Filosofía Hoy

Filosofía de tres a cuatro menos cuarto

El problema de la Filosofía en la educación no consiste en que haya una asignatura que tenga dos o nueve horas a la semana. El problema es que la disciplina, en su sentido más libre, no esté empapando todo el proyecto educativo

Cuando alguien pregunta para qué sirve la filosofía, la respuesta debe ser agresiva, ya que la pregunta se tiene por irónica y mordaz. La filosofía no sirve ni al Estado, ni a la Iglesia, que tiene otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido. La filosofía sirve para entristecer. Una filosofía que no entristece o no contraría a nadie no es filosofía. Sirve para detestar la estupidez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa. Sólo tiene éste uso: denunciar la bajeza del pensamiento en todas sus formas".

Gilles Deleuze, Nietzsche y la filosofía.

¿Nació vieja la filosofía? ¿Nació herida de muerte ya en el siglo IV a. C.? Si bien se erigió institucionalmente como crítica de los mitos fundantes, fue muy pronto reducida a arcaísmo o extravagancia por la arrebatadora fuerza innovadora y demagógica de la sofística, que en no pocas ocasiones llegaba a ridiculizarla hasta apagar sus ascuas, por ejemplo, con la condena de Sócrates por la vía de presentar como sofista la batalla contra la sofística. Esa pregunta parece repetirse cíclicamente. No es nueva. Pero, ¿en qué consiste esa pintoresca manía por interrogarse sobre lo dado que atraviesa los siglos? ¿Quién puede erigirse en su encarnación? Empecemos por lo que no es: La filosofía no es la pureza cristalina de una disciplina libre de los influjos maléficos del mercado, pues nació gracias a la incorporación de los rudimentos de la negociación del comercio marítimo griego y su crecimiento, lo quepomposamente se llama diálogo, que, en realidad, es enfrentamiento, negociación, trifulca, combate. Tampoco es la prostituta entregada a los vicios y tiranías del Estado, pues arraiga en escuelas privadas ajenas a la gestión estatal. No cabe suponerla fruto de la virginidad redentora de una fuerza enfrentada al Estado, pues nació también de la mano de los hábitos litigantes de los atenienses, inviables fuera de una estructura jurídica y política suficientemente desarrollada como las de las ciudades-Estado griegas. Y tampoco está limpia de relaciones con las iglesias pues nada impide que una doctrina religiosa incorpore ideas filosóficas, de mayor o menor rigor, como cualquier otro cuerpo doctrinal e ideológico. Son esas instituciones en sus diferentes fases de desarrollo histórico las que propician el nacimiento y vigencia dialéctica y precaria, siempre conflictiva, de la filosofía. Consolarse con una imagen inmaculada de la filosofía, ajustada a los prejuicios propios no es el modo más saludable de defenderla. Es un modo amable de traicionarla por medio de ensoñaciones idealistas que ocultan la mostrenca realidad histórica. La que nos dice que la Historia de la Filosofía no se distingue esencialmente de las grandezas y mezquindades de otras ciencias e instituciones. Prevenir esa tentación consoladora, no engañarse, es empezar a filosofar.

Bastardos todos

En buena medida, la filosofía nace de una paradoja lingüística, de una aporía lógica. En buena medida, la filosofía es esa paradoja. Se atribuye a Epiménides el cretense la afirmación de que todos los cretenses mienten siempre. Foucault da una versión más económica: "Yo miento". Al decir la verdad miento. Al mentir digo verdad. El yo miente siempre, vendría a sostener aproximadamente Pascal. Hablar es mentir, salvo que el discurso quede desconectado, desvinculado del sujeto que habla, que miente. Miente el sujeto pero el mensaje puede darse en un plano capaz de abrir un código común, objetivo, en el que los sujetos hablantes sean cantidad despreciable, irrelevantes en la ecuación, en la búsqueda de la verdad, que es independiente de ese artificio ilusorio que es la identidad, quién habla. Ahí es donde Sócrates se jugó desenmascarar las argucias sofísticas, en esa rendija de apertura a la posibilidad de conocer, de decir lo verdadero, precaria, frágil, aproximadamente, porque yo miento pero el lenguaje, sin mí, es capaz de verdad. Eric A. Havelock, en La musa aprende a escribir, explica con gran elegancia el tránsito de la oralidad a la escritura, cuando el emisor empieza a desaparecer ante la presencia independiente del mensaje escrito. Agitarse en esa paradoja esencial sin pretender solventarla definitivamente es el combustible de todo pensamiento crítico, que no tiene descanso. Hoy, la sofística no niega a la filosofía. Se apropia de su nombre vaciándola bajo lemas tan solemnes como huecos, tan eficaces como tramposos, como parte de una campaña de marketing publicitario.

Por eso, lo que mata la filosofía no es su reclusión o su prohibición. Llegar a esos extremos le inyectaría la fuerza política de lo clandestino, como estéril pero necesario discurso crítico contra el poder de la ignorancia. Y acaso se vería vivificada por la persecución y la marginalidad explícitas, materiales, institucionales. Lo que la mata, en consecuencia, es su trivialización, su banalización, su vulgarización, la violación que de su nombre hace la estupidez, el fanatismo, la ceguera.

La filosofía es de todos y de nadie (Nietzsche) y no sirve a nadie en particular ni sirve a todos de facto. Con la pregunta servil y burocrática "¿para qué sirve la filosofía?", se está buscando implícitamente su servidumbre. No importa para qué sirve la filosofía, sino a quién o a qué sirve su invocación, a qué servidumbre se ve sometida bajo el pretexto de su democratización, de su masificación, pues, recordemos: "la masa no puede filosofar" (Platón). La filosofía se levanta en defensa propia contra los mitos heredados y contra los que generan las nuevas tecnologías y ciencias. Por eso, no irrumpe de la nada, ni de la meditación con uno mismo, ni de la inspiración divina, ni de la comunión con la naturaleza, ni de la superioridad del genio. Es un trabajo de destrucción dialéctica contra toda la distorsión de la realidad, que moldea la mentalidad de los sujetos según los códigos de esas mitologías. Es un trabajo solitario que no se puede hacer más que en discusión con otros, contra los demás y contra uno mismo, contra el peso de la pereza intelectual que dicta lemas apresurados, consignas simplistas, dogmas que no se discuten, banalidades que parecen sublimes, generalidades inertes, imprecisas, tramposas, homicidas. La filosofía es una peculiar aristocracia contra las masas al alcance de cualquiera. Por eso no está reservado de antemano a elites de sabios o profetas, de líderes o iluminados. Necesita rigor, precisión, paciencia. El trabajo que cualquiera puede realizar, pero que muy pocos realizan. Justo lo que la escuela pública postmoderna ha barrido de los centros de enseñanza, convertidos en guarderías para sujetos infantilizados hasta la ciudadanía administrativa.

