
En un clásico de la literatura cristiana oriental, se narra la historia de un peregrino ruso que deambula por el país en busca de la oración interior.
La lectura de este pequeño libro, todavía fácil de conseguir en las librerías católicas, es apasionante.
Habiendo enviudado y viéndose muy limitado físicamente para el trabajo por tener un brazo inútil, abraza la pobreza para emprender una peregrinación en la fe en busca de la oración ininterrumpida.
Los monjes orientales enseñaban la práctica de esta oración constante. Para ello usaban de la repetición de una jaculatoria llamada la oración a Jesús, en varias versiones semejantes que invocaban a Jesús con estas o semejantes palabras: Señor Jesús, ten misericordia de mi.
La invocación era repetida por los monjes de modo incansable, miles de veces al día. Esta devoción se convirtió en una de las prácticas de piedad más comunes en oriente. Instruido por monjes sabios y ancianos, el peregrino ruso alcanzó la oración interior.
El nombre de Jesús quedó gravado en su corazón fortaleciéndolo en medio de las más grandes dificultades, hambre, frío, soledad, mientras la oración se repetía en su interior sin esfuerzo, fluyendo como un arroyo de aguas transparentes, como al ritmo de la respiración o de los mismos latidos del corazón.
"Señor en el silencio de esté día
vengo a pedirte paz sabiduría y fuerza
Siempre quiero mirar al mundo con ojos llenos de amor ser paciente comprensiva y humilde"