
Todos los días puede y debe hacerse algo en el tiempo. Todos los días se presentan pequeños o grandes problemas que deben resolverse, o comenzar a hacerlo.
Todos los días hay una nueva experiencia útil que recoger. Todos los días se puede crecer un poco más dentro de esos límites breves que señalan las horas y los minutos.
Sin embargo, aquí no acaba –ni siquiera comienza– la auténtica actividad humana. Más allá de los planes cotidianos y su cumplimiento, el hombre, como ser inmortal, ha de marcarse otras pautas de largo alcance que requieren, por lo mismo, largo aliento.
Hace falta más tiempo, más capacidad de lanzar los sueños hacia adelante, más fe en un futuro que, aunque todavía no se ve, se presiente con los sentidos más íntimos y sutiles que poseemos.
Un tiempo no molesta al otro.
El actual con visión diaria, no quita la visión de infinito, porque hay en el hombre aspectos objetivos y aspectos metafísicos; cada cual tiene su propio tiempo, su propia forma de trabajar, su propia forma de conseguir resultados, su propia forma de esperar.
En el tiempo corto, la espera se llama paciencia; en el tiempo largo, la espera se llama fe.
Así como vemos natural que unas plantas requieran más tiempo que otras para desenvolverse, hay metas humanas que brotan en pocos días y otras que solo florecen al cabo de años, tantos años, que ni siquiera será uno mismo el que pueda alegrarse ante la visión del fruto obtenido. Pero ¿qué importa?
Si verdaderamente somos conscientes de nuestra inmortalidad, aquellos sueños que se harán realidad dentro de mucho llevarán, sin embargo, la impronta de nuestros esfuerzos, y los hombres que puedan gozar con esos logros tendrán, asimismo, la impronta inconfundible de una Humanidad en avance, en la que la fraternidad será semilla constante, tanto para el tiempo que se mide en minutos como para aquel que se mide en siglos.