Es preciso impugnar la pregunta misma, de la que uno es preso en el acto mismo de tratar de responderla. "¿De qué sirve? ¿De qué sirve?...". Esa pregunta no es pregunta, como exige el pensar filosófico, es ya una respuesta, un supuesto que se dispara al que se pregunta y que éste se traga si se relaja, si se duerme, como la hipnosis del discurso sofista, en la que temía caer el mismo Sócrates a poco que se relajara. La filosofía es tensión, un estado permanente de alerta. El vicio del examen, del escrutinio, del análisis, de la búsqueda de la verdad objetiva, del escrúpulo constante por discriminar, clarificar, clasificar, diagnosticar, búsqueda sin fin y sin finalidad, ansia por no dejarse engañar (la primera lección filosófica, según Alain). Acomodarse, consolarse, adormecerse es alta traición, es entregarse en los brazos de la propia esclavitud, alimentar la ignorancia servil del que repite, del que cree. La filosofía no sirve, como no sirve el orgasmo, como no sirve la belleza, como no sirve la inteligencia, pues siempre acaban venciendo la ignorancia y la muerte.

La filosofía no sirve, pero, a la inversa, bien podría preguntarse de qué sirve una sociedad sin filosofía, sin la cautela de no transigir con vaguedades, tópicos, de no tolerar dogmas, generalidades. ¿A qué se arriesga? ¿Qué es Auschwitz sino la ciencia, la política, la economía sin filosofía, sin cuestionamiento crítico de la idea del bien, que Platón situó, como forma de formas, en la cúspide de su sistema de pensamiento?Los campos de exterminio fueron la puesta en práctica de una amnesia que fanatizó la ciencia y la ideología. Médicos e iluminados asumiendo no ya el estudio de la realidad, sino su producción. Cadenas de montaje produciendo muerte gracias a un sistema de engranajes automatizado, ciego, ajeno a la distancia irónica que en nada cree demasiado en serio y que, desde Sócrates, al menos, llamamos filosofía. Sin la defensa propia en que consiste la crítica que dinamita los prejuicios, los fanatismos, se está abocado, en grados diferentes, a esa épica asesina. Y no sólo las ciencias, la psicología, la economía, la religión, el arte... pueden ser objeto de fanatismo. También la filosofía misma (su nombre, su invocación, su impostura) puede incurrir en esa ceguera. Hegel es seguramente el caso más extremo de esa deriva. Esa Wissenschaft totalizadora, totalitaria, que ya no es anhelo de saber, siempre en proceso, siempre in medias res, sino saber acabado, completo, total, que lo engulle todo.

En el terreno degradado de la enseñanza pública, campo de batalla político y único medio de elevarse siquiera un palmo por encima de la barbarie, la tiranía y el populismo, lo grave no es que la filosofía deje de estudiarse como asignatura, sino que el sistema de enseñanza no sea filosófico, aunque se imparta la filosofía en sus planes de estudios, como coartada formal que la desactiva materialmente. Un sistema de enseñanza filosófico en un sentido profundo, no gremial, que haga viable una visión global de la enseñanza y de su organización, sin reduccionismos ni compartimentaciones. Hoy es la pedagogía, básicamente, la que ostenta el monopolio ideológico, doctrinal, terminológico y administrativo de la enseñanza. Incluso, presentándose a veces como si fuera filosofía: inteligencia emocional, competencias educativas, aprender a aprender... Y, sin embargo, no se estudia como asignatura en la enseñanza media. Lo cual nos indica dónde parece estar el lugar de los "expertos en educación", curiosamente fuera del aula, y dónde reside la fuerza de su poder. No en ser una asignatura entre otras, sino en regir el organigrama de las demás disciplinas. O, lo que es lo mismo, la tendencia a reducir la enseñanza a procesos psicológicos y formales, mediante la imposición burocrática de una pseudociencia que, como comisariado político de los centros de enseñanza, con su jerga, su voluntarismo y su ceguera, somete a las masas de sujetos en periodo de escolarización a la incompetencia bajo la promesa retórica de la integración y de la felicidad. La tendencia parece ser la de profundizar en ese abismo: "asesores pedagógicos de los profesores" bajo la coartada del rótulo "filósofo".

El pedagogo era, en la Grecia Antigua, el esclavo que conducía a los niños hasta el profesor. Ahora es el profesor, cuya labor es filosófica en esencia o no es, el que está al servicio de la pedagogía.

¿Dónde está el pedagogo que, como el cretense, afirme que los pedagogos mienten?

Sacado de El Mundo




LAS CLAVES DE "LUZ EN EL SENDERO"


Dr. Spicasc

PREFACIO

Los tiempos cambian rápidamente y hoy, al final de un ciclo de tiempo, se puede develar un tanto lo que hasta ayer solo podía expresarse en forma velada. Es lo que vamos a intentar aquí. Pero no me sería posible intentar siquiera esta tarea de no haber recibido tanto de Maestros como Sri Anantram y Sri Vajra Yogui Dasa. Para ellos vaya mi recuerdo agradecido, emocionado y afectuoso. Pero hay alguien más a quien debo agradecimiento. Lo conocí en circunstancias misteriosas y me aclaró en forma magistral, precisa y breve lo esencial sobre “Luz en el Sendero”. No conozco su nombre y por ello no puedo mencionarlo aquí y solo puedo agradecerle. Pero si confió que, algún día, pueda volver a conversar con el. Esa fué su promesa: “Cuando tengamos que volver a vernos nos volveremos a ver”.

PRIMERA SERIE DE REGLAS
El libro que nos ocupa ha merecido incontables comentarios desde su aparición, lo que se justifica plenamente. Todo en la obra desde su génesis (recordemos que fue revelado por un Maestro Espiritual a Mabel Collins, episodio que ella misma narra en otra de sus obras) hasta su enorme elevación espiritual y su belleza intrínseca justifican que los buscadores de la Verdad lo reverencien y lo estudien. Pero he aquí que, a veces por un enfoque dogmático, a veces por inadecuada preparación, no siempre lo que se ha dicho sobre “Luz en el Sendero” se halla al nivel de elevación que cabría esperar. Es cierto que es una obra tan elevada y difícil como bella. Y, lo que es peor, con este libro, se cumple lo que Baltasar Gracián decía “Las cosas que más importan vienen siempre a medio decir”. El hecho está que comprender esta obra en plenitud supone una serie de conocimientos previos que no se dan ni se conocen en los cenáculos pseudo-iniciáticos habituales.

