Una Luz en el Sendero

Cada uno ha de recorrer solo su propio camino, pero podemos compartir algún tramo con otros que lleven nuestro mismo rumbo, hacernos compañía y ayudarnos un poco.

Por eso, porque camino como tú; porque me gustaría, si tú quieres, que me acompañes un trecho, he abierto esta ventana, donde poner en común reflexiones y vivencias.

La vida nos pertenece. Nada puede asustarnos. Caminamos. El camino de la serenidad.

No tengo los mapas, no sé dónde nos llevará el siguiente paso. Pero, juntos podemos buscar la mejor ruta.

Aprovechar las experiencias


Esta en el hombre el borrar la ignorancia a medida que avanza; y el recuerdo saludable es su mejor aliado. Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra... y eso le sucede porque no recuerda...



Todos hemos pasado por muchas y variadas situaciones en la vida; todos nos hemos prometido tomar buena nota de los disgustos y sufrimientos padecidos.

Sin embargo.

Cuando se vuelven apresentar situaciones similares, actuamos como si nunca antes nos hubieran tocado.

¿Por que esa falta de memoria activa?

Las experiencias bien aprovechadas son aquellas que nos sirven para no volver a repetir errores.

Las formas mentales


Las formas mentales son un poco como esos instrumentos voladores de guerra o caza que vuelven a la mano y que en Australia llaman boomerangs. Estas armas, que son muy primitivas, puesto que existían incluso en el periodo del Paleolítico formativo, se arrojan y vuelven a nosotros.

Un mal pensamiento o un mal deseo que arrojemos a alguien, aunque le alcance, aunque percuta sobre él, puede volver de nuevo a nosotros y alcanzarnos. Esto está en relación con lo que los orientales llaman Karma, la ley de acción y reacción. Nadie escapa del Karma. El Karma actúa siempre.


Cuando sembramos trigo, recogemos espigas de trigo, pero cuando sembramos cizaña, recogemos cizaña.

Es una ley inexorable.

Generalmente se cree que el sistema kármico es completamente mecánico, y no es así, porque es un sistema vital.

Creemos que si lanzamos un mal pensamiento, ese mal pensamiento nos volverá exactamente igual, pero no es así. Cuando se planta una semilla de papa, no se obtiene una nueva semilla, sino una planta con varias papas.

Esto es así porque en la Naturaleza hay una serie de elementos que los esoteristas llaman akáshicos que son espejos de reflexión que potencian nuestras ideas-formas. 

De tal suerte, si lanzamos un dardo, nos alcanzarán muchos dardos, y si lanzamos una rosa, nos llegarán muchas rosas. Esta es la magia vital de la Naturaleza. Es la causa por la que crecemos y es también la causa por la que tenemos que afrontar a veces terribles problemas.


Si una persona transmite una enseñanza, lo hace sobre un grupo pequeño de personas. Pero si esa enseñanza se plasma, vuelve a él con la potencia de cientos de miles de personas. Eso nos crea una enorme responsabilidad: la responsabilidad sobre nuestras formas mentales.

Por tanto, debemos cuidar no sólo la higiene de nuestro cuerpo físico o de nuestra casa, sino también de nuestras formas mentales. 

Debemos lavarnos por dentro. Es fundamental, porque las formas mentales vuelven de nuevo a nosotros, y cuando tenemos una forma mental muy mala y pesada, hemos de tratar de arrojarla fuera, con cuidado para que no alcance a otros, y trabajarla para que se vaya transmutando poco a poco, y vuelva a nosotros con otra naturaleza.

Saber levantarse después de cada caída


Por muchos que sean los momentos duros en la vida, por mucho que uno se sienta caído y con el ánimo bajo, no debe concederse la prolongación de estos estados.

En íntima conversación hay que darse plazos para ponerse nuevamente de pie. Saber levantarse después de cada caída es una de las mayores victorias.



