Una Luz en el Sendero

Cada uno ha de recorrer solo su propio camino, pero podemos compartir algún tramo con otros que lleven nuestro mismo rumbo, hacernos compañía y ayudarnos un poco.

Por eso, porque camino como tú; porque me gustaría, si tú quieres, que me acompañes un trecho, he abierto esta ventana, donde poner en común reflexiones y vivencias.

La vida nos pertenece. Nada puede asustarnos. Caminamos. El camino de la serenidad.

No tengo los mapas, no sé dónde nos llevará el siguiente paso. Pero, juntos podemos buscar la mejor ruta.

Un sentimiento


Un sentimiento crece y se mantiene con gran paciencia y esfuerzo. Es como una pequeña plantita cuyas raíces hay que cuidar.

¿Cuál es la raíz del sentimiento que estamos gestando?

Habiéndola reconocido, sabiendo cómo nació, debemos regar a diario esa raíz de origen para que, viviendo ella, viva toda la planta.

Pero, insistimos, hace falta enorme dosis de constancia: no se puede pretender que un sentimiento viva porque sí; esto sería como reconocer que los seres viven porque sí, y que mueren porque sí, sin razón alguna, regidos tan solo por la absurda casualidad.

¿Cuál es el mejor alimento para un buen sentimiento? Apenas unas gotas de tolerancia... Saber que las cosas que amamos no son perfectas, como asimismo no lo somos nosotros.

Aceptar estas imperfecciones, no permitiéndoles que destrocen nuestro sentir. Pero limar poco a poco estas imperfecciones, empezando por nosotros mismos, y siguiendo luego por las cosas que amamos.

Los sentimientos se mantienen puros cuando, como en todos los órdenes de la vida, no admitimos mezclas en ellos. Así como nadie arrojaría un claro diamante en medio del barro, no podemos permitirnos el lujo de estropear nuestros sentimientos elevados y más o menos duraderos enfangándolos con las dudas, el rencor, la malicia, la ira, la desidia...

El buen jardinero quita las malezas que atacan a sus plantas; y el hombre sanamente sentimental cuida las joyas de sus emociones como el mejor de sus adornos.

¿Mueren los sentimientos?

Ciertamente, como todas las cosas vivas, pero de nosotros depende su duración. Si dejamos de velar por nuestra planta, que es joya, ella empezará a decaer antes de tiempo.

Si nos aceptamos a nosotros mismos tal y como somos, pero exigimos de los demás –y de todas las cosas en general– una perfección absoluta, hemos decretado la muerte de nuestros sentimientos.

Si los demás deben comprendernos, pero nosotros no a ellos, somos incapaces de sentir. Si solo sabemos pedir, pero no entendemos de dar, no hay sentimiento posible.

La tierra es bella



La Tierra es bella. Hay en ella un principio de armonía que caracteriza por igual a todos los seres vivos, tengan el tamaño que tengan. Hay en ella un equilibrio que nos habla de la mano de Dios, o de los “dígitos de Dios”, como decían los griegos clásicos.

Sus colores se mezclan prodigiosamente dando lugar a una sinfonía de matices, como desafío a la imaginación del más ferviente de los artistas. Hay en ella un delirio de formas que supera toda capacidad humana de creación.

Las rocas adquieren contornos extraños... Las gemas se organizan según esquemas geométricos... Y, a veces, alguna gruta se abre ante la curiosidad del hombre, demostrando que aun en el interior de su cuerpo, los dedos de Dios pusieron belleza en la Tierra.




Y Maya vistió con hilos de ilusión esta esfera que gira rítmicamente en el espacio, atrapándonos juntos –a la Tierra y a nosotros– en este gran juego de la Vida

Los Juegos de Maya


Mientras escribo esto, recuerdo que, cuando pequeña, agobiada por imposiciones del comportamiento diario, pensaba en más de una oportunidad que toda la vida era un gran juego, una gran representación en el escenario de la existencia.