Lo cierto e ineludible es que “Luz en el Sendero” es un auténtico texto esotérico en donde, por supuesto, no todo se puede decir a todos. Y de ahí su dificultad en razón de que se han velado muchas cosas por necesidad. A menudo, aparecen como meras imágenes poéticas del libro lo que en realidad son enseñanzas espirituales ocultas, siempre plenamente acordes a la Tradición Primordial. Pero, en última instancia, estos velos son una precaución inútil. Bien afirmaba Lanza del Vasto que “el esoterismo es un secreto importante que se guarda solo”. Muchos tienen ojos y no ven y tienen oídos y no oyen. Lo único lamentable es que, muy a menudo, la soberbia impide un acercamiento más humilde y dócil a los Maestros que son, en definitiva, los que mejor pueden clarificar estas Enseñanzas.

Las Reglas de “Luz en el Sendero” son siempre ocasión de asombro por sus aparentes paradojas y contradicciones. Para el mundo moderno, donde los seres son formados bajo el imperativo falaz de vencer-ganar-dominar-ostentar, que aquí se recomiende matar la ambición resulta más que sorprendente. Nada podría resultar más chocante en este Reino de la Cantidad de que nos hablaba René Guénon. Pero luego la regla cambia y dice “Sé ambicioso”. Esto merece una aclaración necesaria pues nos reubica en la perspectiva vital correcta. De hecho la contradicción se resuelve en el acto recordando que en nosotros hay dos naturalezas: la superior (Purusha) que es espiritual y la inferior (prakriti) que es material. Y la regla de ser ambicioso es solo para la primera y la de matar la ambición es solo para la segunda. No hay pues oposición alguna entre ambas. Hay aquí -salvando las distancias - cierto parentesco con Tomas à Kempis cuando afirmaba aquello de que “Las cosas terrenales sean para usar y las celestiales para desear”.

Naturalmente esto es aún simple pero queremos proceder gradualmente para llegar a lo más complejo, profundo y oculto. Aparecen en lo visto dos nociones inseparables, la de Dharma espiritual y la de Dharma mundano. Usualmente se traduce esta noción de Dharma como “ley moral” o “deberes éticos” pero precisamente esto no rebasaría la esfera de lo meramente ético-moral y poco o nada tendría de trascendente. En realidad la noción de Dharma debe definirse como “el conjunto de medios correctos y eficaces, necesarios y trascendentes para alcanzar el bien y evitar el mal”, lo que alcanza tanto a lo espiritual y trascendente como a la conducta cotidiana en la vida de relación.

Solo a la luz de esta definición y previas ciertas nociones que siguen es que puede ponerse en claro el significado de las siete primeras reglas de la Primera Serie de “Luz en el Sendero”. Los Maestros han dado a conocer la lista de las cualidades átmicas y dáivicas que deben ser cultivadas y desarrolladas por todo aspirante verdadero. Podríamos traducir esto aproximadamente como “cualidades divinas y angélicas”. No dicen otra cosa en esencia que las Reglas de Luz en el Sendero: la fuente es la misma. Vale la pena recordar aquí brevemente cuales son dichas cualidades, las que conviene retener in mente para servir de guía en la edificación ético-moral de nuestro carácter y, por sobre todo, con miras a nuestra elevación interior. Esto puede parecer quizás tedioso pero se debe recordar que el cumplimiento del Dharma es paso previo indispensable para acceder a lo verdaderamente iniciático. Esto último será desde luego lo que nos ocupará especialmente hoy.

El problema reside es que, cuando se menciona lo meramente ético, a muchos se les antoja que la exposición se está asemejando a un sermón. Ciertamente ese no es el caso aquí. Si se trae esto a colación es para dejar en claro lo necesario y deseable para realizaciones espirituales mucho más altas que aquellas a las que apuntan normalmente los sermones de los credos corrientes exotéricos.

Las Cualidades Átmicas son ocho y están indicadas en las slokas o versículos 9 a 13 del Capítulo 5to. titulado Siksha Dharma Gita del texto completo y original del Srimad Bhagavad Gita. Nos referimos, claro está, a la versión original e integra de esta obra suprema.

He aquí su lista:

CUALIDADES ÁTMICAS (o propias del Atma o Adi-Atma, la Divinidad Interna)




1- Anasuya



Ausencia de envidia, tolerancia.


2- Daya



Compasión hacia todos los seres.


3- Shanti

Quietud. Tranquilidad. Paz interior y exterior


4- Aspruha

Ausencia de codicia.




5- Shawcha

Pureza integral física y de corazón.




6- Akarpanya

Ausencia de egocentrismo. Mentalidad inegoísta.


7- Anayasa

Infatigable. Perseverancia tenaz.




8- Mangalam

Irradiación de felicidad. Deseo de que todos los seres alcancen suprema dicha espiritual y material.




A las anteriores debemos agregar las veintiséis Cualidades Dáivicas, contenidas en el Swarupa Dharma Gita o sea el Capítulo 8vo., slokas 2-4 del Srimad Bhagavad Gita.



CUALIDADES DÁIVICAS (o propias de los devas o ángeles)

1- Abhayam

Ausencia de miedo.


2- Satwa

Pureza integral.


3-Samsuddhihi Gnana Yoga Vyavasthi Thihi

Firme convicción en el Yoga como síntesis suprema de todo conocimiento.


4- Danam

Ofrenda y ayuda desinteresadas.


5- Danaha

Dominio de los sentidos.


6- Yagnaha

Renunciamiento con invocación.


7- Swadhiaya

Estudio espiritual.


8- Tapas

Austeridad.


9- Aryavam

Rectitud.


10- Ahimsa

Imposibilidad de herir.


11- Satyan

Veracidad.


12- Akrodha

Ausencia de deseos de venganza.


13- Thiaga

Dedicación de los actos como ofrenda.


14- Shantihi

Calma. Paz interior y exterior.


15- Apaisunam

Ausencia de bajeza y malicia.


16- Daya Butishu

Compasión por todos los seres.


17- Aloluptwam

Ausencia de codicia y posesividad.


18- Marohawam

Afabilidad.


19- Hriti

Humildad.


20- Achapalam

Constancia.


21- Tcyaha

Munificencia, generosidad espléndida.


22- Kshana

Perdón.


23- Dhritihi

Actividad unitiva.


24- Sawcham

Pureza.


25- Adroho

Ausencia de engaño.


26- Nathi Manita

Trascender el egocentrismo y la separatividad.

