
Aquí radica el poder y la función comunicadora de la poesía. Si la poesía es comunicación, tal como muchos críticos afirman, lo es fundamentalmente con uno mismo, con el Ser, con el Espíritu.
Quienes crearon los símbolos primeros fueron seres excepcionales, que mantuvieron de alguna forma un cierto contacto con lo divino. Dado que no podían transferir ni referir una experiencia que sólo es comprensible a través de la vivencia, dan a luz el símbolo como posibilidad, camino y enseñanza, y es entonces cuando nace la poesía.
Esa capacidad de evocar y hacernos sentir ese mundo invisible recrea la propia experiencia y posibilita la intuición, que es la forma más elevada de conocimiento.
El poeta es un pequeño dios. El carácter sagrado lo adquiere también la poesía por su función de representación simbólica y por su condición esotérica. Recordamos que un símbolo está dentro de nuestra realidad perceptual, pero su sentido es representar y expresar una realidad metafísica superior.
El poeta asciende por su propio camino interior y regresa trayéndonos el fruto de su elevación. El poeta procede de acuerdo a un ritmo, y su escala tiene una forma, un diseño, que es la diagramación del poema. El poeta puede ascender por esa escalera hasta las cumbres inefables de su inspiración, pero primero tendrá que “fabricar” dicha escalera, y como buen carpintero deberá hacerse experto en el oficio.
Cuando un poeta nos transmite sus vivencias en el momento de mayor inspiración, es portador de un estado muy similar al que refieren santos e iluminados.





