Entonces, gozaba de cada uno de mis actos imaginando que yo era la actriz y que debía representar mi papel lo mejor posible, puesto que miles de ojos me estaban observando. Y jugaba a actuar, cuidando de mi ropa y de mis gestos, de mis miradas y de mis movimientos.

Cuando adolescente, eché por tierra con la ilusión del teatro y su escenario... La vida era cosa demasiado seria e importante para estar jugando a representarla. Y ahora, vuelvo a los principios que alentaron mi niñez. Todo esto es un gran juego. Maya, sus juguetes, todos los hombres y yo somos los actores.

La vida es el escenario. Cuando se corra el telón, cuando se apaguen las luces, habrá cesado esta forma de representación y se abrirán las puertas de un nuevo misterio. Y no estoy segura de que Maya no se encuentre también allí, entre las sombras de los cortinados, esperándonos con nuevos juguetes para vivir en ese otro nuevo mundo.


Maya es una vieja deidad oriental, cuyo significado es Ilusión. Se trata del velo con que la Naturaleza cubre todas las cosas para que los humanos no podamos descubrir fácilmente sus ocultas leyes, y así, la belleza de Maya y sus múltiples juegos engañan, seducen y ayudan a pasar los años de vida que nos corresponden sobre la tierra.

La ilusión juega con nuestros sentidos. Y nosotros participamos, más o menos
conscientemente, del juego. Ilusión no es exactamente algo que no existe, aunque nosotros percibamos. Los juegos de la ilusión se basan en cosas ciertas, pero no duraderas; son verdades que alcanzan a vivir lo que una burbuja... lo que una ilusión.

Sin embargo, en nuestra ignorancia, suponemos que esas verdades momentáneas lo son todo. Poniendo nuestros esfuerzos y nuestras máximas esperanzas en los juegos de Maya, es como llegamos a conocer el dolor. Todo aquello que queremos se nos escapa de entre los dedos, y nos volvemos ciegos a la posibilidad de ver aquellas otras cosas que son más duraderas, menos falibles, más cercanas a la inmortalidad.

Solsticio

El Solsticio de verano en el Norte es de Invierno en el Sur

Solsticio es un término astronómico relacionado con la posición del Sol en el ecuador celeste. El nombre proviene del latín solstitium (sol sistere o s
ol quieto).

Los solsticios son aquellos momentos del año en los que el Sol alcanza su máxima posición meridional o boreal, es decir "cruza" la eclíptica hacia el Norte o hacia el Sur.

Las fechas del solsticio de invierno y del solsticio de verano están cambiadas para ambos hemisferios. Las celebraciones del Solsticio de Verano están llenas de símbolos y otras alusiones de carácter solar, como las hogueras (encendidas con el doble propósito de purificar y ayudar al Dios Sol a mantener vivo su poder)

Se trata de una festividad que celebra el placer y la alegría de la vida y la abundancia de la naturaleza.

Pasado el Solsticio, se renueva la tierra, regresa el Sol. Este ciclo, observado por los pueblos originarios, marca el nacimiento de un nuevo periodo, a la par que brotan las semillas, los animales cambian pelaje, el hombre también se renueva.

Cuando la noche haya llegado a su tope final, la naturaleza dará paso a un nuevo ciclo de vida, permitiendo renovar los sueños, esperanzas y compromisos hacia un futuro mejor para todos.

Es una fiesta de agradecimiento por la vida que se renueva. Se conversa con el Sol, porque el Sol está vivo, porque están contentos de que vuelva y con él sienten que los humanos vuelven a crecer.

Es una concepción distinta del tiempo a la que tenemos nosotros, en la que lo antiguo queda atrás. Para los pueblos originarios lo antiguo se renueva siempre.