Todos estos principios se resumen y sintetizan en cuatro reglas básicas y fundamentales. Pasemos a detallarlas con un breve comentario siguiendo la exposición hecha por el Maestro Sri Anantram:


AHIMSA (No dañar) : El afán prepotente de sobrepasar y dominar a los demás ha convertido a la violencia en una actitud común y corriente acarreando innumerables males y sufrimientos. Se nos enseña evitar esto al máximo, ser inofensivos y verdaderos centros de paz, amor y sabiduría.


SATYAVACHANA (Veracidad): Es la segunda cualidad esencial. La falsedad es sirviente de Moha, esa fascinación apasionada que tiende a confundir las cosas induciendo así a innumerables errores. Moha es un gran obstáculo para los seres humanos pues los hace persistir en la falsedad, el error y el engaño a los demás. Solo se lo puede dominar mediante la veracidad, la cual excede en mucho la verdad a secas.


LOKA-KAINKARYA (El Servicio al Mundo) : Es la expresión real y concreta del auténtico sentimiento de Fraternidad Universal, eliminando los sentimientos egoístas y separativos. Debemos realizar esto cada día dentro de nuestras posibilidades, no exigiendo este tercer principio que arriesguemos nuestra seguridad personal o intentemos lograr algo que se halle más allá de nuestras capacidades y posibilidades.


DHYANA (Meditación) : Es el cuarto gran principio y verdadera clave real de la espiritualización de la existencia y de la elevación interior. Es la mejor e imprescindible manera de capacitarse para progresar dentro del proceso evolutivo mundial. Todos los Grandes Seres de la Jerarquía Blanca ocupan tan elevadas posiciones en esta merced a sus constantes esfuerzos meditativos.

De hecho nadie puede considerarse Discípulo o Aspirante serio si no pone en práctica estos cuatro principios en su vida diaria.

Pero sería un grave error de criterio, insistimos, querer reducir todo lo anterior a una mera perspectiva ético-moral. Desde luego la moral no es solo necesaria sino imprescindible como regla práctica de convivencia y como base insoslayable para posteriores perfeccionamientos del ser humano en cuanto purificación y elevación interior. Pero nada más: en sí misma la moral carece de toda trascendencia y envergadura metafísica y constituye solamente un necesario punto de partida. En base a ella es que el individuo propende a contribuir a la Armonía Universal y Total integrándose más y más como servidor del Gran Plan de Dios.

Querer ver en la moral otra cosa es pretender reducir la vida espiritual a la conducta diaria, lo que obviamente constituye un absurdo. Desde luego en el origen de este tipo de errores juega un fuerte papel el condicionamiento religioso ordinario. Las religiones en Occidente no tienen una idea clara ni mucho menos de la noción integral de Dharma como regla de acción positiva e integral para el desempeño y actitud vital del ser humano. La prueba rotunda de ello es, como subraya René Guénon, que sustituyen tal regla positiva por mandamientos puramente negativos en lo que hace a la convivencia humana: no harás esto, no harás aquello. Olvidan o ignoran procediendo de este modo lo que la Sabiduría de las Edades afirma: “La mejor forma de combatir al mal es progresar enérgicamente en el bien”. Y a esto precisamente apunta el Dharma, recentrando al individuo en su divina esencia y guiándolo así,teleológicamente diríamos, hacia su excelso destino. Este, desde luego, no es otro que el alcanzar las más elevadas metas espirituales.

Y solo aquí y no antes podemos entrar en lo esencial que es lo iniciático. Digamos desde ya sin rodeos ni preámbulos lo siguiente. Un gran mérito de los teósofos ha sido conservar y difundir a ”Luz en el Sendero”. Pero la teosofía no es, en modo alguno, un movimiento iniciático e, incluso desde el punto de vista del Conocimiento “Sostener que la teosofía es Brahma Vydya es una afirmación no verdadera”. Repito así textualmente las palabras de ese Gran Iniciado y Parama Gurú Sir Subrahmanya Iyer, quien entre otros cargos fuera Rector de la Universidad de Madrás, Presidente de la Suprema Corte de Justicia de dicha ciudad, Vicepresidente de la Sociedad Teosófica a nivel mundial y Presidente de su Sección Esotérica. En el campo espiritual fue conocido como Sri Subrahmanyananda Swami, Autoridad Iniciática Externa de la Jerarquía y masón de Grado 33. Entre otras distinciones la corona inglesa le otorgó el título de Sir a pesar de su manifiesta simpatía y apoyo por la causa de independencia de la India liderada por Mahatma Gandhi. Si he mencionado esta serie de antecedentes (debería agregar que el fue quien convenció y alentó al Swami Vivekananda para que se hiciera presente en el célebre Congreso de las Religiones de Chicago en 1890) es para poner de manifiesto la enorme talla de este gigante espiritual, quien hablaba con completo conocimiento de causa.

Debemos ahora aclara que es la Brahma Vydya o Yoga Brahma Vidya, la Ciencia Sintética de lo Absoluto: su significado o contenido es, por cierto, cosa muy elevada pero exponerlo supone aclarar previamente ciertas cosas. Ante todo digamos que el Yoga no se limita de manera alguna a los ejercicios físicos y respiratorios a los que se da tal nombre en Occidente. Esto es solo Hatha-Yoga el que, tradicionalmente, solo constituía un paso previo preparatorio para la práctica del verdadero Yoga o Raja-Yoga, el Yoga Real. Quienes pretenden que el Hatha-Yoga es todo el Yoga son tan solo ignorantes que hacen daño a los demás con sus errores.

Aclaremos muy bien esto: la palabra Yoga deriva de la raíz Yuj- la que significa contacto o unión. Y este es el punto central de la Tradición Esotérica referida al ser humano en su estado actual. La Tradición nos enseña que en la cámara etérica del corazón de todo ser viviente mora entronizada y refulgente como muchos soles la Chispa Divina, el fragmento de Dios que es la Esencia de nuestra vida y la Gloria de nuestra alma. Esta Chispa Divina es la Fuente de inefable Dicha Infinita para nuestra conciencia individual cuando esta última se contacta con ella.

