
Un sentimiento crece y se mantiene con gran paciencia y esfuerzo. Es como una pequeña plantita cuyas raíces hay que cuidar.
¿Cuál es la raíz del sentimiento que estamos gestando?
Habiéndola reconocido, sabiendo cómo nació, debemos regar a diario esa raíz de origen para que, viviendo ella, viva toda la planta.
Pero, insistimos, hace falta enorme dosis de constancia: no se puede pretender que un sentimiento viva porque sí; esto sería como reconocer que los seres viven porque sí, y que mueren porque sí, sin razón alguna, regidos tan solo por la absurda casualidad.
¿Cuál es el mejor alimento para un buen sentimiento? Apenas unas gotas de tolerancia... Saber que las cosas que amamos no son perfectas, como asimismo no lo somos nosotros.
Aceptar estas imperfecciones, no permitiéndoles que destrocen nuestro sentir. Pero limar poco a poco estas imperfecciones, empezando por nosotros mismos, y siguiendo luego por las cosas que amamos.
Los sentimientos se mantienen puros cuando, como en todos los órdenes de la vida, no admitimos mezclas en ellos. Así como nadie arrojaría un claro diamante en medio del barro, no podemos permitirnos el lujo de estropear nuestros sentimientos elevados y más o menos duraderos enfangándolos con las dudas, el rencor, la malicia, la ira, la desidia...
El buen jardinero quita las malezas que atacan a sus plantas; y el hombre sanamente sentimental cuida las joyas de sus emociones como el mejor de sus adornos.
¿Mueren los sentimientos?
Ciertamente, como todas las cosas vivas, pero de nosotros depende su duración. Si dejamos de velar por nuestra planta, que es joya, ella empezará a decaer antes de tiempo.
Si nos aceptamos a nosotros mismos tal y como somos, pero exigimos de los demás –y de todas las cosas en general– una perfección absoluta, hemos decretado la muerte de nuestros sentimientos.
Si los demás deben comprendernos, pero nosotros no a ellos, somos incapaces de sentir. Si solo sabemos pedir, pero no entendemos de dar, no hay sentimiento posible.






