Los solsticios representan el eterno contraste de la luz y la oscuridad, de la vida y la muerte y el eterno renacer de la creación, donde nada puede ser destruido, solo transformado en los tres estados naturales, sólido, líquido y gaseoso, es el ave fénix que siempre renace de sus cenizas.


Seth y Osiris. Nada más opuesto que ellos dos


La frontera de la vida es tan sutil como una gota de rocío, como un tallo que se alza en la ribera, como un ibis blanco que revolotea entre las ramas, tan eterno como el mismo sicomoro que lo alberga.

Lo seco y lo húmedo. La vida y la muerte. Lo árido y lo fértil. El dorado y el verde. El sol que quema y el sol que calienta. En una palabra: Seth y Osiris. Nada más opuesto que ellos dos.

Pero estos dioses son hermanos. El uno es sombra y el otro es luz. El uno es desierto de arenas, y el otro es vergel de aguas; pero son hermanos. Es decir: el uno no puede vivir sin el otro.

Seth y Osiris se turnan como la noche y el día. Ambos hermanos revisten un misterio. El límite entre uno y otro es apenas un paso en las arenas de desierto...

Voluntad del hombre, su espada


Así como la hoja de la espada, debería ser la voluntad del hombre: firmemente apoyada en la tierra, y sublimadamente afinada en los planos de la acción.

La decisión humana es como la punta única de la espada, que vence obstáculos, llevando tras de sí la fuerza de una larga hoja y una poderosa empuñadura. Pero no son la hoja y la empuñadura quienes comienzan la acción...

De allí que todos los pueblos con historia y tradición hayan volcado símbolos mágicos y místicos en la espada. Muchos fueron los que aceptaron que en esta arma residía una garantía espiritual suficiente como para proteger al guerrero, no solo de las acechanzas físicas, sino asimismo de las psíquicas.

La espada luchaba entonces contra fantasmas, genios nocturnos y malignos, sombras e ideas nefastas.

De allí que se haya considerado la espada como distintivo del caballero, del Hombre con mayúsculas.


Y nada nos extrañan los testimonios de los caballeros cuando afirmaban que la espada era compañía inefable en sus vidas, prodigio de seguridad y fuerza, de entusiasmo y sentimiento divino, de valor llevado a los límites del heroísmo.

¿Por qué se gastan las ideas y los sentimientos?


Hace años me preocupaba la seguridad con que los «mayores» auguraban la corta duración de mis mejores sueños, de mis aspiraciones a una vida diferente, mejor, más profunda y llena de contenido.

Me decían –entonces a mí, y me temo que hoy a muchos otros en parecida situación– que los ideales son buenos para llenar los años de la adolescencia, para encender los primeros fuegos a impulsos de la acción.

Pero que, luego, la vida con sus exigencias, con sus repeticiones y desencantos se encargaría de borrar esos ideales para dejar paso a sistemas más prácticos y concretos.

En aquellos tiempos me rebelaba contra esas afirmaciones, y hoy sigo haciéndolo.
Antes me oponía con la fuerza de la juventud recién estrenada, y hoy lo hago con el apoyo de mis propias experiencias, como constatación de que aquellas que parecían leyes fijas dictadas por las generaciones precedentes no lo eran tanto.

Sin embargo, hay hechos que dejan en pie las viejas preguntas.

No todos los idealistas que en sus primeros años quieren "comerse el mundo", continúan en la brecha con el mismo impulso a medida que pasa el tiempo.

¿Por qué se gastan las ideas y los sentimientos? ¿Qué sucede con aquellos que van dejando morir lo mejor de sí en el camino?......

Lo que hay que hacer para ser querida...


En algunos pueblos la mujer se ve sometida a prácticas denigrantes para poder ser admitida en sus sociedades. Pero también en nuestra cultura occidental el mercado de la imagen prevalece sobre los valores humanos.