Tenemos pues a Dios en nosotros pues no otra cosa significa esta presencia divina en el corazón. Este hecho trascendente ha recibido distintos nombres a lo largo de los siglos en las distintas formas tradicionales: los más conocidos son Adhi-Atma o Morador Interno en la India y el Santo Grial de los Caballeros medievales. Jesucristo aludía a esto cuando decía “El Reino de los Cielos está en vosotros” y “No está escrito acaso: Yo os digo, Dioses sois?”. Por ello “Luz en el Sendero” afirma (Reglas 9 y 10 de la Primera Serie) “Desea únicamente lo que está en ti”, “Desea únicamente lo que está fuera de tu alcance”. Esto requiere una explicación que es un tanto compleja. El Atma, la Chispa Divina mora en el Akasha ó Cámara Etérica del Corazón en el denominado plano Suddha-Avyakta de la materia indiferenciada. Esta materia es tan sutil que, como afirmaba el Maestro Sri Janardana, solo un hilo la separa del Espíritu que es Dios, el Ser. No podemos por ello llegar al Espíritu sino empleando dos medios fundamentales. El primero es el poder vibratorio del sonido. Por ello el empleo de Mantras adecuados resulta imprescindible en nuestra empresa de elevación espiritual. El Mantra más poderoso y efectivo es el Ekakshara (sílaba o sonido del Yo átmico o Yo Superior) que el Maestro otorga al discípulo tan pronto este último está preparado. El segundo medio imprescindible es la meditación o Dhyana. Por estos dos medios y solo por ellos, en base a una elevada devoción a una forma o aspecto de la Divinidad o a un Maestro, nos preparamos para la meta ansiada. Esa meta es, repitamos, el contacto de nuestra conciencia individual con la Fuente de Dicha Infinita que es el Santo Grial, Dios en nosotros.

A esta altura resulta necesario hacer una disgresión en relación a un desatino que con el tiempo se ha tornado dicho corriente de uso constante. Ese desatino es la expresión “evolución espiritual”. Pues bien, aclaremos ante todo que hablar de evolución supone hablar necesariamente de cambio temporal: la evolución es un proceso temporal y no otra cosa. Ahora bien, el Espíritu es Dios y solamente Dios en Su aspecto inmanifestado es atemporal o sea situado más allá del tiempo y de las formas, ambos últimos parte de la manifestación solamente. Luego hablar como se hace de “evolución espiritual” resulta tan solo un disparate propio de quienes hablan de lo que no han comprendido ni aprendido de genuinas fuentes iniciáticas.

De lo anterior queda algo bien sentado y aclarado: el verdadero Yoga o Raja-Yoga es la búsqueda del contacto con la Fuente de Dicha Infinita en nuestro corazón y el conjunto de medios que debemos emplear para ello. Pero quede algo bien en claro: tal contacto no es un resultado sino diríamos un premio de lo Alto o, si se prefiere, una elevadísima y especialísima Gracia de Dios para con el ser humano cuando este se esfuerza lo bastante y se halla preparado para recibirla.

Solo tras esta dilatada cantidad de aclaraciones estamos en condiciones de retornar a “Luz en el Sendero” con ideas más claras y precisas.

Los que han seguido con atención esta exposición observarán una clara coincidencia entre la frase “Antes de que la voz pueda hablar en presencia de los Maestros debe haber perdido la posibilidad de herir” y el AHIMSA= IMPOSIBILIDAD DE HERIR mencionado en las cualidades dáivicas. La coincidencia es lógica pues, reitero, la fuente es la misma. Ahora bien, tal pérdida de la posibilidad de herir supone algo más profundo que una transformación del ser humano. Se trata de lograr una transmutación que llegue mucho más hondo hasta los umbrales de nuestra Esencia que hemos visto es de Naturaleza Divina. Esa transmutación es el resultado de las disciplinas yóguico-espirituales a través de procesos muy complejos. Reservamos la exposición de estos para futuros artículos y conferencias.

En cambio trataremos aquí en detalle la afirmación “Antes de que el Alma pueda erguirse en presencia de los Maestros, es necesario que los pies se hayan lavado en la sangre del corazón”. Esto hace referencia a la necesaria purificación del aspirante a través del Conocimiento, de las disciplinas espirituales y delsufrimiento. Este punto es particularmente importante pues las pruebas y sufrimientos de la vida no vienen generalmente a nosotros como un castigo sino como un medio necesario e ineludible de purificación. Los Maestros han insistido en esto muchas veces pero se siguen repitiendo afirmaciones inexactas sobre el Karma y se prueba así que poco o nada se ha comprendido de las Doctrinas Tradicionales. De hecho los cuerpos (o vehículos) superiores del ser humano son purísimos pero los tres vehículos inferiores generalmente no lo son y requieren de dicha purificación. Dichos vehículos inferiores son el cuerpo físico o Annamaya Kosha (cuerpo formado de alimentos), el Pranomaya Kosha (cuerpo energético) y el Manomaya-Kosha (cuerpo mental-emocional). Estos dos últimos constituyen lo que las religiones exotéricas denominan alma y ni siquiera tiene carácter permanente: los credos corrientes poco conocen de estos temas y tampoco los cenáculos pseudo-iniciáticos. En relación al problema del dolor, pruebas y sufrimientos es absolutamente necesario que el buscador de la Verdad se familiarice con el Tercer Mahavakya o Gran Principio enseñado por los Maestros. Este Principio afirma “TODO ES NECESARIO”. Todo cuanto llega a nosotros agradable o desagradable, bello o feo, atractivo o repulsivo nos está destinado por ser necesario para nuestra purificación, experiencia y elevación interior. No son pues lo malo, lo triste y lo feo formas de castigo sino que apuntan teleológicamente a nuestro bien, a llevarnos a la Suprema Meta. Esta Enseñanza nos indica que no debemos juzgar a los demás pues muchísimas veces los seres humanos deben atravesar por experiencias y circunstancias que deben experimentar pues las necesitan para la elevación y espiritualización de su existencia. Por ello es que la noción de karma debe ser bien comprendida . Etimológicamente karma proviene de las raíces kar- mover, ma- yo o sea significa "yo me muevo”. Por ello karma significa acción y, por extensión, acción ritual. Decir que una persona “tiene mal karma” en la forma usual no es más que un disparate. Lo correcto es referirse a efectos kármicos o consecuencias de las propias acciones, como resultado de la Ley Universal de Causa y Efecto.

Pero los mecanismos de acción son demasiado complejos y extensos para tratarlos aquí a la ligera. Lo haremos en próximas oportunidades aclarando solo que debe distinguirse cuidadosamente entre karma mecánico (consecuencias automáticas o mecánicas de nuestras acciones) y karma dirigido (que es la ayuda o Gracia proveniente de la Divinidad o de los Maestros para auxiliar al Sadhaka o aspirante meritorio). Remito para más detalles a mi artículo “El Sexto Diálogo” publicado en la revista Atma-Jnana con el seudónimo de Sarastro.