Elecciones y decisiones


Una vez que se han establecido los objetivos de la vida, una vez iniciado el recorrido que lleva a la meta, habrá que elegir entre una cosa y otra. Y no solamente elegir como acto racional, sino decidirse a la acción.

Y, por último, una recomendación que corona todas las demás: 

Saber mantener las pequeñas victorias cotidianas.

Atrapado en el tiempo


Una de mis películas favoritas es la protagonizada por Bill Murray y Andie MacDowell, “Atrapado en el tiempo”, aunque también es conocida como “El día de la marmota”, por contar la historia de un reportero de televisión que va a cubrir la noticia de una fiesta en que la marmota del pueblo despierta, lo cual hace una aguda referencia al estado de sarcasmo en que se halla el protagonista. 

Murray se levanta todos los días a la misma hora y en la misma fecha para hacer el mismo reportaje durante años… hasta que algo cambia en él, transmuta su actitud sarcástica y egoísta en generosidad, y consigue recuperar su futuro…

Dicen viejas enseñanzas que el tiempo es "la eternidad extendida en el espacio", que antes de la existencia todo se resumía en… ¿un punto? Pero que al moverse generó un espacio y con lo que se tarda en recorrer tal espacio nació el tiempo. 

También dicen esas enseñanzas que todo es cíclico y que retornaremos a ese punto inicial, al igual que la respiración de Brahma en su inspirar y expirar. 

Si todo ello es cierto, nos están diciendo que, de alguna manera, el espacio y el tiempo son una ilusión por la que transitamos, que cuanto más nos movemos y enredamos en el espacio de la existencia, y en una dirección equivocada, más atrapados estamos en las horas, y más lejos de recuperar nuestro futuro, ese "instante eterno".

Defectos y vicios



En la vida cotidiana se ha hecho un culto a los defectos, se han "sacralizado".

En lugar de proponer fórmulas morales para ayudar al individuo, defectos y vicios se han convertido en cualidades interesantes, destacadas, prestigiosas y así se promueven desde todos los medios de comunicación.

La "libre expresión" de las deficiencias humanas es un síntoma de "madurez" y se insta a que todos lo hagan así, sin inhibiciones; pues tener defectos es lo más "humano" que puede haber.

Es posible... Pero también es humano utilizar la fuerza de voluntad para corregir esos defectos, que inutilizan las condiciones positivas de las que se pueda disponer. Y eso es lo que no se toma en cuenta.

La seguridad es fruto del conocimiento


Esta condición es una de las más anheladas por el ser humano y, al mismo tiempo, una de las más esquivas. Sinónimo de confianza en sí mismo, de autoafirmación, esa íntima seguridad es la que nos permite ser y, por consiguiente, hacer cuanto nos proponemos.

La seguridad en sí mismo viene, para comenzar, del propio conocimiento. La antigua enseñanza que nunca dejó de ser válida, Conócete a ti mismo, sigue siendo la clave fundamental para iniciar este camino. 

No podemos afirmarnos en algo que no conocemos. No se trata de un conocimiento superficial, puesto que todas las personas, de una manera u otra, están convencidas de que se conocen. 

Pero solamente saben de sus actitudes diarias, de sus reacciones habituales, de su apariencia física, y de aquello que los demás dicen de uno. 

Falta el otro conocimiento profundo, el que va más allá de las apariencias y de las circunstancias; el que nos permite reconocernos por encima de todos los cambios, el que ahonda en los defectos y el que encuentra la luz de las virtudes escondidas.

Para conocerse en profundidad hace falta mucho valor. ¿Cómo mantener esa seguridad, sin que decaiga en los momentos difíciles? La mayor parte de los momentos difíciles –por no decir la totalidad– provienen de nuestra esfera emotiva. 

Son las emociones, las pasiones incontroladas, las que pueden derribar el edificio pacientemente construido de la seguridad personal. Por lo tanto, no debemos confiar esta autoafirmación a elementos emocionales de manera exclusiva.