Hace unos días una cadena de televisión de ámbito nacional emitió en sus informativos un reportaje sobre una adolescente de Kenia que se quedó a las puertas de su iniciación femenina sin vestir la piel de cabra que su madre había preparado para ella con motivo de tales fastos; porque se negó a someterse a la ablación ritual del clítoris. Entrevistada la madre sobre el asunto, respondió muy enfadada que en el caso de que la muchacha persistiera en su negativa “se iba a quedar sola”, porque “no habría nadie que la quisiera como esposa”.

¡Caray con el precio del “amor”!... En muchas ocasiones es muy alto. Aunque allí, como aquí y como en todos los ámbitos en que se tercie, muy pocos o muy pocas –sobre todo muy pocas porque muchas veces es la mujer la que más se esfuerza en querer obtener amor–, se atrevan a reflexionar, a sentir, a concienciar íntimamente los requisitos que en determinado momento parece que hay que cumplir y a los que hay que someterse en nombre del “amor”.

Son escasas las personas que osan tomar partido con las ideas claras y sus consecuencias, y proceden a rebelarse si ha lugar y a proclamar por tanto frente a determinadas circunstancias: a mí que no me quieran, por favor. No de ese modo. No así. No a ese precio.

Es alto el precio del amor. Pero también lo es el de la rebeldía; por eso hace falta integridad, seguridad, capacidad de decisión, confianza


Porque proporcionaban un “grácil andar bamboleante” se vendaron los pies a las mujeres chinas –hasta conformar muñones en vez de los pies normales que nos asientan al suelo– mermando en este caso la libertad de “seguir su camino”, a nivel simbólico y también físico, provocándoles grandes impedimentos al caminar con la apariencia de esos pasitos tan graciosos.


Porque era y sigue siendo una señal de distinción se han dispuesto los aros metálicos en el cuello de las mujeres de una etnia de Birmania, las conocidas como “mujeres jirafas”, aunque no puedan llevar una vida normal y se mueran si esos aros se les retiran del cuello por fracturas de vértebras.




Porque es una señal de distinción, de pertenencia a la tribu, se han colocado en los labios platos deformantes, que convierten el acto de la alimentación en un asunto bastante incómodo. Y lo terrible del caso es que estas prácticas se hacen para ser valoradas, para ser queridas.




Pero es que por nuestros pagos y en un mundo en el que la imagen y la apariencia tienen cada vez más primacía por encima de la esencia, ciertos cuerpos de mujer sirven como modelo para conformar el propio. Son las “mujeres de éxito”, las que gustan, las que nos presentan los medios de comunicación, aunque más allá de lo que juzguemos como un bonito cuerpo nos encontremos con esas “ideas cortas” que algún irónico autor de antaño citó. Pero si hacemos un análisis social de tales modelos,
también están sujetos a modas.

Hoy diríamos que las Tres Gracias de Rubens tienen celulitis y que a la Venus de Milo incluso le sobra algún kilito, eso sin ir demasiado lejos hacia otras “Venus” bastante más arcaicas y según parece nada preocupadas por la caloría, que llenan las vitrinas de los Museos y frente a las que nos asombramos por sus amplias, orondas y rellenas curvas que se acercan peligrosamente a la esfericidad.

Estoy hablando de la necesidad de enfatizar la búsqueda de la esencia de lo femenino que nos acerque cada vez más a nuestro propio centro y en la necesidad de contemplar el camino inverso al impuesto para obtener amor; porque el modelo de lo que somos en todo caso es el único válido a exportar frente al modelo ajeno que nos ofertan, ya que es el único real. ¿No estaremos siendo lo que los otros quieren y como los otros requieren para la búsqueda de lo que comúnmente se llama amor, que en el fondo no es tal? ¿No estaremos pagando un precio excesivamente elevado, el de desposeernos, el de despreciarnos a nosotras mismas? ¡Por favor, no caigamos en la tentación de querer ser amadas a cualquier precio!

Así las cosas, mejor que no nos quieran. Al menos no así. No a ese precio.