Al respecto de esto es necesario referirse con claridad lo relativo al Primer y Segundo Guardianes del Umbral. De tales asuntos me he ocupado muchas veces con gran detalles en artículos y conferencias. Pero si debo mencionar que “Luz en el Sendero” hace alusión a esto en diferentes pasajes. Uno muy significativo y que vale la pena citar in extenso es el siguiente: “Busca en tu corazón la raíz del mal y arráncala. Esta raíz vive en el corazón del discípulo fervoroso lo mismo que en el del hombre de deseos. Solamente el fuerte puede destruirla. El débil tiene que esperar su crecimiento, su fructificación y su muerte. Es esta una planta que vive y se desarrolla a través de las edades. Florece cuando el hombre ha acumulado en si mismo existencias innumerables. El que quiera entrar en la senda del poder, debe arrancarla de su corazón. Y entonces del corazón brotará sangre y la vida toda del hombre parecerá desvanecerse por completo. Hay que sufrir esta prueba; puede presentarse desde el primer peldaño de la peligrosa escala que al sendero de vida conduce; puede no venir hasta lo último. Pero acuérdate ¡oh discípulo! Que tienes que pasar por esta prueba, y refuerza las energías de tu alma para tal empresa. No vivas en lo presente ni en lo futuro, sino en lo eterno. Allí no puede florecer esta hierba gigantesca: esta mancha de la existencia la borra la atmósfera misma del pensamiento eterno.”(Regla 4 de la Primera Serie).

Este pasaje se refiere naturalmente al yo inferior (Asuddha-Ahamkara) y a su proceso natural que puede tardar mucho, muchísimo tiempo. Para vencerlo el aspirante debe realizar desde luego un gran esfuerzo. Sería tonto pensar que las grandes metas espirituales pueden alcanzarse con solo unos pocos minutos diarios de esfuerzo: tan gran causa exige mucha mayor dedicación y seriedad. Y algo muy importante y necesario de decir: la verdadera espiritualidad no se exhibe, se irradia. Resulta cómico o casi ver a tanto infatuado jactarse de sus logros en este campo con tanta soberbia como ignorancia...

Lo interesante del pasaje citado es que hace recordar notablemente a un pasaje bien conocido del Evangelio de Mateo al que se interpreta en forma superficial y muy incompleta en los medios religiosos. Dice este pasaje que juntos crecieron el grano y la cizaña hasta la siega. Allí fueron separados, la cizaña fué atada en manojos para quemarla y el trigo fué guardado en el granero. Los frailes, sin comprender nada, nos dicen que los malos van al infierno y que el granero es el cielo. Las amenazas con el infierno son un absurdo perverso y una verdadera ofensa a Dios. Si hay un infierno es este mundo en que vivimos. La realidad es otra y el significado de uno y otro pasaje es el mismo. Llegará un momento en que lo inferior en nosotros deberá ser arrancado y morir aunque ello nos cause dolor. De esta manera lo bello y elevado alcanzará otros estados de gloria espiritual. A esto Jesús lo llamaba “el Reino de losCielos” pero sus seguidores parecen no haberlo entendido hasta hoy en día.

Dicho esto podemos referirnos al Primer y Segundo Guardián del Umbral. Muchos toman en serio y literalmente lo dicho por Bulwer-Lytton en su novela “Zanoni” pero esta no es más que obra de fantasía. En realidad el Primer Guardián del Umbral simboliza los obstáculos que se oponen a nuestro avance cuando ingresamos en el Sendero Espiritual. A nadie podemos reprochar esto salvo a nosotros mismos pues tales dificultades son efectos kármicos negativos que hemos acumulado como resultado de nuestras propias acciones del pasado a lo largo de existencias innumerables. Tales dificultades son muy difíciles de vencer: provienen de nuestro entorno, de las circunstancias materiales, de la propia familia, de los amigos (o que se dicen tales). Voces que dan pavor procuran aterrorizar al aspirante y hacerlo rodar de nuevo al abismo de error, ignorancia e inconsciencia de donde ellas nacen. Todo indicaría que estas personas detectan de manera inconsciente el progreso del aspirante y ello les resulta intolerable pues no les queda más remedio que aceptar que ellas se han retrasado en el Sendero. Vencer estas dificultades exige en la mayoría de los casos mucho valor, mucha voluntad, mucho sacrificio, mucho dolor: los pies deben bañarse en la sangre del corazón como bien afirma “Luz en el Sendero”.

Pero las pruebas más graves, las que mayor problemas nos ocasionan y las que más requieren de nuestra voluntad y sacrificios para salir airosos de ellas son las que hacen a nuestra personalidad y actitud y que provienen, en suma de nosotros mismos, de nuestro interior. Son las primeras que hay que encarar resueltamente y vencerlas con la espada y el mazo, símbolos de nuestra voluntad. De hecho el ser humano se acostumbra tanto a sus enemigos internos (su soberbia, su inconstancia, su mezquindad, su envidia, todos sus defectos en general) que ella a considerarlos en su ceguera como a sus amigos. El Maestro Sri Anantram dice además algo que exige ser meditado y grabado en nuestras mentes: “Mientras los enemigos internos no esten vencidos los enemigos externos retornarán siempre”. Las peores dificultades residen siempre en nuestro interior y es menester insoslayable aceptar que tenemos faltas y defectos y corregirlos: este es el primer paso.

Como todo esto no es empresa fácil a esta lucha contra las dificultades externas e internas se la simboliza con un dragón o monstruo al que debemos enfrentar con todo nuestro valor y decisión. De allí proviene la alegoría que emplea en su novela Bulwer Lytton para representar al Primer Guardián del Umbral.

El Segundo Guardián del Umbral es aún más terrible y duro para vencer que el Primero. Este Segundo Guardián proviene exclusivamente de nosotros mismos, de nuestro interior. Representa las dudas invisibles, constantes, agobiantes que marti;;an en la mente del aspirante. Se imagina este que todo el esfuerzo espiritual de nada sirve, que lo conduce a su perdición, que esta perdiendo su tiempo. Las imbecilidades que recuerda de la religión organizada tambien lo torturan: piensa que se irá al infierno, que cuanto le enseñaron es cosa del demonio y así siguiendo. Muchos han enloquecido y hasta han perdido la vida en esta ardua lucha: conocemos casos. Pero estos no eran personas de mente clara y carácter firme y, por ello, no había llegado para ellos el momento de recorrer el Sendero.