No basta con sentir; hay que pensar, y pensar con amor, pues no vale la falsa imagen de que las ideas son "frías". Son las ideas claras, precisas, estables, las que van a contribuir en mayor medida al mantenimiento de la seguridad en uno mismo.

Creatividad


Hace falta saber para crear, y saber cuesta tiempo y repeticiones.

Se habla de la espontaneidad que debe gobernar los actos humanos, para que cada cual exprese aquello "que le nace de su interior".

Pero, ¿a qué "interior" nos referimos? Apenas se traspasa la barrera del cuerpo comienza "lo interior", y allí podemos encontrar desde bajas pasiones hasta éxtasis místicos...

Si se trata de "expresar", habrá que expresar lo mejor que poseemos, crear en base a lo mejor que somos.

La Naturaleza repite insistentemente sus estaciones, sus días y noches; millones de veces la semilla germina en la tierra de la misma manera...

Como parte que somos de la Naturaleza, ¿no seguiremos acaso el mismo ritmo?

Repetir, repetir, repetir... por la imperiosa necesidad de perfección. El que repite no hace siempre lo mismo, lo hace cada vez mejor, se siente crecer en cada nuevo acto de
aprendizaje.

Consideremos seriamente el valor de la reiteración. No despreciemos esta enseñanza.

Pero, cuidado: el que sólo repite termina por robotizarse y odiar lo que está haciendo; el que repite buscando perfección goza con cada uno de sus actos, encontrando en ellos esa mínima parte de superación que encierran.

El que sólo repite pierde habilidades día a día; el que busca la perfección es mejor día a día.
El que sólo repite cumple actos; el que busca la perfección, realiza actos.

El que sólo repite envejece irremediablemente; el que repite en busca de la perfección está cada vez más cerca de la fuente de la eterna juventud.

La rutina tiene sus aparentes encantos....


La rutina tiene sus aparentes encantos a los que hay que quitar la máscara.

Ofrece comodidad, aunque la comodidad reiterada sea la puerta abierta al estancamiento.

Se presta al aislamiento, para impedir que nadie rompa ese logrado ritmo estable.

No admite nada nuevo y, por lo tanto, es contraria a toda forma de crecimiento.


No nos enseña nada nuevo y, en principio, nos hace ver que las cosas salen cada vez mejor. Pero el uso desgasta aun los actos mejor realizados.

Da lugar a hábitos negativos cuyo resultado aparece a corto plazo, por mucho que puedan parecer inofensivos.

Genera el egoísmo de quien no quiere prestar atención a los demás, para no quebrar su propia tranquilidad....

La atención es el poder de la conciencia


Son muy variadas las definiciones que podemos aplicar a la conciencia. Y por muchas que sean, nunca serán suficientes para agotar la riqueza de este campo fundamental en el que se producen todas las actividades de nuestra psiquis y nuestra mente.

La conciencia es ese amplio escenario en el que se expresa toda la diversidad de emociones, sentimientos, razones, pensamientos; y también las percepciones, convertidas en razones y sentimientos que nos llegan desde nuestro propio cuerpo y desde el mundo exterior.

Allí está el núcleo de nuestra vida interior.

Asimismo, conciencia es posesión de sí mismo, el centro equilibrado de la personalidad; es la capacidad de organizar nuestros conocimientos y experiencias.

Si queremos darle valor a la conciencia, hace falta dotarla de uno de sus principales poderes: la atención.

La conciencia en sí misma está plena de posibilidades, pero para hacer de esas posibilidades hechos útiles y objetivos, hace falta entrar en la conciencia con la luz de la atención.

La atención es un foco de luz que pone claridad y orden. La atención es la que nos permite reconocer los estados de conciencia, darles a cada uno su valor apropiado, generando orden y armonía interior.

Por eso, la atención es el poder de la conciencia: es su fuerza iluminadora, su potencia ordenadora, su centro y síntesis.

Destaca lo fundamental y difumina lo  accesorio. Fija las ideas, da duración a los sentimientos y ayuda a reconocer los amigos y los enemigos del alma y del cuerpo.

