Una Luz en el Sendero

Cada uno ha de recorrer solo su propio camino, pero podemos compartir algún tramo con otros que lleven nuestro mismo rumbo, hacernos compañía y ayudarnos un poco.

Por eso, porque camino como tú; porque me gustaría, si tú quieres, que me acompañes un trecho, he abierto esta ventana, donde poner en común reflexiones y vivencias.

La vida nos pertenece. Nada puede asustarnos. Caminamos. El camino de la serenidad.

No tengo los mapas, no sé dónde nos llevará el siguiente paso. Pero, juntos podemos buscar la mejor ruta.

El verdadero hombre....



El verdadero hombre es simple, es el que puede interpretar la naturaleza, el que aunque se quedase sin libros podría seguir leyendo y, aunque se quedase sin naturaleza alrededor, podría seguir soñando.

El,... detras de todas las cosas




¿Por qué hemos de tener miedo a morir, por qué hemos de tener miedo a la adversidad? 


¿No estará El detrás de todas estas cosas? 
¿No serán como peldaños que nos ayudan a subir, a escalar un proceso evolutivo, a volvernos más fuertes, a volvernos más Dioses, a convertirnos en algo nuevo y poderoso? 
¿No habrá algo que nos levante cuando estamos demasiado caídos? ¿No existe acaso para nosotros lo que hay para el gusano y para la hoja?

Debemos entender el pasado como las raíces del presente. Y este presente, a su vez, debe ser el fuerte tronco que sostenga el follaje del futuro.

Un mundo nuevo


El mundo nuevo existe ya, es el mismo Universo, es la Naturaleza. Nosotros lo único que tenemos que hacer es vivir intensamente el momento que el destino nos ha deparado. Ser como una llave que se introduce en la cerradura del Universo y hace saltar la puerta de la Historia, pasar a otra dimensión, pasar a este mundo que nos está esperando.

El profundo mensaje de la obra “El Principito” de Antoine de Saint-Exupèry


A través de este pequeño libro hemos querido rescatar el profundo mensaje de la obra “El Principito” de Antoine de Saint-Exupèry que ha sido escrito mediante una fábula y cuyos textos poseen una gran sencillez y profundidad.

Nos recuerda el motivo del por qué y el para qué vivimos. Nos habla del esfuerzo, el sacrificio, el tiempo dedicado a desarrollar nuestras aptitudes, la lucha por alcanzar los ideales nobles, el afán por estrechar lazos de amor y amistad, y que todo ello tiene una recompensa en forma de satisfacción, alegría, esperanza e ilusión; pero no se ve, porque lo esencial y lo que nos embellece es invisible a los ojos.

Sócrates y esta famosa frase: "Solo sé que nada sé",...

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Sócrates y esta famosa frase: "Solo sé que nada sé", nos enseña que solo el que reconoce su ignorancia con sencillez, puede seguir aprendiendo.

Un auténtico sabio busca no solo información, sino que es capaz de encontrar en la infinita sabiduría del mundo que lo rodea aquellas verdades que lo llevarán a encontrar su lugar en él, aún cuando sea mal comprendido por los demás.

En el tiempo



Todos los días puede y debe hacerse algo en el tiempo. Todos los días se presentan pequeños o grandes problemas que deben resolverse, o comenzar a hacerlo.

Todos los días hay una nueva experiencia útil que recoger. Todos los días se puede crecer un poco más dentro de esos límites breves que señalan las horas y los minutos.
Sin embargo, aquí no acaba –ni siquiera comienza– la auténtica actividad humana. Más allá de los planes cotidianos y su cumplimiento, el hombre, como ser inmortal, ha de marcarse otras pautas de largo alcance que requieren, por lo mismo, largo aliento.

Hace falta más tiempo, más capacidad de lanzar los sueños hacia adelante, más fe en un futuro que, aunque todavía no se ve, se presiente con los sentidos más íntimos y sutiles que poseemos.


Un tiempo no molesta al otro.

El actual con visión diaria, no quita la visión de infinito, porque hay en el hombre aspectos objetivos y aspectos metafísicos; cada cual tiene su propio tiempo, su propia forma de trabajar, su propia forma de conseguir resultados, su propia forma de esperar.

En el tiempo corto, la espera se llama paciencia; en el tiempo largo, la espera se llama fe.

Así como vemos natural que unas plantas requieran más tiempo que otras para desenvolverse, hay metas humanas que brotan en pocos días y otras que solo florecen al cabo de años, tantos años, que ni siquiera será uno mismo el que pueda alegrarse ante la visión del fruto obtenido. Pero ¿qué importa?

Si verdaderamente somos conscientes de nuestra inmortalidad, aquellos sueños que se harán realidad dentro de mucho llevarán, sin embargo, la impronta de nuestros esfuerzos, y los hombres que puedan gozar con esos logros tendrán, asimismo, la impronta inconfundible de una Humanidad en avance, en la que la fraternidad será semilla constante, tanto para el tiempo que se mide en minutos como para aquel que se mide en siglos.

Lo que amamos, lo que tememos


Una vieja enseñanza, que a fuerza de filosófica es esotérica, indica que todos los hombres, tarde o temprano, nos encontramos en la vida con aquello que amamos y aquello que tememos.

¿Es esta, acaso, una profecía fatídica, un augurio ineludible? No, es una profunda
enseñanza, el fruto de una sabiduría que no ha perdido actualidad en absoluto. Nos
pone ante la evidencia del poder que encierra nuestro mundo psíquico: la fuerza de las emociones, lo que se quiere, lo que se teme, es capaz de mover los hilos escondidos de la voluntad, puede coordinar las ideas y conducir a la plasmación de los hechos.

Y nos pone también ante otra evidencia: todos vamos por la vida llenos de anhelos, ilusiones, aspiraciones, y todos llevamos de manera más o menos oculta una cierta cantidad de temores.

Es más, hoy se dice "no tener miedo a nada", o bien, afirmar que no hay nada que temer..., pero es el temor el que nos hace mencionar abiertamente nuestras
pretensiones agradables y evitar toda referencia a los miedos.

No tener miedo a nada constituye un extremo peligroso que es propio del hombre temerario, falto de conciencia. ¿Que no hay nada que temer? Forma parte de la misma inconsciencia.

Temer a todo y todas las cosas es propio del hombre pusilánime, falto de fortaleza, lo más parecido a la cobardía.
Lo propio es el justo medio, la valentía interior que sabe reconocer las cosas como son y darles su valor correcto. El valiente sabe lo que debe temer y evitar, y lo que debe querer y promover.

En conclusión, todos queremos algo, todos tememos algo, y por eso mismo llegaremos a objetivar unas y otras cosas.

Es de desear que el miedo se convierta en sano temor por aquellas cosas que debemos evitar, y es de desear que queramos evitar los peligros que, inteligentemente, somos capaces de detectar y prevenir.

Es de desear que el amor apunte hacia metas cada vez más positivas, para erradicar el cúmulo de desastres que ya nos aquejan y para que ese amor termine por copar todo el espacio vital de los temores.

Cuanto más sepamos querer, menos tendremos que temer.