Puede ser útil que narre aquí una experiencia personal que quizás ayude a quienes se debaten en esta terrible lucha. Cuando quien escribe tenía diecisiete años ya había conocido algunas enseñanzas espirituales y las dudas comenzaban a asaltarlo con furor. El problema residía en que, habiendo estado muy identificado con las enseñanzas de la Iglesia Católica, pensaba continuamente que estas verdades nuevas podían tal vez conducirme a la condenación eterna. Esto me hacía sufrir indeciblemente pues, a pesar de todo, me había dado cuenta que había mucho más elevación, belleza y justicia en las enseñanzas esotéricas que en las leyendas de los frailes. Y una noche llegó la ayuda que pedía a Dios para vencer a esa tortura. Soñé con un Maestro. Este nada tenía que lo distinguiera en su aspecto exterior del común de los mortales en Occidente, no usaba ni túnica ni turbante. Pero era un Maestro por la Sabiduría que encerraban sus palabras y por la Luz interior que toda su persona irradiaba. En la inocencia de mis diecisiete años yo me sentía un insecto frente a tan augusto personaje y recuerdo aún como en mi sueño lamentaba no tener un grabador para registrar todas y cada una de sus maravillosas palabras. Me habló largamente de mis dudas y temores y de la necesidad de vencerlos. Esto resultaba indispensable para poder seguir adelante en el Sendero y acercarse a la Suprema Meta ansiada. Sus palabras finales no las olvidare jamás: “Mira- me dijo- las religiones no son ningún problema. Yo puedo inventar quince por día tan incomprobables como cualquier otra. Lo único que cuenta realmente es la Realización Espiritual y hallar a Dios en nuestro propio corazón”. Allí terminó el sueño y tambien todas mis dudas y temores. Fué mi Camino de Damasco y jamás volví a tener ni sombra de temor ni de incertidumbre: el Sendero estaba ante mí y debía recorrerlo.

Existen dos óperas célebres donde se simboliza al Primer y Segundo Guardián del Umbral en forma mucho más bella y elevada que en “Zanoni” y, lo que es más importante, de manera acorde a la realidad. Esas óperas son “La Flauta Mágica”de Wolfgang Amadeus Mozart con libreto de Schikaneder y “Siegfried” de Richard Wagner. No cabe la menor duda de que estos autores poseían profundos conocimientos al respecto de la enseñanza iniciática. De Mozart y Schikaneder sabemos que eran maestros masones iniciados en el Rito Egipcio de Misraim en Viena. Este rito se halla actualmente unido al otro rito egipcio que es el de Memphis. Ambos son genuinamente iniciáticos y transmiten una iniciación real. Esto no ocurre por cierto con los ritos escocés, de York o “El Derecho Humano”. Pero no podemos extendernos aquí al respecto y remitimos a nuestro artículo “El Simbolismo de la Flauta Mágica”.

En “La Flauta Mágica” el virtuoso príncipe Tamino debe enfrentar y vencer al dragón (Primer Guardián) y luego a sus propias dudas constantes y terribles antes de entrar al Templo (Segundo Guardián). Recién despues de esto encontrará a su amada Pamina. Digamos de paso que la ópera esta centrada en la ceremonia de iniciación en el Primer Grado Masónico, a la que se alude en forma finamente cifrada en símbolos y velada por alegorías.

Richard Wagner al parecer tuvo contacto con grupos rosacruces. Era además un profundo conocedor de las antiguas sagas germánicas, plenas de contenidos iniciáticos ocultos al profano por medio de símbolos. En su gran ópera “Siegfried” (tercera jornada de su inmortal Tetralogía, la mayor y más bella obra musical jamás escrita) narra como el protagonista debe vencer al dragón Pfafnir y bañarse con su sangre para tornarse invulnerable. Luego debe Siegfried resistir el acoso del enano Alberich. Este, revestido con la capucha mágica que lo torna invisible, descarga golpes terribles contra el héroe. Que mejor analogía para las dudas invisibles que atormentan al aspirante? Grande era la sabiduría de quienes escribieron la saga original del “Anillo de los Nibelungos”.

REGLA 5 : MATA TODO SENTIMIENTO DE SEPARATIVIDAD

La separatividad abarca muchas cosas tristes e indeseables que resultan verdaderamente descalificantes para un aspirante: el egoísmo, la envidia, la intolerancia, la incapacidad de vivir y compartir con quienes son distintos a nosotros en algo o en todo. Así nacen los prejuicios de todo tipo, el chauvinismo nacionalista, el racismo, la xenofobia (Hospes, hostis! decían los romanos) y la más repugnante muestra de debilidad mental: el fanatismo. El fanático es simplemente alguien que no quiere pensar (W. Drummond) pues teme llegar a estar equivocado y que se lo demuestren. El fanatismo es algo tremendamente inferior y por cierto cosa demasiado frecuente en grupos religiosos, políticos o ideológicos. Los Maestros han reiterado muchas veces que no se debe ser fanático ni aún cuando se defienda la más bella y elevada de las causas. Pero muchas veces se encuentra que aún entre los discípulos de escuelas espirituales germina y crece esta mala hierba junto con las otras que acabamos de mencionar. Todo esto revela desgraciadamente pequeñez mental y una tremenda falta de amor al prójimo y, por sobre todo, de elevación interior. Quien de estos males padezca está completamente fuera de lugar en una escuela espiritual seria y debe antes curar su mente. Como ejemplo de lo que debe ser recordemos a Paramhamsa Yogananda. En cierta oportunidad unos seguidores suyos hablaron mal de la gente de color. El los interrumpió con estas palabras: “A Dios no le gusta que lo ofendan cuando usa trajes oscuros”. A nadie escapa cuanto dolor y sufrimiento han traído al mundo estas taras de la mente y del alma y debemos, por tanto, evitarlas a toda costa. En el jardín del Señor hay flores de muchos colores y debemos aprender a amarlas a todas aún cuando a veces nos cueste. Y una reflexión adicional sobre este punto: aquellos que alegan que no pueden estar cerca de otros porque les molestan sus malas y bajas vibraciones que recuerden que, en realidad, lo que ellos están percibiendo y padeciendo son las propias vibraciones que son las que tienen más cerca.

Vale la pena recordar además que nadie puede reconocer una virtud o una forma de elevación espiritual en los demás si él mismo no la tiene desarrollada en cierto grado. Los que a todos critican y nada bueno les reconocen son personas enfermas que carecen de toda virtud y de toda espiritualidad. San Juan Crisóstomo bien decía: “El que dice que ama a Dios y no ama a su prójimo es un mentiroso. Pues como va a amar a lo que no ve si no ama a lo que ve?”.

El mandato de evitar y terminar con la separatividad nos conduce como corolario a la necesidad de tolerancia hacia todos los seres, necesidad moral insoslayable para la convivencia. Tambien esto suele ser mal entendido y requiere de una aclaración. Siguiendo a René Guénon debemos distinguir entre latolerancia práctica que se ejerce a los individuos y que es la realmente imprescindible y la que podemos denominar tolerancia ideológica. Esta última encierra de hecho riesgos serios pues ubicar a todas las ideas, concepciones y filosofías en un plano de igualdad supone en los hechos una indiferencia total y absoluta hacia todas ellas.