Todo crecimiento debe partir siempre desde dentro.



Todo crecimiento debe partir siempre desde dentro. 

Es la raíz la que hace fuerte al árbol y no la cantidad de hojas. No podemos perder la memoria de esa raíz. Y si los problemas humanos, ya sea con uno mismo o con los demás, siguen prevaleciendo; si el orgullo sigue siendo prioritario; si la vanidad reemplaza al conocimiento; si la cantidad de actividades supera su calidad, entonces es el momento de detenerse a reflexionar.

Soñar no es en este caso el resultado de dormir.


Soñar no es en este caso el resultado de dormir. Más bien es generar una activa imaginación, similar a la del estado onírico, pero con la conciencia bien despierta. 

Es una imaginación que permite ver cosas que están más allá de los actos cotidianos de la existencia, y más allá del momento presente. Soñar es una manera de ver el progreso de las cosas, percibiéndolas tal como podrían llegar a ser en el futuro. 

Y, sobre todo, es una manera de vernos a nosotros mismos actuando de forma apropiada para que esos cambios sean efectivos. Soñar es sentirse siempre inconformes, no por mero capricho o por la simple insatisfacción de las emociones. 

Es la inconformidad del que busca un mundo mejor y no le basta con lo que ha conseguido. Es la sana ambición del que concibe el futuro como evolución y quiere colaborar activamente en ella. 

Es querer más y mejor, para sí mismo y para los demás, para hoy y para mañana. Hay quienes confunden la capacidad de soñar con la de divagar, dejando que la mente y la emotividad se lancen –sin rumbo ni concierto– en busca de cualquier cosa, más bien huyendo de la realidad que tratando de transmutarla. 

Sin embargo, para soñar hay que ordenar la mente, las ideas, las cosas conocidas y las que nos faltan por conocer, lo que podemos hacer y lo que debemos aprender.

Entonces, los sueños adquieren el poder de convertirse en realidad. Hay que lograr que los sueños lleguen al plano de las cosas efectivas, es decir, que los resultados puedan ser percibidos y aprovechados por algunos o por muchos.

Enciende tu luz



Cada tanto se presenta en nuestras vidas un período oscuro, duro y tenebroso.

Por mucho que tratamos de ver una salida, solo nos rodean las tinieblas.

Caemos en el desánimo y todo lo que emprendemos nos sale mal, incluso antes de empezarlo.

Son nuestras noches particulares, en las que también debemos vencer. Nadie pondrá luz en las sombras si no lo hacemos nosotros mismos.

Aprendamos a no esperar soluciones que vengan desde fuera.

Si fuera, en algún sitio, hay focos de luz, significa que dentro de nosotros, en algún rincón, también hay luz.


Tenemos lo mismo que hay en el universo: luz y oscuridad, y tenemos energías suficientes para generar una u otra.


Enciende tu luz.


Enciende una sonrisa, aunque te parezca forzada al principio. Enciende el interés por aprender algo nuevo, o algo que nunca habías entendido hasta ahora.


Enciende la capacidad de escuchar a los que te rodean.


Enciende la capacidad de ver con atención lo que pasa a tu alrededor; encontrarás maravillas inesperadas.


Enciende la esperanza por el día de mañana, y más aún, por el día de hoy. Mira con alegría lo que haces, y hazlo tan bien como para sentirte satisfecho.


No te amargues por lo que hacen o dejan de hacer los demás; concéntrate en tu tarea y verás que los demás no lo hacen tan mal como creías al principio.


Percibe la importancia de tu destino, por humilde que sea, porque entonces podrás cambiar tu propia vida... Porque entonces habrás comenzado a vencer en la noche.

La validez de una enseñanza


Una enseñanza es válida en cuanto penetra en la razón, en los sentimientos y en las acciones. Y es en este último punto donde se encuentran las mayores dificultades.


Ideas y emociones pueden llegar a expresarse discretamente bien, pero es muy trabajoso hacerlas descender un escalón más, hasta la práctica concreta