Tolerar ideas probadamente absurdas y convivir con ellas es otro absurdo y muy nocivo: lo erróneo debe ser señalado como tal para el bien propio y ajeno. Si alguien sostiene que dos más dos es igual a cinco tal falacia debe ser rechazada de plano. Negar esto equivaldría a sostener que un Profesor debe aprobar a todos los alumnos lo cual es simplemente contrario a toda noción de justicia y de rectitud moral. Pero reitero, la tolerancia práctica es indispensable.Debemos saber convivir con los demás y permitir el libre juego de las ideas sin DAÑAR A NADIE: ESTO PERMITIRÁ DECANTAR LA VERDAD Y SEPARARLA DE LO FALSO. Pero de todas formas las cuestiones que esto plantea son muy complejas: muchas veces resulta imposible combatir una idea falsa sin causar un daño real a las personas. Y renunciar totalmente a la crítica equivale a dar carta blanca a todo tipo de errores y falacias lo cual es, visiblemente, un acto inmoral. La solución puede venir dada por el “AMA Y HAZ LO QUE QUIERAS”. Sin odio ni fanatismo en nuestro corazón y en nuestra mente tenemos pleno derecho a defender nuestras verdades e ideales y haremos bien en emprender tal defensa. Pero hay que recordar que siempre surgirá a la corta o a la larga una idea más perfecta, noble y elevada que supere a las nuestras. Por ello no hay que olvidar el brindis que José Enrique Rodó ponía en boca del Maestro Gorgias al dirigirse este en la hora postrera a sus discípulos: “Por quien me venza con honor en vosotros ”.

LA SEGUNDA SERIE DE REGLAS

La segunda serie de reglas es ciertamente muy avanzada y uno podría muy bien autocuestionarse en cuanto si deben ser aclaradas o no. Pero, recordando siempre las palabras antes citadas de Lanza del Vasto, insistamos en que "el esoterismo es un secreto importante que se guarda solo". Las leyes ocultas de la vida llevan a que comprenda estos asuntos solamente aquel a quien le corresponde y para los demás el secreto continuará siendo impenetrable hasta que les llegue su momento. Nada puede hacerse al respecto salvo elevarse interiormente.

Considero humildemente que esta segunda serie de reglas solo puede tener sentido pleno para discípulos que hayan alcanzado las primeras Iniciaciones y que para los restantes se reducirán inevitablemente a expresiones muy poéticas pero de las que se se les escapará forzosamente el sentido último. El problema reside desde luego en las experiencias iniciáticas atravesadas y en los estados de conciencia correspondientes. Al ser humano común y corriente esto nada puede decirle y todo le sonara a vago y hasta a ridículo. El crudo materialismo de una época violenta y corrupta como la que atravesamos contribuye a que esto sea así. Los valores están trastocados y sigue teniendo vigencia aquella enseñanza tan sabia que afirma que "El Dharma del hombre espiritual se vuelve adharma para el hombre mundano". Y resulta aquí de nuevo la necesidad de lo esotérico. Si el que ha tenido determinado tipo de experiencias iniciáticas las narrara ante la gente con toda seguridad sería tomado por loco. Nadie está dispuesto a comprender más allá de sus alcances y, lo que es peor aún, el ser humano siempre tiende a destruir lo que no comprende.

Me puedo referir a un caso concreto ocurrido hace más de treinta años en Buenos Aires. Se trató de un estudiante que era asiduo practicante de Raja Yoga. Mientras preparaba un examen final tuvo de repente la experiencia iniciática conocida como la transverberación del corazón. Sintió un dolor agudísimo en el pecho y pensó que iba a morir de un infarto. A esa sensación penosa siguió un sentimiento de paz y dicha tan inefables y sublimes que no eran cosa de este mundo. Sintió plenamente que DIOS, EL ALMA DEL UNIVERSO, estaba en su corazón y que DIOS ES AMOR. En un estado de éxtasis total, de felicidad inefable y sublime comenzo a recordar a cuantos en la vida le habían hecho daño y a bendecirlos uno por uno. Lágrimas de felicidad caian a torrentes de sus ojos. Pero el extasis crecía dentro de él y de pronto se apoderó de ese estudiante el impulso de salir a la calle y abrazar a la gente que pasaba pues pensó que de ese modo podría comunicarles y compartir con ellos la dicha celestial que lo embargaba. Felizmente pudo contenerse pues de haberlo hecho hubiera acabado encarcelado o en el hospicio. Narro esto aquí conservando el anonimato de quien pasó por esa maravillosa Iniciación. Pero queda muy claro que si esta persona narrara su vivencia no importa a quien tendría muy serias dificultades. Es la historia tan bella de Juan Salvador Gaviota: la bandada no le perdonó que él atravesara por experiencias no comunes.

La experiencia narrada nos sirve para ubicarnos en el meollo de esta segunda serie de reglas. Al vivenciar que Dios mora en nosotros y que es la Esencia de nuestra vida y la Gloria de nuestra alma nuestro accionar en la vida se torna impersonal. No somos nosotros quienes actuamos sino Dios en nosotros: nos convertimos en canales de Su Voluntad y Su Gracia. De El recibiremos el verdadero sonido sagrado (Ekakshara: Sonido del Yo) que como Mantra facilitará grandemente nuestra elevación interior. Aquí es donde comienza verdaderamente el Sendero Espiritual. Es el Canto de la Vida como dice Luz en el Sendero. A partir de esto todo será distinto pero debe prestarse atención pues aun se puede caer y retrasarnos en nuestra marcha hacia la Luz. La mejor guia será escuchar la Voz insonora en nosotros y obedecerla, dejar atrás materia y emociones, no ansiar ni atender más que lo que es invisible...y no nos faltará Maestro que nos guie pues ya estaremos preparados.



4 comentarios:

Olga i Carles dijo...

Gràcias por compartir tan iluminador texto.
El heroe es es que es capáz de sobrevivir cuando ha dado muerte a la bestia.
Muchas idas y venidas. muchas caídas..
Peero al final siempre vence y se funde con el fuego, siendo fuego mismo irradiando por encima de todas las cabezas.



Un abrazo.

Janeth dijo...

Gracias a ti amiga, el Sol brilla sobre nuestras cabezas, el viento con su brisa nos acaricia, la luz lo inunda todo, la tierra nos sostiene y nuestro tesoro más valioso va con nosotros….

Alan Hitchens dijo...

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Janeth dijo...

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